Revista Filosofía

Ocho segundos

Por David Porcel
Hay momentos en los que la noche se ve como un refugio, como Lugar Silencioso donde enrollarse sobre sí, incluida conciencia y todo. Las palabras de tu novela van arrebatándote de los restos últimos que han quedado de un día de trabajo. Ya puedes dejar de aferrarte a ti mismo, dejarlo marchar, hacia ninguna parte. Y apenas apagas la luz artificial, aparece el resplandor del sueño que se instala ya para el resto de la Noche. Bendito el sueño que se entremezcla con el último recuerdo.
Hay ocasiones en que el sueño continua la novela, como queriendo anticiparse a las palabras de un autor malogrado. Me ocurrió anoche, cuando el cansancio acabó apagando la conciencia. No voy a describir el sueño en todo su detalle, porque no soy escritor ni naturalista, pero sí lo suficiente para dibujar la idea, siempre la idea, que completa las palabras de la novela que tuve que cerrar.
Así reza el sueño:
"Me encuentro en un lugar exótico y lejano, inhabitado. Rodeado de jóvenes y prometedores escritores, matemáticos, artistas, filósofos..., un hombrecillo, de mirada sabia, nos ha reunido para hacernos una propuesta. Nos pagará y llenará de reputaciones si logramos, en un tiempo máximo de ocho segundos, decir algo que conmueva profundamente al público. Ocho segundos es el tiempo que disponemos para decir y conmover. Uno de los allí presentes se vuelve sobre mí y me dice al oído que él siempre ha sabido lo que decir. Me abraza y se retrae, reiteradamente. Entre risas, me presenta a quien dice ser su amigo, un jovencísimo filósofo, de semblante serio y confiable, que me anima a pasear con ellos. 
Entramos a un museo donde en lugar de cuadros y esculturas hay todo tipo de objetos cotidianos que cuelgan de paredes negras. Moviéndolos ágilmente y combinándolos entre sí, el extravagante escritor nos explica que en el arte vanguardista el espectador se convierte en artista y el artista en espectador. Riéndose y balbuciendo, nos reta a que hagamos una obra en ocho segundos. 
Los ocho segundos comienzan a pesarme. No logro imaginar qué pueda decir en ese tiempo que pueda conmover. Las palabras no son objetos cotidianos que cuelguen de una pared, ¿o sí lo son? Acudo a una gran sala donde se admiten preguntas sobre el funcionamiento del proceso. Escucho a quienes discuten acerca de la presunta compatibilidad entre la elaboración de un discurso y un tiempo tan breve, otro pregunta por la razón de que sea ése el tiempo, y así las manos van alzándose, hasta que, agobiado, me retiro también de aquella gran sala.
Cada vez me pesan más los ocho segundos. No logro pensar qué pueda decir en ese tiempo que pueda conmover. Me pregunto si quizá me queden ocho segundos de vida, y de ahí la razón de que sea ése el tiempo...."
Fin.
Las palabras que estaba leyendo de la novela Sobre los acantilados de mármol, antes de que me venciera el sueño:
En primavera, sin embargo, empinábamos el codo como locos, que tal es la costumbre del país. Nos vestíamos con unas blusas propias de payasos, cuya ropa brillaba como si estuviera hecha con plumas de pájaros, y nos cubríamos el rostro con unas caretas que figuraban cabezas de ave. Luego, haciendo mil cabriolas y agitando los brazos como si fueran alas, bajábamos al pueblo, en cuya plaza del mercado viejo se había levantado el alto Árbol de los Locos. Allí, a la luz de las antorchas, tenía lugar el cortejo de las máscaras. Los hombres iban disfrazados de pájaro y las mujeres, por su parte, lucían hermosos vestidos de otras épocas. Al vernos llegar, ellas nos gritaban mil chanzas, imitando con sus voces la música de ciertos relojes, y nosotros les respondíamos parodiando los chillidos de las aves.

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