Revista Arquitectura

#lsp, matices

Por Jaumep

El interés que ha suscitado el artículo que publiqué sobre el borrador de la Ley de Servicios Profesionales ha motivado toda una serie de artículos paralelos, críticas, y matices que me obligan a una respuesta conjunta, que, espero, sirva para recoger inquietudes y animar un debate necesario. Como en el artículo anterior, matizo por temas intentando encontrar un hilo conductor que organice una serie de reflexiones dispersas.
1.- Sobre arquitectura y construcción
La arquitectura representa la construcción. En sentido amplio. Ésta está la base de nuestra disciplina. Pero construir no es juntar ladrillos y producir edificios a priori y sin sentido, independientemente de su calidad. El arquitecto propone urbanidad. Resuelve problemas. Canaliza, resuelve las demandas de sus clientes, sintetizándolas en un resultado que debe de ser obligatoriamente coherente con la ciudad y la sociedad en la que está inmerso. Eventualmente las respuestas a estos problemas se producen construyendo algo de nueva planta. Pero no siempre debería de ser así. La arquitectura organiza. La sociedad a la que servimos, cualquier masa urbana, la ciudad, la civitas, es entrópica por definición. Entre la arquitectura y la sociedad se produce un movimiento de acción-reacción constante: organizar, desorganizar y vuelta a empezar. Incluso en lo que dura una vida humana (un tiempo que puede ser irrelevante en la vida de un edificio) se percibe que el organismo social está en movimiento constante. La arquitectura consiste en poco más que en poner las bases para la vida. Sin lo que realmente la anima está vacía.
2.- Sobre la naturaleza artística de la profesión
Diversas culturas comparten el mismo mito fundacional de una ciudad, desde Egipto a la Edad Media, y en diversas partes del mundo. Presento aquí la versión de la fundación de Roma, por Rómulo y Remo. Ésta se produce en tres tiempos.    El primer tiempo es la razón de su fundación. Roma es casa. Roma es la casa que permitirá a los refugiados de Troya, que llevan vagando siglos por el Mediterráneo, se vuelvan a sentir dignos. Ciudadanos, no refugiados: Roma se funda por necesidad.    El segundo tiempo es la propia fundación. Dos hermanos: Rómulo y Remo. Rómulo define el perímetro de la ciudad mediante un arado. Mientras, Remo está a su lado tocando la flauta y bailando, animando a su hermano y dando carácter ceremonial a un acto que, de otro modo, no tendría esta fuerza.    El tercer tiempo es la política: Rómulo matará a Remo en una discusión sobre los límites de la propiedad. La ciudad tiene leyes. El perímetro arado es mucho más que un surco débil: es un ámbito político que debe de ser respetado.    No he encontrado mejor definición de arquitectura que este mito. Todo está aquí representado: lógica simbólica, conveniencia, relación arte-técnica (físicamente separados, pero hermanos), repercusión de lo construido.
La arquitectura es, pues, una profesión de síntesis ejercida por profesionales altamente preparados (nunca lo estarán lo suficiente) cuyo principal valor es el de relación. El discurso sobre lo que es la arquitectura es complejo y no debe de simplificarse. Estos días se me ha objetado que la sociedad sabe perfectamente qué hace un arquitecto. Discrepo. Uno de los factores clave para la crisis de nuestra profesión es, precisamente, no haber sabido explicar qué hacemos, más allá de un marco competencial y de negocio.
3.- Sobre la disciplina
Los primeros arquitectos (Imhotep sería el ejemplo perfecto) se movían en un marco competencial que les daba poderes casi absolutos no tan sólo sobre lo que rodeaba al cuerpo humano, sino sobre el mismo cuerpo: estos arquitectos serán médicos, filósofos, constructores, contratistas, meteorólogos, astrólogos, teólogos. En el siglo XVIII llegamos a encontrar un médico arquitecto célebre, Claude Perrault, autor de gran parte del Louvre y de tratados sobre medicina y construcción. Sir Robert Hooke tiene un perfil, incluso, más disperso: biólogo, ingeniero, topógrafo jefe de la Ciudad de Londres, cirujano, arquitecto. Y pasa por ser el primer calculista de estructuras que ejerce como tal en la historia, asistiendo a Sir Christopher Wren en la construcción de la Catedral de San Pablo. Un Wren que, de no haber pasado a la historia como uno de sus mejores arquitectos, habría excelido por sus capacidades como matemático.
La pérdida de competencias ha sido, pues, gradual a lo largo de la historia, y ha ido incrementándose a medida en que las diversas disciplinas que dominaban estos arquitectos se iban especializando y complejizando hasta hacerlos ingobernables por una sola persona. Lo que constituye nuestro marco profesional. No obstante, insisto, muchas de estas competencias las hemos solado de modo arbitrario. No estamos cualificados para ser cirujanos, como Hooke (ni aceptaríamos su ratio de muertos, perfectamente aceptable en su época, en un profesional de hoy en día), pero sí lo estamos para decidir la correcta ubicación de un hospital. Cosa que no hacemos: concursamos en solares dados sin poder para intervenir en una de las decisiones más importantes para su correcto funcionamiento. Suma y sigue.
4.- Sobre los límites de la disciplina
Los arquitectos, ejerciendo como tal, tenemos muy poco poder. En cambio, la dimensión política de nuestra profesión, ejercida como tal, es muy poderosa. Y, colectivamente, la hemos negligido gravemente. Hay una buena cantidad de ingenieros ejerciendo la política de primer nivel. Mientras escribo estas líneas, Jesús Posada, Ingeniero de Caminos, es el Presidente del Congreso de los Diputados. No muchos arquitectos han ejercido la política y, cuando lo han hecho, no se han preocupado por la disciplina.
La historia española de las competencias de los arquitectos (gracias, aquí, a Jesús Meizoso, arquitecto técnico estudioso del tema) es circunstancial, quedando marcada por la arbitrariedad y las posiciones relativas al poder de maestros de obras, arquitectos e ingenieros, así como por la naturaleza de sus encargos: públicos o privados, dependientes del poder político o económico, etcétera, y por la presencia de estos técnicos en las diversas comisiones de organización.
No existe, ni existirá, un marco teórico idílico. Cualquier marco competencial pasado o futuro tendrá que ser, forzosamente, negociado.
Una de las primeras conclusiones a las que se podría llegar es la necesidad de arquitectos que se dediquen a la política. En un número inédito, y ejerciendo como tales. Lo que no está sucediendo. O no de modo relevante. No dudaría en ejercerlo siempre y cuando hubiese dos condiciones innegociables: una posición independiente dentro del partido político con el que me relacionase, sin militancia, y no estar sujeto a una disciplina de voto que cuenta a los diputados por números, negándoles todo su criterio individual.
La segunda es la necesidad de aceptar un marco competencial que reparte competencias con los otros agentes que intervienen en el proceso constructivo: ingenieros y arquitectos técnicos. Dentro de poco, ingenieros civiles, project manager, interioristas, etcétera. Encontrar, en él, un modo de convivir que minimice la competencia. Por difícil que sea.
Identificar la raíz del problema. Ésta no es una pelea de perros entre técnicos. Lo que realmente ha minado la profesión es el papel que sobre ella han ejercido los abogados y las compañías de seguros. Los agentes que controlarán, en un futuro inmediato, el mundo de la construcción serán los capaces de proponer proyectos y aquellos que consigan cobertura económica para construir un proyecto. Sin ello a penas se podrá afrontar nada. Renunciando a estos ámbitos (que, insisto, no nos han quitado los ingenieros) somos, tan sólo, fachadistas, sastres de un organigrama que, de estar podrido de antemano, tan sólo servirá para producir edificios inútiles. Y esta es otra competencia que hemos soltado. Virtuvio, Palladio, todos los grandes tratadistas hablan de la elección del emplazamiento (ahora determinada por unas normativas que todos juzgamos mal hechas) como de la primera decisión arquitectónica relevante.
5.- Unas verdades incómodas
Muchos de nosotros sobramos. Hemos creado un monstruo que ha formado demasiados arquitectos. Más de los que el sistema económico o la sociedad pueden digerir. Hay muchas causas para ello: una dictadura que usó la universidad como un sistema de promoción social y económica, una formación profesional insuficiente y desprestigiada, el ver la docencia como una salida profesional para muchos arquitectos. Arquitectos ensimismados en la academia que forman arquitectos que no habrán tenido oportunidad de entrar en contacto con el mundo de fuera de la universidad.
A los jóvenes arquitectos sólo les quedan tres salidas. La primera es irse. Fabuloso: España ha pagado decenas de miles de euros por cada uno de estos profesionales que, ahora, soltamos, formados y cualificados, al mundo. Jóvenes que, a menudo, no quieren marcharse. Pero deben. La segunda salida es la emprendería. Explorar límites, márgenes, parcelas de negocio negligidas. Instalarse en ellas, abrir trinchera. La tercera salida es el reciclaje. El abandono de la profesión y el paso a otros sectores del mercado de trabajo.
Lo que nos vuelve a enfrentar con un sistema ineficaz hasta límites negligentes. Temerarios. Sus responsables deberían ser juzgados.
El principal caballo de batalla del país, no sólo arquitectónicamente hablando, es conseguir que los méritos sirvan para algo. Lo que más descorazona a cualquier profesional del país es constatar que en la pugna por un lugar de trabajo, por un proyecto, su grado de preparación no es el factor más relevante.
La lucha por la meritocracia es colectiva. No sólo de los arquitectos: pertenece a cualquier profesional que quiera distinguirse por su trabajo. Su símbolo más claro es un presidente del gobierno monolingüe, más algunos analfabetos funcionales en puestos de responsabilidad en este gobierno. Su visualización más clara son las parrillas de las cadenas de televisión y sus índices de audiencia.
No hay mejor manifestación (por poco visible que sea) que un buen trabajo realizado y divulgado como tal. La lucha por las competencias será negociada, tal y como dice el CSCAE. Y, si éste (o cualquier colegio profesional) no se juzga suficiente, y es obvio que cualquiera de ellos está desbordado y desconcertado por los acontecimientos, un determinado colectivo puede elegir hacerse con su control o doblarlo. El único límite consiste en hacerlo con responsabilidad, no en pro de unos lobbies que tan sólo debilitarán más la profesión en beneficio de unos pocos. Y siempre teniendo en cuenta que los organismos oficiales tienen un acceso al poder más directo. O deberían.
La profesión sólo se salvará si es capaz de expandirse jugando al equilibro con los otros actores de la obra: expansión, respeto, responsabilidad. 

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