
– XXXI –
Sábado, 31 de agosto. Mientras me sentaba sobre la segunda de mis maletas, tratando inútilmente de cerrarla, en el anodino programa matinal televisivo adelantaron la noticia de la jornada. El morboso regocijo de los tertulianos de la prensa amarilla me produjo náuseas.Me olvidé de mi equipaje y salí a la calle, huyendo de la atmósfera repentinamente asfixiante del pequeño apartamento de Antón. Caminé, casi en estado de trance, a través de Castromar, bajando la empinadísima calle donde había vivido en mi infancia, directa al muelle. Antón estaba pintando las galerías blancas de una preciosa casita de bajo y dos pisos, en el centro del paseo marítimo. Al fondo se escuchaba una radio y por la forma en que me miró supe que allí también había llegado la noticia.–Parece que intentaba fugarse... –me dijo a modo de saludo, mientras dejaba su pincel sobre la cubeta y se limpiaba las manos en un paño. Asentí.–Todas las salidas del psiquiátrico estaban vigiladas, por eso empezó a subir pisos y llegó a la azotea. Al verse acorralado ... –no pude continuar. Dejé que mi mirada se perdiera más allá de la blanca galería, en el intenso azul de mi hermoso mar, tan en calma como solo podía estar después de una noche de tormenta.–No se ponen de acuerdo en si saltó o si cayó ... –añadió aún Antón, pero luego hizo un gesto vago con la mano, como quitándole importancia a aquella información. Realmente ya no importa, ¿no?–No –acepté–. No importa.Caminé por el pulido suelo de madera, observando el trabajo que Antón había hecho. La casa era muy pequeña. Desde la galería podía ver que en la primera planta tenía el salón, donde estábamos, la cocina y un baño, ya amueblados. Supuse que arriba estaban las habitaciones.–Es una casa preciosa –dije, por cambiar de tema– ¿También la han comprado unos madrileños? –pregunté, recordando otra casa que Antón me había enseñado una eternidad atrás.–No, esta no. Ven, te enseñaré algo –Antón, me cogió de la mano y subimos juntos por la estrecha escalera. La habitación que estaba sobre el salón y que recibía toda la luz del mediodía, se había convertido en el estudio de un pintor. Por todas partes había cuadros, lienzos sin estrenar, pinceles y colores. En un caballete, a medio acabar, había una acuarela en la que se venía el mismo mar que relucía más allá de la ventana.–¿Qué es esto? –pregunté, deteniéndome a observar un cuadro ya terminado. Extendí las manos y toqué la firma al pie “Antón F.”–. Son tuyos –comprendí, y pude ver su sonrisa entre orgullosa y tímida– Oh, Antón, son tan hermosos.–Esta casa era de mi abuela, supongo que no lo sabías. Llevo meses restaurándola. Quería enseñártela, pero estaba esperando a que estuviera terminada.–Es una casa preciosa –le dije mirando de nuevo a mi alrededor, al brillante suelo recién barnizado, las galerías blancas, al igual que las puertas y las paredes. Era como si la luz naciese de la casa y no fuese un reflejo del exterior.–He pensado que... puesto que tienes las maletas hechas... –Antón se acercó por detrás y me rodeó la cintura con sus brazos. Dejé que mi cabeza descansara en el hueco de su cuello– Quizá podríamos mudarnos este fin de semana.No podía hablar. Mi corazón latía tan rápido que probablemente me hubiera salido por la boca si intentaba abrirla. Durante un buen rato permanecí en silencio, disfrutando de la calidez de su abrazo, de la agradable sensación de su mentón apoyado en mi pelo.–¿Crees que es muy egoísta, después de tanto horror, sentirse tan feliz? –pregunté al fin, temerosa de lo que nos pudiera deparar el destino.–Creo que te mereces todo lo bueno que te pueda traer el futuro.Cerré los ojos, con un suspiro de satisfacción, pero aún así, en mi mente, seguía viendo el mar. Mi insensible, cruel y, a pesar de todo, amado mar de agosto.FIN©Teresa Cameselle
