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La vida en un deseo ajeno

Publicado el 15 mayo 2010 por Eko
La vida en un deseo ajenoSu primera noche libre después de años de cenas e invitaciones donde el compromiso y el negocio primaba sobre su voluntad, se había convertido en un peregrinar por antiguos recuerdos de infancia. Sentado en la terraza de su lujoso ático, donde las luces de la ciudad no alcanzaban a ocultar, tras un artificial manto, el refulgir de las estrellas, Juan se enfrentaba al descalabro de sentir que todo aquello por lo que había luchado, todo aquello que había conseguido, no había hecho más que convertirlo en lo que siempre odió. Una tumbona de piel blanca recogía su cuerpo en un abrazo frío, mientras su mirada se perdía en el infinito un cielo estrellado. Su mano agitaba el vaso donde una insípida bebida, baja en calorías, jugueteaba con los hielos haciéndolos chocar contra el vidrio, consiguiendo un sonido hipnótico que lo transportó a un pasado, que aunque lejano en el tiempo, esa noche se agitaba en su interior como un animal enfurecido y hambriento.
Tenia apenas cuatro años, pero aquellos recuerdos quedaron grabados en él como la huella de una primitiva bestia, dispuesta a salir a la luz en cualquier momento, para hacerle ver que la vida una vez fue totalmente distinta. El cielo nocturno no había cambiado en todos esos años, desde que sentando en aquella silla de madera y asiento de paja, junto a su abuelo, escuchaba atento las historias y los cuentos con los que él, decía, quería transmitirle una sabiduría ya muy antigua y casi perdida. Todos aquellos personajes y las increíbles aventuras que vivían, estaban cargadas de una moraleja que su abuelo le intentaba explicar con ejemplos que un niño de su edad pudiera comprender. Las estrellas se hacían cómplices en aquel viejo patio de la casa, y juntos esperaban a que una estrella fugaz surcarse el cielo nocturno para pedir un deseo. Muchas fueron las que vieron durante aquellas noches estivales, pero Juan nunca pedía nada. Era un niño de deseos sencillos e imaginación desbordante y nunca hubiera pedido juguetes, pues estos nunca le faltaron, e incluso muchos ni los estrenaba y quedaban encerrados en sus cajas de hermosos colores y fotografías de niños sonrientes. Encontraba toda diversión y felicidad en las historias y los cuentos de su abuelo. Todo y pese a que sentía el vacío que dejaba la ausencia de sus progenitores en su día a día. Su padre, un empresario de éxito, controlaba decena de empresas y miles de trabajadores. Pasaba gran parte de su tiempo viajando y en largas reuniones, que rompían toda promesa que este le hacia de estar junto a él. Su madre no era inferior al padre en inteligencia social y empresarial. Envuelta en todo acto benéfico que se preciara y experta en organizar fiestas donde su marido remataba negocios millonarios, su madre era el alter ego de un hombre de éxito y poderoso. Así, que el tiempo que no pasaba interno en prestigiosos y caros colegios, los pasaba con su abuelo, en aquella pequeña casa, de aquel pequeño pueblo, donde el tiempo parecía haberse detenido, y un silencio tan solo roto por las aves del corral, envolvía al anciano y su nieto en sus cómplices charlas.
Aun recordaba aquel último verano con diez años, incluso aquel, esta vez si, primer deseo ante la visión de una estrella fugaz. Pronto se acabarían sus vacaciones, y sus padres habían dispuesto que viajara a un prestigioso colegio en el extranjero. Sonaba en su cabeza las palabras de su padre cuando, por teléfono, le comunicó la decisión, y toda las esperanzas que habían puesto en él. -Juan-, le dijo su padre -yo no tuve la suerte que tu tienes de poder formarte y estudiar, y sin embargo, mira cuanto he conseguido. Imagínate donde podrás llegar tú con la educación que nos esforzamos en darte- Por aquel entonces no entendía exactamente a que se refería con "todo lo que he conseguido", el sólo sentía la ausencia de sus padres, y que cuando estaban, el teléfono no cesaba de sonar y las únicas conversaciones que se oían tenían que ver con compras, dinero y trabajadores vagos. Así que ante aquella última estrella fugaz, de aquel último verano con su abuelo, pidió, con todas sus fuerzas, un primer deseo, -Quiero que mi padre se sienta orgulloso de mi-. Tras hacerlo miró a su abuelo, y este le devolvió la mirada cargada de una tristeza que Juan nunca olvidaría. Pensó que era porque tenia que volver al colegio y hasta las siguientes vacaciones no se volverían a ver, así que le dijo -Veras que pasa rápido y pronto volvemos a vernos-. El abuelo, dibujando una sonrisa que lo único que conseguía era hacer más amarga la tristeza que mandaba su mirada, le respondió -Tú nunca te marcharas, Juanito-. Sin entender muy bien que quiso decir, volvieron a mirar al cielo y pasaron la noche en silencio.
Desde aquel último verano, sus estudios y los planes de éxito que se construyeron entorno a él no permitieron que volviera a ver a su abuelo, y aquel viejo recuerdo quedó envuelto en miles de horas de educación, promesas paterna rotas y compañías interesadas. Como de casta le viene al galgo, pronto empezó a demostrar un innata facilidad para los negocios. En pocos años se convirtió en un joven prometedor, para posteriormente convertirse en un prospero hombre de negocios, que no sólo igualó a su padre, sino que lo supero en reconocimiento y patrimonio.
Treinta años después, se encontraba en su lujoso ático, sintiendo como el alma se le estremecía con el solo recuerdo de aquellas hermosas noches. En un momento lo tormentoso de su existencia, que había quedado postergado por una vertiginosa ascensión llena de triunfos, aplausos, y reconocimiento, se abrió paso a la primera plana de su conciencia para darse cuenta que pese a todo, odiaba su vida y odiaba en que se había convertido, el fiel reflejo de un padre que nunca estuvo a su lado. Una vez se hubo reconocido en el espejo del alma, aquel niño que un día fue, se asomó a sus ojos, para ver, como nuevamente, pasado todos esos años, una estrella fugaz volvía a cruzar el cielo nocturno. Inmediatamente, un deseo asalto su labios enfundado en un susurro -Quiero ser feliz-.
La noche acabó, y la mañana le siguió con una llamada temprana de su secretario personal. Las acciones de sus empresas estaban cayendo en picado en bolsa y no se sabia exactamente el motivo. Las llamadas se prolongaron durante todo el día, pero su olfato, su aguda visión del mercado, parecía haberle abandonado. Todas las decisiones que tomaba, todas las ordenes que daba, eran erróneas, y lo único que conseguía era perder más y más dinero. En poco más de un mes se consumó, una caída, una bancarrota tan meteórica, que los medios hablaban de la maldición del dios de las finanzas.
Juan quería escapar, olvidar a socios, accionista y periodistas. Recogiendo las pocas cosas con las que quería carga en su partida de aquel, ahora ajeno, ático, en un cajón cerrado ya hacia años, con el polvo propio que el tiempo había filtrado por sus rendijas, unas viejas fotos vieron la luz y una aguda punzada de vergüenza y dolor se apodero de él. El viejo patio, y su abuelo sentado en su silla, le dieron la clave de cual debería ser su retiro, su siguiente destino. Y así fue como una cálida y húmeda mañana de julio, la vieja puerta de aquella casa se volvió a abrir para mostrar tras ella a un anciano, que pese a sobrepasar los 90 años, emitía una energía que era capaz de pacificar los mas crueles demonios internos de quien lo mirase. Ambos quedaron uno enfrente del otro en silencio, y un abrazo dijo todo cuanto se tenían que decir. Volvió al patio donde su niñez le revestía de un recuerdo feliz, volvió a olor del corral, de las aves y de las sustancias con que su abuelo lo limpiaba. Aquella noche, de nuevo, ambos volvieron a sentarse en sus viejas sillas de madera con asientos de paja, pero esta vez era Juan quien contaba las historias y los cuentos que había vivido, mientras su abuelo en silencio, y sin dejar de mirar al cielo, escuchaba atentamente. Desde aquel primer deseo que lanzó en ese mismo patio, hasta su llegada de vuelta a la vieja casa, todo fue revelado al anciano. -Ya no creo en los deseos abuelo, nunca se cumplen- dijo Juan, para dejar que el silencio se apoderara del patio. El abuelo sonriente, lo miró y contestó -Has recibido tus deseo, solo que el primero que hiciste, no lo hiciste para ti. Pediste que tu padre se sintiera orgulloso de ti, y tu vida giro en torno a dicho deseo, lo que te convirtió en quien en realidad nunca quisiste ser, sino en quien tu padre quería que fueses. El segundo empezó en el mismo momento que lo formulaste. Te ha llevado irremediablemente al punto de partida, y es a partir de ahí donde debe empezar a realizarse, esta vez si, siendo tú el dueño de tu deseo. Nuestra vida no es más que la materialización de pequeños y grandes deseos. Si los dejamos en manos de otros, nuestra vida deja de pertenecernos y poco a poco nos vemos expulsados de ella.- 
Fue entonces cuando Juan comprendió aquella última frase que le dijo su abuelo de niño. El, en realidad, nunca se fue, porque todo lo acontecido posteriormente y la vida que creyó suya, no era más que la realización de un deseo ajeno. Miró a su abuelo, que tenia su mirada clavada aun en el cielo, se sonrió y, sin abandonar aquella sonrisa infantil, volvió a mirar al cielo envuelto en una profunda paz.

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