Revista Diario
Con la animadora tuve el atrevimiento de prestarle una antología de cuentos, donde figura uno mío. Se llamaba "Capítulo VII" era un cuento donde se reflejaba, una vez más, esta obsesión innata de encontrar esa mujer imposible. Cuando lo volví a leer, pensé en la gracia del texto: de alguna forma lo había escrito para ella tres años atrás, cuando ella era apenas una figura imposible, la mujer ideal, sin rostro, sin pasearse descaradamente por mi existencia mundana. En un tramo del relato, decía "el mejor fruto caído del arbol del deseo y la sabiduría tiene dueño", en otros planteo la cuestión del destino que se nos impone, ya escrito arbitrariamente. Ella tan cortés como siempre, tan dulce como etcetera, me lo devolvió con un nota, diciendo que ella no podía con su genio y me dio su impresión sobre mi texto, me corrigió un acento, y además llenó de anotaciones críticas sobre algunos cuentos de la antología que eligió arbitrariamente. Sin dudas, el libro que consideraba intrascendente, que no merecía estar en una biblioteca, sino más bien de posaplato o pisapapeles, tenía hora un valor incunable. No obstante, me dejó perplejo su nota: me dijo que mi cuento me hizo acordar a lo que decía Barthes sobre los textos de goce y los de placer: el semiológo decía que el texto de placer era el que conflortable, ameno; mientras que los de goce son los que pone en "estado de pérdida, desacomoda (tal vez incluso hasta una forma de aburrimiento), hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, la congruencia de sus gustos, de sus valores y de sus recuerdos, pone en crisis su relación con el lenguaje”. Digamos que son esos textos que uno no deja de vincularlo con su propia vida, y al sentirse identificado, se incomoda. La cuestión es que ella, enigmaticamente, no deja en claro, a cual de los dos le hizo acordar. Podría pensar que, en efecto, al pensar en esas distinciones que hacía Barthes lo vinculase a un texto de goce. Si es así, casi accidental e indirectamente, le hice sentir mi situación de amor imposible. Quizás fue la mejor manera de expresar esta mezcla de extasis y frustración que me provoca...Y cómo me gusta aplicar algunas teorías a otros campos de la vida (igual está todo inventado), está distinción que hace Barthes lo podría aplicar con ella: a ver, otras mujeres, por más hermosas que fueran, no dejan de ser para mí "mujeres de placer", es decir, son agradables, uno pasa el tiempo con ellas en plena distención, incluso puede durar la atracción como pedo dura en una canasta. En cambio, la animadora (y solo ella, dejemonos de embromar con otras mujeres) es una "mujer de goce", porque tanta conexión con ella me incomoda, me incomoda que se de en estas circunstancias, me hace cuestionar todos mis comportamientos, al punto tal, que al día de hoy no sé cómo la podré olvidar (iluso), es decir, después de conocerla, ¿cómo hago para confomarme con una mujer de placer?
