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Pepín Martín Vázquez ha fallecido

Por Antoniodiaz

Pepín Martín Vázquez ha fallecido
Ha muerto Pepín Martín Vázquez. Aunque me hace más feliz referir que su corpus torero, ese organismo emporio de gallardía, zurcido a cornadas, lleno de varetazos fruto de los trillones de palmadas con los que sus devotos lo adoraban e infinitamente zarandeado por entusiastas del arte de lo inexplicable, ya no alumbra vida. Porque es difícil que su recuerdo muera alguna vez, a pesar de que la mala sombra y el desprecio vandálico que tiene desde nacimiento este maldito país, lo hayan sepultado y deshonrado en vida.
A estas horas la Giralda, que es partidaria, luce luto con mantilla mientras el Guadalquivir, que mece sus aguas con la misma templaza, naturalidad y hondura que las telas el hijo del señor Curro, llora sus penas en la orilla. Madre biológica de musas, duendes y demás criaturas sobrenaturales, Sevilla, está de velorio. Uno de sus hijos pródigos, vástago de la calle Resolana que con su savia, derramada en ritual sobre el albero, regó cada centímetro cuadrado de terruño hispalita y avivó la Historia de una ciudad que no tiene parangón en el mundo. Mentira es lo que viejas coplillas arrabaleras y la lírica palmera de tan desmedido uso cantan, que Sevilla sea especial por el olor a azáhar, a incienso o cera ardiendo. Como si naranjos en flor, misas de doce o cera para hacerse las ingles brasileñas no hubiera en China, Villanueva del Trabuco o las Vegas. Que hasta al más pintao se le pongan vellos de punta cada vez que cruza la inamovible frontera que divide Sevilla y el resto del mundo tiene que ver con que uno entra en la querencia de Velázquez, la Roldana, Gustavo Adolfo Bécquer, los Machado, Joaquin Turina, Rafael de León, Ignacio Sánchez Mejías, Juan Belmonte o el mismo Pepín, sin reparar en Don Juan Tenorio, el Maese Pérez o el barbero de Sevilla, que después de unos cuántos siglos siguen con sus invisibles serenatas por callejuelas que para ellos nunca cambian. Así que aplíquesen el cuento quienes correspondan y se den por aludidos: respeten, homenajeen y guarden culto -a poder ser en vida- a aquellos que a su ciudad le dieron la fama y no se partan la camisa con cosas pueriles que carecen de valor.
Mis retinas no lo vieron, pero cuentan que Pepín Martín Vázquez supo dar con la receta alquímica que muy pocos han sabido encontrar. En ella se mezclaban el salero, la gracia, el arte quincallero, y todo tipo de adjetivo primoroso que se pueda aplicar a la tauromaquia, con el valor, la ética, el mando, la lidia y el clasicismo, salpimentado siempre con unos quintales de alegría marca de la casa. Diferente en todo, tomó la alternativa en Barcelona, de las manos de otro que de torería no iba corto: Domingo Ortega. El toro con el que se examinó como Doctor del Supremo Arte se llamaba, lo que son las cosas, "Partidario", seguro a sabiendas de la suerte que había corrido en el sorteo de ser honrada su muerte por el que será uno de los precursores de la gracia sevillana. Era un Alipio. Hoy apenas quedan partidarios, casi ni aficionados, Barcelona no verá más alternativas y los alipios, emblema de Salamanca, luchan como pueden por seguir siendo. Los tiempos cambian que es una barbaridad.
Tres años estuvo en la cúspide taurómaca hasta que un cornalón en Valdepeñas casi le cuesta la vida. Manolete, con el que compartía cartel esa tarde, le hizo el quite. Diez días después, en Linares, Manolete no tendría quien le devolviera ese quite. La historia se escribe así, en renglones que tuercen los negritos. Por su manera de torear, cobró mucho, y no me refiero a las bondades del empresario con el torero, sino a las maldades del Toro con su matador. En fín, qué decir que no se haya dicho ya.
Lo triste de verdad no es la muerte a los ochenta y tantos años de un hombre que ha vivido con grandeza, como ha querido. Es ley de vida. Lo que me apena y me revuelve las entrañas es que de aquí a unos meses, un ejército encorbatado, raya diplomática, olor a pachuli y miles de lágrimas de cocodrilo, irán al ministerio, o vaya a saber usted donde, a otorgarle una medalla a título póstumo a una persona que ha vivido casi noventa años y que llevaba retirada de su oficio más de medio siglo.
Que se metan la dichosa medalla en lo más hondo de sus Bellas Artes.


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