Revista En Femenino

¿Qué voy a contarte que no sepas?

Por Expatxcojones

¿Qué voy a contarte que no sepas?

Hind, Tánger, 2015. expatriadaxcojones.blogspot.com


Hind tiene cuarenta años y mucho estilo. Por eso, cuando me cuenta que a su madre la apodaban Sofía Loren, me hace gracia, pero no me sorprende lo más mínimo. De casta le viene al galgo.
Me explica que su familia proviene de El Jadida. Una pequeña ciudad portuaria, situada a las afueras de Casablanca, que cuenta con una ciudadela portuguesa y un pasado importante como centro de comercio.
   —Yo vine a Tánger con sólo seis meses, El Jadida entonces era considerada la Cannes de Marruecos. Una ciudad pequeña, con mar y mucho encanto.
Allí se crió su madre. Una joven de familia bien, educada en el liceo francés. Llevaba el pelo corto a lo garçon, conducía una Vespa y pasaba las vacaciones en Europa. Ahora entiendo lo del apodo.
   —Todavía hoy, cuando voy de visita, la gente me habla de ella. Se acuerdan porque era muy moderna. Una mujer avanzada a su época.    —Que gracia…    —Mi madre es una mujer de mentalidad abierta, cuando hablas con ella te das cuenta enseguida —me explica —pero al hacerse mayor se ha ido tapando, poco a poco. Ahora viste falda larga y lleva pañuelo. Menos cuando viaja al extranjero, allí se lo quita.   —¿Y tu padre?   —Mi padre fue un jugador de balonmano de la selección marroquí.    —Vaya… nunca me lo habías dicho.   —Mi madre estaba enamoradísima de él. Era guapo, famoso, viajaba por todo el mundo…   —¿Y?   —Se casaron pero acabó mal. A él le gustaba salir, beber… conoció a otra mujer. Pasaba temporadas con ella y temporadas con nosotros. Tuvo hijos con ella. Mi madre sufrió mucho y al final se separaron.    —¿Cómo fue tu infancia?   —Yo vivía con mi madre y mis dos hermanos. En casa hablábamos árabe pero mezclado con mucho francés. Recuerdo —y sonríe al decirlo —que me pasaba el día en el club de tenis. En Tánger en aquella época no había nada. Yo no salía a la calle, vivía prácticamente allí. No conocía otra cosa.   —¿Cómo era entonces Tánger?   —Era una ciudad mucho más limpia. Había menos gente. Sólo tangerinos y extranjeros. Prácticamente no había marroquíes de otras ciudades. Nos conocíamos todos.    —Y ahora ¿qué te parece?   —Es curioso. Tánger está muy cerca de España, es la ciudad marroquí más al norte, y sin embargo, aquí ves a muchas más mujeres con pañuelo que en Rabat o Casablanca. En Casablanca vas a un buen restaurante, pides una ensalada con charcutería y te preguntan: ¿Halal o no halal? Ya han llegado a este punto. Están mucho más avanzados. Pasamos un rato hablando de esto y de aquello. Me cuenta anécdotas y nos reímos pero, es inevitable, quiero preguntarle sobre el Islam y lo que significa para ella.
   —Yo soy musulmana. Me gusta lo que dice el Islam, pero al mismo tiempo, hay cosas que no las vivo, como por ejemplo, el tema del pañuelo. Entiendo que en su día tenía una razón de ser. Era una manera de proteger a la mujer de posibles agresiones. Pero yo no quiero cubrirme el pelo. Es una parte hermosa de la mujer. Los tiempos han cambiado…   —¿Haces Ramadán?   —Sí. Es una tradición de mi cultura. Me gusta, es un mes especial, y quiero que mis hijos lo vivan. Después, cuando crezcan, que hagan lo que quieran. Hay gente que me pregunta cómo lo hago. No es tan difícil. Si quieres hacerlo sólo tienes que dejar de pensar en ello. A veces cuesta, es verdad, pero también es una manera de ponerse en la piel del que no tiene. Pasas por un escaparate, ves la comida, te entra hambre y no puedes comer. Comprendes a la gente que pasa dificultades. Te pones en su lugar.
Hind está casada con un español, tiene dos hijos y otro que viene de camino. Su familia, igual que ella, es una mezcla de costumbres y culturas en todos los niveles.
   —Me considero una persona moderna en cuanto a mis pensamientos, a la vez que conservadora en otros aspectos. Tengo mis principios.   —¿A qué te refieres?   —Cuando empezamos a salir con Carlos, se lo dije muy claro: me visto moderna, me gusta viajar, quiero trabajar pero… —añade muy seria —soy musulmana. Quiero que respeten mi cultura. —Normal…—Te pongo un ejemplo: Mi marido hace Ramadán, no por convicción, lo hace por mí. Por solidaridad. Y esto nos ha unido mucho. También celebramos la Navidad, ponemos el árbol en casa y hacemos Papá Noel. A nuestros hijos los educamos en las dos culturas.
Oyéndola hablar de su familia y de su casa, me cuesta imaginarla casada en un marroquí, así que se lo pregunto. El tema me intriga.
   —No sé si hubiera encontrado un marido como el que tengo. Somos dos personas libres y muy amigos. Hablamos de todo —y añade con sonrisa pícara —creo que hombres marroquíes así no existen pero quizás… —se pone sería y continúa —Yo no le exijo que sea musulmán. Pero Carlos es buena persona, me quiere, me cuida, no miente… porque ¿qué es ser musulmán? ¿sólo el nombre? Hay muchos musulmanes de nacimiento que no son como él.
Ya que ha salido el tema, aprovecho para pedirle que me haga una descripción breve del carácter marroquí.
   —Yo, como árabes, los veo buena gente. No son peligrosos. Los egipcios o los argelinos tienen más sentimiento de raza. Los marroquíes no. A nosotros no nos gustan los problemas. Eso sí, aquí hay menos conciencia en general. Y eso se nota mucho en el trabajo.
En Marruecos la diferencia entre pobres y ricos es abismal. Le pregunto a Hind qué cree ella que es necesario para acabar con las desigualdades en su país. Contesta rápido, lo tiene clarísimo.
   —Limpiar el cerebro. No hay otra. Hay una minoría de la sociedad que lo sabe. Entiende que debemos avanzar, cambiar algunas cosas. Pero luego está la gran mayoría… gente que vive anclada en el pasado.   —Son como dos países dentro de uno ¿no? Viviendo ados velocidades.   —Yo creo que será la generación de nuestros hijos la que traerá el cambio de verdad. Los chicos jóvenes no han vivido lo mismo que yo con mis abuelos. Tienen otras costumbres, otra mentalidad. Ellos lo lograrán pero es un proceso lento. Se necesita tiempo. Por otro lado, si todos fuéramos exactamente iguales tampoco habría diferencia entre países o culturas y eso sería una pena.
En unos meses habrá elecciones. Los marroquíes deberán elegir nuevogobierno. Primero, se hace un llamamiento a los ciudadanos para que se inscriban en los ayuntamientos y, después, se celebran las votaciones. Hind me habla de la campaña que están haciendo muchos artistas y gente de la cultura para animar a la gente a ir a las urnas.
   —Como sociedad, nunca le hemos dado mucha importancia a esto la política pero, ahora, hay gente joven que quiere cambiar las cosas. Escucho la radio y hablan de la corrupción, del cambio, de leyes… y pienso: Esta vez voy a hacerlo. Voy a votar. Si no lo haces, de alguna manera, favoreces a que todo siga igual.
Para terminar quiero preguntarle sobre la figura del rey. Espero que no se moleste, pues sé de sobra que es un tema delicado. Pero me interesa saber cuál es su opinión y me lanzo. Cuándo lo hago se ríe a carcajadas.
   —Es de risa… —me dice cuando logra parar— lo reconozco. Es como si al nacer nos metieran algo en el cuerpo. Al rey lo ves como a un padre, el padre de todos los marroquíes. Aunque sabes que hay cosas que no son buenas y no te gustan pero al mismo tiempo… es tu rey. Él está metido en todo. En el ejercito, el gobierno, la religión… Al final todo pasa por él. Por eso aquí no hay terrorismo ni radicalismo religioso. El rey nunca les dejará Marruecos para que hagan lo que quieran. Los tiene controlados y me parece bien.
Hind me cuenta muchas más cosas. Cómo conoció a Carlos, cómo fue su boda, lo que le gusta de España o lo que cambiaría de Marruecos. Hablar con ella es fácil. Mucho más de lo que hubiera imaginado. Porque, en realidad, la conozco desde hace un par de años pero no fue hasta hace dos semanas que se me ocurrió entrevistarla. Cuando se lo propuse me dijo: ¿Qué voy a contarte yo que tú no sepas? He de admitir que casi todo.

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