Donde todo permanece mientras nosotros desaparecemos
Por: Trinidad Catalán
Lugar alguno
Recibirás mis manos,
como la hoja que cae del olmo
partiendo el charco
en mil pedazos.
Sorberás mis labios,
hechos limón, escarcha,
y cuando reniegues de algo,
acuérdate de mí, entrada en años,
ordenando los días como si el tiempo
careciera de sustancia,
hecho de tranquilizantes y sermones
malamente compuestos,
como si todo lo vivido
se invalidara,
no tuviera refugio,
no quedara.
He de criar cuervos
para que me despierten
al mediodía, para que me avisen
de la llegada del cartero,
de la noche que, a tropezones,
cuando habla de la ceguera,
se achica.
Estamos todos en un lugar común:
el metro de la Puerta del Ángel,
la Casa de Campo,
el patio de la escuela,
una cama deshecha,
el bar de la esquina.
Y vamos desapareciendo
mientras esos lugares
no se resisten a cambiar,
viajan más lentamente,
y refuerzan las vías del tren con la ayuda
de caracoles y hormigas.
Los hospitales se reforman
con soldados, alguaciles.
En la cama solo duerme
el ruiseñor
y las moscas de un racimo.
Si se vertiera el mar sobre la playa
y se le antojara no volver,
más que a andar calladito
entre esquinas y albadas,
seríamos todos orilla,
salmón de río, marea tibia.
Y así, aunque no te haya visto,
el olor de tu pecho, la arcilla entre tus dedos,
la ira de tus pasos
son vestigios.
En la pulcritud de nuestro ser: no hay
lugar alguno. Ninguno.
