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Pocos, pero bien cobrados

Publicado el 11 junio 2012 por Erasmo
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Pocos, pero bien cobradosGuadalajara, Jalisco. En un bar muy peculiar de nombre “Gato Verde” el volumen de la plática comenzó a elevarse de forma alegre, no tanto por el alcohol como por la plática sabrosa y la concurrencia. En la última mesa del salón, mientras un hombre tocaba el piano, estábamos reunidos Sofía Macías, autora de “Pequeño Cerdo Capitalista”, Roberto Morán, director de la revista Dinero Inteligente, Isela y Paty, dos magníficas blogeras mejor conocidas en los bajos mundos del Twitter como @elpesonuestro y @guapologa, mi buen amigo Jorge y yo.
A reserva de Isela y Roberto, que pueden tener más moderado el volumen de voz, los otros cuatro estábamos en pleno alboroto, comandados por la simpática Sofía, que llevaba la voz cantante. De pronto, dado que en el lugar había pocas mesas y el piano invadía buena parte del espacio, era para nosotros evidente que estábamos excediendo los decibeles, pero no pasaban unos minutos de autocontrol cuando regresábamos al jolgorio original. Clásicas consecuencias de una sabrosa tertulia entre amigos.
En esas nos encontrábamos cuando de la mesa junto al piano se paró una mujer joven y bastante mal encarada, para pararse frente a nosotros y decirnos: “Les pido silencio, esto es un “piano” bar (mientras al aire entrecomillaba la palabra piano)”. Dio media vuelta y regresó a su lugar.Un minuto de silencio (cuando mucho) se produjo en la mesa, hasta que Roberto (serio como acostumbra) se volteó hacia todos y haciendo el ademán de comillas al aire dijo: ¿”Piano” bar?
Las carcajadas continuaron. Evidentemente cuando ya estás en una situación de retener el buen humor es difícil hacerlo y por más seriedad que en general podíamos imponer, tarde o temprano reventábamos en una nueva y más estruendosa carcajada grupal.Ya después analizamos un poco la situación y las cosas comenzaron a quedar más claras. La joven que se acercó era nada menos que la enamorada novia del improvisado pianista que, animado por su amada, decidió aventarse un palomazo en pleno “Piano” bar.
Cuando el hombre dejó de tocar y cedió su lugar al pianista contratado por el lugar, el ambiente se relajó un poco. Parece que el pianista de base está acostumbrado a compartir su arte con las tertulias de los clientes.Pero pobre de aquel muchacho que consideró que nosotros seríamos el auditorio ideal para disfrutar de su calidad musical. Y la verdad no se si su interpretación era de calidad o no, porque en ese momento yo estaba disfrutando de la reunión y no de la música.Si pudiera comparar esta situación con la de un emprendedor, pudiera decir que este pianista tuvo un mal comienzo, porque hay determinadas situaciones en las que el precio afecta la percepción del producto.
Pocos, pero bien cobradosTocar el piano en un bar no obliga a los presentes a poner atención en la interpretación, aunque no por ello deja de ser importante percibir la música en el fondo. Imagina un bar en absoluto silencio. Nada cómodo. La música juega su papel.Pero si este mismo músico se pusiera a tocar en una plaza, las consecuencias en la atención serían peores. Ya quisiera ver a la enamorada novia exigiendo a los transeúntes, respeto por la interpretación, en un espacio donde ni siquiera se espera que haya música.
Ahora ¿qué pasaría con ese mismo pianista y su mismo nivel de interpretación tocando en un auditorio dispuesto para ello donde la gente pagara $100 por entrar? La atención sería mucho mayor, y seguramente mayor sería si hemos pagado $700 por entrar.Ponle un precio a tu trabajo (o a tu producto) y la gente comenzará a tomarlo en serio. Ponle un precio elevado y la gente se encargará de convencer a los demás que aquello vale la pena. ¿De qué otra forma podrías justificar que has gastado un dineral? ¿Diciendo que no lo vale o diciendo que fue una ganga?
Lo exclusivo agrega interés a las cosas. Lo gratuito no se agradece. Puedes regalar, pero dejando claro siempre que estás haciendo una concesión sobre tu precio original, que te ubica en el nivel de lo exclusivo.
Esto me ha pasado particularmente a mi. Cuando acostumbraba dar conferencias abiertas y sin costo tenía que lidiar por atraer la atención del público asistente, que estaban más preocupados de que yo me callara para tomar cafecito y galletitas gratis.
Cuando decidí cobrar mis conferencias, y cobrarlas bien, el nivel de atención cambió radicalmente, y de la mano mi nivel de compromiso por hacer una entrega que valga cada centavo recibido.
En conclusión, siempre será mejor pocos bien cobrados y bien trabajados que andar exigiendo silencio en los “pianos” bar.
Por: Carlos Aliaga Gargollo
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