Revista En Femenino

Las mujeres que llegaron solas:

Por Coachingparamamas

lo que el feminismo de panfleto no sabe cómo aplaudir

Hay un tipo de mujer que genera un silencio extraño en ciertos círculos.

No llegó con una red de contactos heredada. No tuvo mentora asignada, ni cuota que la incluyera, ni campaña política que pusiera su nombre en una pancarta. Llegó a donde está porque se levantó antes, negoció cuando tenía miedo, dijo que no cuando era más cómodo decir que sí, y aprendió a moverse en entornos que no estaban pensados para ella.

Cobra lo mismo que sus colegas hombres. No porque alguien se lo regaló. Porque lo exigió, lo demostró, y no se movió hasta conseguirlo.

Ocupa el puesto que ocupa porque lo ganó. Sin movimiento detrás. Sin campaña. Sin hashtag.

Y aun así, en determinados espacios, esa mujer genera incomodidad.

El éxito femenino que no encaja en el relato

La llaman privilegiada. Le dicen que si pudo fue porque tenía más recursos de partida. Que su caso es la excepción. Que el sistema no funciona así para las demás. Que, en el fondo, ella no entiende lo que es luchar de verdad porque algo tuvo que facilitarle el camino.

Y aquí está la parte que me resulta difícil de ignorar: esa crítica casi nunca aparece con el mismo tono cuando el que triunfa es un hombre que tampoco vino respaldado por ningún movimiento colectivo. A él simplemente se le llama exitoso. A ella se le busca la trampa.

No estoy diciendo que el contexto no importe. Claro que importa. Hay mujeres que parten de situaciones más vulnerables y eso no se puede borrar con frases de superación personal. Las desigualdades estructurales existen y son reales. Pero hay una diferencia grande entre señalar esas desigualdades y usar ese argumento para desacreditar a cada mujer que logró atravesarlas.

Cuando eso pasa, ya no estamos hablando de feminismo. Estamos hablando de otra cosa.

El empoderamiento que se aplaude y el que se cuestiona

Si le preguntas a cualquier persona qué significa el empoderamiento femenino, la respuesta suena bien en teoría: que las mujeres tengan autonomía, independencia económica, capacidad de decidir sobre su propia vida, acceso a los mismos puestos y los mismos sueldos que los hombres.

Pero en la práctica, ese aplauso tiene condiciones.

El empoderamiento que encaja bien en el discurso mainstream es el que viene acompañado de un relato de opresión colectiva, de lucha contra el sistema, de identidad política clara. La mujer que se empodera dentro de ese marco tiene nombre, tiene causa, tiene visibilidad.

La mujer que se empoderó sola, sin esperar a que el sistema cambiara, sin militar en ningún movimiento, sin construir su identidad alrededor de su género, esa mujer complica el mensaje. No encaja limpiamente en ninguna categoría. Y los mensajes complicados no sirven para campañas electorales ni para viralizar en redes.

Entonces se hace lo más fácil: descartarla.

Se la tacha de facha. De individualista. De estar del lado equivocado. De no ser consciente de sus privilegios. De haber tenido suerte sin reconocerlo. Todo esto, sin conocer su historia real, sin saber lo que tuvo que soltar, lo que arriesgó, o las veces que el sistema sí intentó ponerle trabas y ella las saltó igual.

El feminismo como bandera política tiene un problema de coherencia

No soy la primera en notarlo, y tampoco voy a pretender que esto aplica a todo el feminismo ni a todas las feministas. Hay formas de feminismo que no caen en esto. Pero hay una corriente muy visible, muy ruidosa, y muy ligada a los ciclos electorales, que sí.

Y esa corriente necesita un relato con estructura de historia: víctimas, opresores, sistema que aplasta, movimiento que rescata. Es un relato que funciona bien en mítines. Que genera emoción. Que moviliza voto.

El problema es que ese relato tiene que ser limpio para funcionar. Y la realidad de las mujeres no es limpia. Es contradictoria, heterogénea, llena de matices.

Hay mujeres que son madres y directoras generales. Hay mujeres que eligieron quedarse en casa y están completamente de acuerdo con esa elección. Hay mujeres que no se sienten víctimas de nada aunque hayan vivido discriminación. Hay mujeres que construyeron su independencia económica sin que nadie les abriera la puerta, y que no necesitan que un partido político se atribuya ese logro.

Esas mujeres no caben bien en el relato. Y en vez de ampliar el relato, hay quien prefiere cuestionar a las mujeres.

Eso no es feminismo. Es política de identidad con la etiqueta equivocada.

Lo que sí es cierto, sin matices

Las brechas salariales existen. En España, la brecha de género en salario bruto anual sigue siendo significativa, y hay sectores donde la penalización por maternidad es real y documentada. El techo de cristal no es una metáfora, es una estadística. La doble jornada que asumen muchas mujeres entre el trabajo remunerado y el trabajo doméstico no está repartida de forma equitativa. Todo eso es verdad.

Pero también es verdad que hay mujeres que atravesaron todo eso y llegaron. Que negociaron, que se formaron, que cambiaron de empresa cuando la empresa no las valoraba, que pusieron límites cuando pusieron límites les costó algo, que construyeron una carrera sin pedir permiso.

Esas dos verdades no se contradicen. Las dos pueden existir al mismo tiempo.

El error, el error real, es usarlas como si fueran incompatibles. Como si el hecho de que algunas mujeres hayan podido significara que todas pueden con solo proponérselo. O como si el hecho de que muchas mujeres lo tengan muy difícil significara que las que llegaron solas son sospechosas.

Por qué esto importa más allá del debate político

Hay algo que se pierde cuando se descarta a las mujeres que llegaron solas: el ejemplo.

No el ejemplo de «tú también puedes si te esfuerzas», que puede sonar a frase motivacional vacía. Sino el ejemplo concreto, específico, de que hay caminos que se pueden abrir. De que hay conversaciones que se pueden tener. De que hay sueldos que se pueden negociar y puestos que se pueden ganar.

Ese ejemplo tiene valor para otras mujeres, especialmente para las que están en el inicio. Para las que están evaluando si pedir un aumento. Para las que están dudando entre quedarse en una empresa que no las valora o arriesgarse a otra cosa. Para las que no tienen red de apoyo pero sí tienen capacidad.

Cuando convertimos el éxito de esas mujeres en algo sospechoso, les robamos esa referencia a otras.

Y eso sí que le hace daño al empoderamiento real. No al de panfleto. Al otro.

La mujer empoderada no necesita que nadie la valide

Esto es lo que más me interesa decir, y lo digo porque lo veo en el trabajo que hago y en las historias de mujeres con las que me cruzo.

La mujer verdaderamente empoderada no necesita la validación del movimiento. No necesita que le digan que su logro cuenta. No necesita la aprobación del feminismo institucional para saber lo que construyó.

Y eso, paradójicamente, es lo que más la diferencia.

El empoderamiento no es una etiqueta que se pone desde fuera. No lo otorga un partido, ni un hashtag, ni una campaña. Lo construye cada mujer con sus decisiones, con sus renuncias, con su capacidad de sostenerse cuando nadie la sostiene.

Eso no significa que la lucha colectiva no valga. Vale. Pero la lucha colectiva y la responsabilidad individual no son enemigas. Son las dos caras de lo mismo.

Y cuando una mujer que llegó sola te dice que llegó sola, lo menos que se puede hacer es creerle.

La entrada Las mujeres que llegaron solas: se publicó primero en Coaching para Mamás.

La entrada Las mujeres que llegaron solas: se publicó primero en Coaching para Mamás.


Volver a la Portada de Logo Paperblog