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Los trastornos psicológicos

Por Somospsico

Los trastornos psicológicos

Es posible que alguna vez te hayas preguntado por qué los seres humanos podemos llegar a tener tantas enfermedades. La cantidad de trastornos, ya sean psicológicos o físicos parece ser infinita, siendo realmente una quimera el estar en un perfecto equilibrio y armonía. Por centrarnos en lo nuestro, vamos a tratar de hacer una breve reflexión acerca del por qué de tantos problemas en nuestra mente.

Depresión, ansiedad, fobias, trastornos de personalidad, trastornos de la conducta alimentaria, problemas de sueño, obsesiones, etc. La lista parece ser infinita, y parece raro que, si nos detenemos a observarnos un momento, no tengamos al menos un poco de alguno de los mencionados.

La sociedad en la que vivimos, en la que la exigencia y la apariencia parecen ser dos de sus principales pilares, muchas veces acaba por crear verdaderos robots a los que no les está permitido quejarse, sufrir o experimentar sus deseos o anhelos. Así, el ser mejor que el otro, el enfrentarse a todas y cada una de las situaciones de la vida enterrando nuestras emociones o la constante necesidad ser bien visto por los demás llegan a crear muchas veces un cocktail explosivo que termina saliendo por algún sitio.

De esta forma, la gran mayoría de los trastornos psicológicos no serían más que la expresión de un profundo malestar sobre algunas circunstancias de nuestra vida, a las cuales no nos han enseñado a enfrentarnos con los recursos adecuados, o bien el hacerlo supondría reconocer ciertos errores propios que sin duda serían cruelmente recriminados por los demás.

Pero no le echemos toda la culpa a la sociedad, de la cual no olvidemos que formamos parte todos y cada uno de nosotros. Existe un elemento muy importante que contribuye también a la generación de muchos desequilibrios psicológicos. Hablamos de nuestra enorme complejidad cerebral.

Las millones de conexiones que existen en nuestro cerebro, así como la elaboradísima red de elementos que lo constituyen y que cumplen una función u otra, hacen de nosotros una máquina tan perfecta que la más sutil de las desviaciones puede causar un problema.

Así, pongamos por ejemplo el caso del lenguaje. Parece claro que el hecho de que seamos capaces de comunicarnos es una gran ventaja. Gracias a él, podemos relacionarnos, expresarnos, conocer, etc. Sin embargo, la aparición del lenguaje trae consigo un encubierto efecto perjudicial: el ser capaz de poner nombre a nuestras emociones.

Al comenzar a usar etiquetas para todo lo que nos rodea, aprendemos que también podemos hacerlo con respecto a lo que sentimos en tal o cual momento o ante tal o cual circunstancia. Por desgracia, este aspecto resulta muchas veces un arma de doble filo, pues una simple asociación incorrecta, una pequeña variación en el código que introducimos en nuestra precisa maquinaria puede desembocar en un trastorno.

Por poner un ejemplo, si un día grabamos en nuestro disco duro que al vomitar después de comer mucho “me siento bien”, podemos acabar por archivar esa conducta como positiva y adaptativa, cuando en realidad sucede todo lo contrario.

Otro caso podría ser el de crear la idea de que, “si me he quedado encerrado en un ascensor y me he sentido muy asustado, mejor no me monto en otro, porque puede ocurrir lo mismo”

Como vemos, y en referencia a los ejemplos, muchas veces es nuestra propia “perfección” la que nos hace imperfectos, pues nuestros propios deseos de supervivencia o de admiración pueden llevarnos a comportarnos de una forma que sólo nos hace daño o nos lleva a evitar cada vez más situaciones que no tienen por qué ser negativas.

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foto|Ambro


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