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" data-attachment-id="1329" data-image-meta="{" aperture="aperture" />Como casi todas las cosas importantes, nos cuesta recordar como comenzaron. O directamente no nos acordamos. Al menos a mi me pasa. Me explico.
Esta semana, mientras tomábamos café una compañera y yo, sin ser capaz de recordar cómo, nos entró un ataque de risa floja, de esa que no puedes parar y que a su vez retroalimenta a la otra que tampoco puede parar hasta que poco a poco va cediendo la presión. Puedo asegurar que mi risa es de todo menos discreta. Y claro en un centro de atención primaria “cantaba mucho”. Pero es que no podíamos parar ninguna de las tres porque, aunque no tomaba café, hay otra compañera en el despacho. Hasta tal punto fue el ataque, que cuando paramos, los lagrimones que nos caían a las tres eran de órdago.
Cuando por fin paramos, ninguna de las tres nos acordábamos del motivo por el que comenzaron las risas. Sigo sin acordarme todavía.
De lo que sí estoy segura es de que las artes escénicas se han perdido a una gran profesional que hubiese sido la compañera y amiga con la que tomo el café cada mañana. De eso estoy completamente segura.
Una de las mejores terapias que conozco es la de las risas con las amigas. Esas risas que cuando acabas te llega a doler la zona del diafragma y que al día siguiente llegas a tener incluso agujetas, esas siempre son las mejores.
Tengo una amiga que conozco desde hace casi veinte años, Fran, que vive en Granada y que cuando hablamos, siempre acaba diciéndome cómo me encuentra de ánimos en base a cuánto y cómo me he reído mientras charlábamos por teléfono. Es una curiosa forma de determinar los estados de ánimo.
Otra amiga Bego, que también tiene una risa fácil y ruidosa y se ríe de sí misma con una facilidad pasmosa. Lo mejor es que, además, nos hace reír a todas las que por su lado andemos en ese momento.
Reírse de una misma y con amigas y amigos es una manera de estar en el mundo. Cabrearse, también lo es, pero cuesta mucho recuperarse después, es como si una energía negativa se quedara pegada en la piel y costara mucho quitársela de encima.
La risa da luz a las personas que ríen. Es una forma de estar en el mundo. Y si la risa da luz, quienes ríen transmiten alegría y bienestar emocional en términos generales.
Lo que si puedo afirmar es que después de los ataques de risa con mis amigas y mi compañera también es amiga como ya dije, (y puedo asegurar que afortunadamente he tenido muchos de esos ataques en esta vida) siempre me quedo como mucho más ligera, mucho libre incluso, porque la risa y especialmente la de las mujeres nunca ha estado bien vista socialmente. Sobre todo, risas sonoras como la mía. Por eso me siento más libre, porque estoy desafiando al patriarcado con una risa fuerte, potente, casi obscena dirían algunos.
En una ocasión, hace mucho (aunque la verdad es que ya comienza a hacer mucho de casi todo) le comentaba a un amigo mientras visitábamos un museo, que la noche anterior había tenido un fuerte ataque de risa con una de mis amigas, Maite, que es con la que más ataques he tenido, que unas buenas risas con una buena amiga era incluso mejor que un buen orgasmo. Se frenó en seco y me preguntó que preferiría tener. La respuesta fue clara y definitiva, un buen ataque de risa con una persona amiga. Sin ningún género de dudas.
Sin orgasmos se puede vivir. Sin risas no. Al menos en mi caso. Si al final lo puedes tener todo, pues mira que bien. Pero si hay que elegir, lo tengo clarísimo: las risas y, a ser posible, con una buena amiga o un buen amigo que sean tan gansos como a veces lo soy yo también.
Y conforme tenemos el mundo actualmente, ¡más risas y menos guerras, por favor!
Así que amigas a reírnos como forma de combatir, también, al patriarcado. Como elemento necesario de activismo feminista. Así que a ¡reír se ha dicho! Ya no nos vale solo con sonreír pacíficamente. Hay que reír a carcajadas cuánto más sonoras, mejor, como las de Bego.
Ben cordialment,
Teresa
