Cuando la grieta se ilumina
Por: Alberto Berenguer / Instagram: @tukoberenguer; @delecturaobligada
Hay libros que no se leen: se atraviesan. Como quien cruza una habitación oscura tanteando las paredes hasta encontrar el interruptor. Donde nace la luz, de Oriol Mitjà, con prólogo de Marc Giró, es uno de esos libros. Y lo digo todavía con el eco de su presentación en El Círcol de Reus, aquel día en que el aforo estaba completamente lleno y, sin embargo, nadie parecía tener prisa por irse a ningún otro sitio. Recuerdo muy bien la escena. No por lo espectacular, no lo era, sino por la sencillez. Oriol hablaba como si no estuviera “presentando un libro”, sino abriendo una ventana para que entrase la luz. Con una humildad que desarmaba, con una claridad que no necesitaba adornos, con esa cercanía que hace que el que escucha deje de sentirse público y pase a sentirse persona. Y eso, curiosamente, es exactamente lo que luego ocurre en el libro.
Leerlo es volver a aquel ambiente, a aquel lugar, sin distancia ni pedestal, con la sensación de estar ante una vida contada tal como es, sin maquillaje ni artificios. Y lo que más me ha impactado no es la enfermedad en sí —las infecciones asociadas a la pobreza como la sífilis, la tuberculosis, el pian o el VIH, ese mapa invisible del sufrimiento global que él conoce como especialista—, sino cómo el libro va desplazándose poco a poco hacia un territorio más íntimo, el de la fragilidad humana sin bata blanca. Allí, el Oriol investigador convive con el Oriol que se rompe, sin jerarquías entre ambos, como si la ciencia y la vulnerabilidad fueran dos formas igualmente honestas de mirar la vida.
Hay algo muy valiente en eso. Porque no se presenta como alguien “que ha vencido”, sino como alguien que sigue atravesando. La depresión no aparece como un capítulo cerrado, sino como una especie de clima interno que a veces despeja y a veces vuelve a nublarse. Y el lector no es espectador, es acompañante.
Me ha conmovido especialmente la forma en que aparecen las personas que lo rodean, sin convertirlas en personajes planos. Su primer amor en la India tiene algo de origen y descubrimiento, como si allí se abriera una primera grieta de libertad. Y Sergi, su pareja actual, se percibe —igual que en aquella presentación en Reus— como una presencia firme pero discreta, de esas que no ocupan el centro, pero sostienen todo lo demás. No hay épica en eso, hay verdad. Y la verdad, cuando es íntima, pesa más que cualquier dramatización.
También hay un lugar especial para su abuela, para los perros, para esos elementos que podrían parecer pequeños pero que en realidad son anclas. Los perros, en concreto, aparecen como algo casi terapéutico, como recordatorio de que la vida no siempre se entiende, pero sí se puede caminar al lado de alguien que simplemente está. Sin exigir explicaciones. Y luego está la autoexigencia. Ese enemigo silencioso que en el libro no se nombra como teoría, sino como experiencia corporal. Y ahí está, esa necesidad de hacerlo todo perfecto, de demostrar valor, de sostener una imagen incluso cuando por dentro todo tiembla. Aquí el libro no sermonea, se confiesa. Y eso cambia todo.
Hay momentos que se quedan pegados. La idea de que uno puede esconderse en un baño esperando a que el mundo se ordene solo. La sensación de no encajar desde niño. La depresión como algo que no siempre avisa, que no siempre se entiende cuando llega. Y, sin embargo, entre todo eso, aparece una insistencia suave: la de buscar pequeñas luces. Un perro que cruza la calle. Una mirada. Una conversación. Un gesto mínimo. Y entonces llega la frase que lo atraviesa todo, como una especie de conclusión que no cierra nada, pero lo ilumina todo: Siempre hay una grieta por la que puede entrar la luz de par en par.
Eso es lo que se queda después de cerrar el libro. No la idea de superación como victoria, sino la idea de la luz como posibilidad. No constante, no garantizada, pero posible.
Porque si algo deja claro Donde nace la luz es que no hay nada más íntimo que el dolor, y nada más valiente que contarlo sin convertirlo en máscara. Hablar de la depresión así, sin disfrazarla ni reducirla, es también una forma de devolverle humanidad a quien la sufre. De quitarle el silencio. De romper ese estigma que todavía hace que tantas personas crean que están solas en lo que sienten.Conocerse a uno mismo es esencial, y eso incluye también aprender a escuchar el propio cuerpo. Hace falta valentía para reconocer los límites y voluntad para saber decir basta y detenerse a tiempo. El cuerpo siempre avisa, aunque a veces no queramos escucharlo; es más sabio de lo que creemos.
Y quizá en todo esto se encuentra el verdadero impacto del libro. No en explicar la oscuridad, sino en permitir que alguien, al otro lado, la reconozca sin miedo. Porque al final —y esto no es una conclusión literaria, es casi una sensación física tras leerlo— la luz no llega de golpe. Se cuela. A veces por una grieta diminuta. A veces por una conversación en un auditorio lleno en Reus. A veces por un libro que alguien escribió no para enseñar, sino para acompañar.
En la dedicatoria del libro, el investigador médico especializado en enfermedades infecciosas relacionadas con la pobreza escribió unas palabras que me acompañan desde entonces y que guardo con especial cariño: «Per a l’Alberto. Amb molt d’afecte, Oriol Mitjà».
Ahora, desde este lado de la lectura, solo puedo devolverle ese afecto y una inmensa gratitud. Gracias, Oriol Mitjà, por recordarnos que incluso en los momentos más oscuros siempre puede abrirse paso una grieta por la que entra la luz.
