
Ella, una muñeca de porcelana, un títere de ojos negros como el vacío de la nada, agujeros que resaltaban en la blancura de su pálido rostro.
La niña, que no estaba acostumbrada a los juguetes nuevos, infante que no conocía mas que la pobreza, se sintió feliz como nunca antes. Un regocijo, como un alivio propio de las almas penitentes que a lo lejos ven el cielo invadió su ser, cerro la puerta a cualquier pregunta.
-Quieres la muñeca?- pregunto el extraño.
Guantes negros como cuervos, recubrían sus manos. El pesado recuerdo de los otros niños nunca le perturbo la conciencia, era mas pesada la muñeca de porcelana.
Si, la quiero – dijo ella.
-Bien, pues sube al auto. Aquí adentro tengo muchas muñecas y no te las puedo pasar todas por la ventana.- replico el extraño automáticamente, ya conocía bien la rutina.
Tal vez sea una cuestión de psicología. Probablemente los pobres sufren de una grave patología, la de venderse muy rápido y por cualquier cosa. La cuestión es… ¿por que un niño?, ¿Por su ingenuidad tal vez?, ¿o por su ignorancia?, que es otro tipo de ingenuidad, solo que por falta de educación.
Sea como sea, cuando Omaira se decide a ir por las muñecas, un par de toscos cerdos la amordazan. El mas descarado de los cómplices, cubre la boca de la pequeña pequeña omaira con una mano.
En ese instante sus manos están amarradas y aunque lleva la boca tapada, Omaira nunca a tenido a quien gritar. ¿Mamá?, ¿Papá?, nada de eso, ella es una niña de la calle y aunque a sus 10 años viva en la basura, se las a arreglado siempre, siempre se las arregla, para no gritar…
Todo es una cuestión de segundos. La vida misma, es cosa de segundos. Aunque se escape, poco a poco sin que nos demos cuenta.
Poco mas de media hora a pasado desde que la raptaron, el tipo que va al volante no a volteado a mirarla, pero el cerdo de al lado no deja de tocarle las piernitas. Piernas pálidas, blancas como una luna de media noche y llenas de manchas como aquel satélite también.
¿Una violación acaso?, ¿sera por eso que la raptaron?. Ella que a sido desde siempre mujercita de la calle y de nadie mas, ella que a vivido debajo de puentes, comido de latas oxidadas, ella que a visto tanta infamia en su vida, es así como va a morir?.
No, no en este cuento, porque depende de mi. Otras niñas, en otros mundos mas reales que este que invento, no tienen tanta suerte.
El flaco al volante, pisa a fondo el acelerador. Es una calle conflictiva, aquella en que transita, territorio de una banda enemiga. Un metal, una niña y dos sujetos.
El metal vuela los cesos del primer sujeto, el hombre muere instantáneamente al volante. Muerte justa, tanto como la vida que llevo.
La masa del automóvil colisiona con un muro justo en frente, tal como un rinoceronte embiste a su rival mortal en ese ritual que es la casería.
El cuerpo del cerdo y de la niña, salen volando como vomitados por la gravedad. La niña se golpea con el asiento justo frente a ella, pero el otro no corrió con tanta suerte, sentado en la mitad del mueble trasero del auto, fue expulsado como si una extraña ley física lo quisiera dejar morir lejos de la joven.
Un desconocido, un tercero ajeno a esta escena, se acerca con pasos lentos hacia el hombre en la acera, el gordo yace entre el auto, el suelo y el muro, como en un beso de complicidad matemática. Al conductor ya nadie le da importancia, se hizo puré con la pared.
El extraño se acerca al hombre, dobla sus rodillas, acerca su cara al rostro ensangrentado de aquel que ahora es en parte maquina y cemento, ese que duras penas puede escuchar. La niña esta inconsciente.
-Sorem Volkinov?, es usted Volkinov?- Apunta con un arma al cerdo mecánico, su acento ruso no permite distinguir el tono interrogativo.
-No, no soy- dijo el gordo, mientras la sangre brotaba de su boca, como un volcán de roja lava.
-Perdón, me temo que me he equivocado de sujeto.- dijo el hombre del arma, alejándose silenciosamente.
Cuando Omaira despertó, un cuerpo hinchado en la carretera era el festín de los cuervos y los perros flacos. Ella, aunque cojeaba, estaba bien. Tomo un objeto blanco que vio dentro del auto antes de salir, y se perdió en el horizonte.
Así vivió otro día Omaira, triste y feliz.
El corazón de todos puede estar triste y feliz, es un sentimiento como cuando ganas el tercer lugar, sabes que ganaste, pero lamentas que no ser suficiente.
Así se siente Omaira, sabe que vivió, pero también sabe que no sera por siempre, y eventualmente también morirá, como lo are yo que escribo y usted que lee, como lo hacen todos los que odian y también lo que aman, pero yo a Omaira le aré un regalo para la eternidad, pues mientras muera entre los basureros de alguna ciudad imaginaria, mientras se pierda en las arenas del olvido, le regale una muñeca, una blanca muñeca de porcelana.
Por. D.F. Ospina

