El gobierno nacional apuesta a convertir a la Argentina en un país abierto a las empresas, nacionales y extranjeras, que aumentan sus ganancias a costa de la desinversión, ello implica la desfinanciación en todas las áreas, incluso en seguridad laboral: la famosa motosierra. Por estos días, vivimos bien de cerca las consecuencias de un modelo económico que se sostiene con el sacrificio del 90% de la población, quienes además de no tener más opción que dejarse explotar para sobrevivir, que terminan poniendo en riesgo su propia vida por intereses que no contemplan ni siquiera un mínimo resguardo físico. Ayer, el calor volvió a desnudar el modelo económico que está ejecutando la gestión Milei. Esta vez le tocó particularmente a las y los porteños, mayoritariamente clientela electoral de Milei y Macri, padecer en carne propia las diferencias entre la realidad y el país de fantasía que vienen prometiendo. Mientras en los barrios populares se extiende la implosión social y una parte importante de la clase media finge demencia y se va de vacaciones al exterior (revival de los nefastos ‘90), la ultraderecha vernácula ha iniciado sin disimulo el camino hacia el autoritarismo y fascismo puro y duro. Pero lo importante nunca fue Milei, lo importante son las necesidades y angustias que llevaron a elegir a un desquiciado como él.
No decimos nada nuevo cuando explicamos que el accionar de la mayor parte de la casta gobernante (política, empresarial, sindical, jurídica, etc.) encarna los valores más regresivos del autoritarismo, la discriminación y el desprecio por la vida humana, lo que los convierte en un exponente claro del antihumanismo.
Estamos transitando un autoritarismo manifiesto. Y no es de extrañar, uno de los popes de la Escuela Austríaca de Economía que admira el presidente argentino, me refiero a Friedrich von Hayek, habló lisa y llanamente de su preferencia por una dictadura liberal en lugar de una democracia carente de liberalismo. Fue cuando visitó dos veces (1977 y 1981) el experimento ultraliberal chileno liderado por Augusto Pinochet. Hoy siguen promovieron sombras y ya se vislumbra que los devorará la oscuridad.
Durante el día de ayer 5 de marzo, se produjeron varios apagones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, dejando a un poco más de 600 mil usuarios sin luz. En horas de la tarde, en la ya instalada protesta de jubilados de los días miércoles frente al Congreso de la Nación, la policía reprimió con gases lacrimógenos para despejar el espacio público, haciendo oídos sordos (otro miércoles más) a uno de los sectores más golpeados por el rumbo ideológico, económico, político y cultural del gobierno.
La estafa libertaria no solamente se restringe al criptogate. Décadas de neoliberalismo financiero no han sido en vano: hoy tenemos en la presidencia a un depredador social sostenido por una casta parasitaria compuesta por las principales fortunas del país asociadas al poder mundial concentrado, y todo el mundo pudo ver cuan servil es el demente cuando le regaló una motosierra al garca de Elon Musk. Y quienes más exigen horadez, integridad, obediencia a la ley y el orden son unos hipócritas que, al mismo tiempo, encubren las actividades ilegales y peligrosas de los conglomerados capitalistas.
Desde que asumió, Javier Milei realiza un ejercicio explosivo y autoritario de la presidencia. Difícil que pasen días sin que genere un evento de esos que, en cualquier otro pasaje de la historia, hubieran conmocionado a la opinión pública y paralizado al país. Sin embargo, cada uno de esos episodios que prometía un escándalo sin retorno se terminó convirtiendo en un hecho sin mayor impacto en su imagen personal o de gestión. Es lo que señalaban las encuestas: mitad de la población lo apoyaba; mitad, no. Se cansó de insultar y deshumanizar a los críticos asociándolos con animales (ratas, cucarachas, reptiles) y enfermedades (cáncer, virus), pero con el tiempo se lo empezó a naturalizar. Un día emprendió el duro ajuste sobre los jubilados y las universidades, pero la conmoción no fue tan grande. En la CPAC de Buenos Aires, se declaró en contra del diálogo e instó públicamente a la formación de milicias armadas al estilo de la antigua Grecia, y el auditorio aplaudió. Otro día anunció la salida de la Argentina de la OMS, pero las preocupantes advertencias de los especialistas no inmutaron a la opinión pública. En Davos, asoció a los homosexuales con la pedofilia y a los inmigrantes con hordas de delincuentes, y durante unos días se produjeron algunas manifestaciones antifascistas. Aseguró que "la paz hizo débil a Occidente" y que iría a buscar a los zurdos hijos de puta hasta el último rincón del planeta, pero esos días los mercados apuntaban hacia arriba y no hubo demasiado espacio para otras noticias. Casi sin llamar la atención, asoció a la democracia con una "dictadura de las mayorías" y sugirió la idea de un voto calificado. Después, lo de siempre: unas semanas se enfureció con los artistas populares; otras con los economistas y, entre unos y otros, atacó a los medios y periodistas más críticos. Que tampoco son tantos.
En el mundo de Milei los problemas actuales son causa de la omnipotencia del Estado interventor sostenido por los pagadores de impuestos. En el mundo real funciona hace 50 años un gigantesco esquema Ponzi sin regulaciones que se resiste a pagar la tasa Tobin. Y también un esquema Ponzi voluntario es el corazón del nuevo contrato social que la sociedad firmó con este gobierno. Es la interiorización de la estafa como estructura psíquica en tiempos de tuits que no hablan de la realidad, sino que la crean a fuerza de aceleración algorítmica de circulación de datos. La crueldad según Milei (Ningún Presidente nace cruel)
En el mismo grado de obscenidad explícita, hace poco y tratando de justificar su reciente fraude con las criptomonedas, reivindicó al vendedor de pescado podrido y se puso en el lugar del estafador, de quien difunde información falsa para su beneficio:-¿Están comprando y vendiendo pescado? El precio sube y baja. En un momento alguien dice: “Esto tiene olor a podrido”. ¿Y? ¿Cuál es el problema? Eso no lo va a poder comer la gente. No importa, esto es para comprar y vender.
Enloquecedora literalidad: el capitalismo diciéndonos en la cara que su desarrollo no tiene absolutamente nada que ver con la satisfacción de ninguna necesidad, y que te estafen es solo otra regla de juego de la ley del más fuerte, o mejor dicho, de la ley del más hijo de puta. Poco importa si se está hablando de meter jueces de la Corte por decreto, prohibir que la prensa cubra la apertura de las sesiones del Congreso, votar cualquier cosa en la ONU y los organismos internacionales, promocionar estafas piramidales desde la presidencia de la nación, censurar medios y periodistas o estigmatizar colectivos sociales como hizo el presidente en Davos. Cualquiera sea la atrocidad de Milei y su gobierno de la que se trate, estamos viendo que tanto la corrupción, la ética en la gestión pública, la república, las instituciones o la división de poderes les importan un carajo.

Por Claudia Rafael

“Como vieja bruja que soy les digo: elijan las batallas que hay que dar.
No se dejen llevar por la agenda de los fachos. Esto no es sólo contra
nosotres. Esto es una lucha de clases. Esto es contra los jubilados,
contra la universidad y la salud pública, contra la cultura, contra los
derechos humanos”. Fue Milena Kalo, drag queen, quien pronunció esas
definiciones en la asamblea antifascista y antirracista del sábado en
Parque Lezama. Y será la historia la que podrá definir si la marcha del 1
de febrero en más de veinte ciudades del país es el comienzo de algo
diferente o si se irá deshilachando en medio de tanto avance de la
extrema derecha.
Esa historia, que no se mide en años, se encargará de nombrar este tiempo con las palabras más apropiadas. Mientras tanto, hoy, en esta suerte de presente continuo que parece no tener por ahora fecha de vencimiento, palabras como anestesia y crueldad se ganan dos pasaportes para esa puja en el sitial. Hace ya más de una decena de años, la antropóloga Rita Segato planteó que "la repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora". En definitiva, hay un acostumbramiento paulatino que se va forjando desde el poder estatal.

Día por medio, las redes sociales de Guillermo Montenegro, el intendente de Mar del Plata, exacerban la limpieza étnica en las calles de la otrora ciudad de las vacaciones obreras (“la feliz”). Sus paladines municipales se ven arrancando colchones, empujando a quienes dormían en ellos, quitando pertenencias de sus ranchadas. Postea imágenes semejantes a las que Jorge Macri promocionaba (después bajó un poco los decibeles) hablando del antes y el después de las veredas porteñas. La “basura” (léase personas que dormían en las calles) era barrida con manguerazos, hostigamiento y empujones.

Las prácticas de Macri (el primo) o Montenegro hoy ponen en escena una obscena exhibición de la crueldad. Ya no se hace en penumbras y, por el contrario, ellos mismos lo difunden. Sin costos políticos.
¿Son originales e innovadores en sus prácticas? Decididamente no. Son los representantes de esa crueldad que forma parte medular de las formas de construcción política de las derechas extremas.

El 14 de julio de 1977 el dictador Antonio Domingo Bussi (al frente de la gobernación de Tucumán) ordenó una limpieza de “su” provincia. Cargaron en un camión del Ejército a 25 mendigos y los fueron arrojando, en medio de la oscuridad de la noche, en caminos desérticos catamarqueños. Algunos –cuenta la crónica de Miguel Velárdez en diario.ar- “tenían dificultades motrices, otros eran ciegos, la mayoría mostraba signos de tener problemas psíquicos y fueron abandonados en un descampado sin almas. Cinco policías; dos de civil y tres de uniforme azul, se encargaron de cumplir las órdenes de arrojarlos en el monte. No bajaron a todos juntos en un solo lugar, sino que fueron dejándolos en grupos de dos o tres separados cada 20 o 30 kilómetros de distancia. La estrategia policial buscaba que no pudieran regresar, que perdieran la noción del tiempo en un camino desconocido por ellos que se llamaba ruta nacional 67, en Catamarca”. En el grupo había, además, una mujer que –como tal- sufrió el aditamento cruel de ser violada por los obedientes policías. Las categorías de aleccionamiento suelen apelar a todas las técnicas posibles de sometimiento.
Acero y cristal

Cuando el presidente de la Nación habla en Davos se regodea con un sinfín de lugares comunes que forman parte de esa pedagogía de la crueldad de la que se regodea en una práctica de autosatisfacción. Sintetizó que “feminismo, diversidad, inclusión, equidad, inmigración, aborto, ecologismo, ideología de género, entre otros, son cabezas de una misma criatura cuyo fin es justificar el avance del Estado mediante la apropiación y distorsión de causas nobles”.

Hay que elegir cuáles batallas poner en marcha pero es imprescindible la reacción en medio de tanta anestesia. La historia, nuestra historia, está plagada de banderas y liderazgos que –decía Rodolfo Walsh- las clases dominantes han tratado de borrar de las memorias. Para provocar que cada lucha deba empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores.
Y en medio de tanta pedagogía de la crueldad la ternura, aquella que Alberto Morlachetti decía que era el insumo básico para la victoria, deberá ser modelada con acero y cristal. Porque como escribieron con sus cuerpos y sus prácticas a su tiempo las Madres, la resistencia es un camino demasiado largo y, a su vez, urgente. Claudia Rafael

