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Reseña: «El día que dejé de ser niña», de Verónica Criado

Publicado el 26 septiembre 2026 por Delecturaobligada @DelecturaOblig

Cuando perder a un padre significa perder también una parte de quien eras

Por: Alberto Berenguer / Instagram: @tukoberenguer; @delecturaobligada

Reseña: «El día que dejé de ser niña», de Verónica Criado

Hay pérdidas que no empiezan el día de una muerte. Empiezan mucho antes, en una habitación de hospital, en una llamada telefónica, en una mirada que ya no es la misma o en ese instante en el que alguien comprende que quizá aquello que daba por sentado para siempre está a punto de desaparecer. El día que dejé de ser niña, de Verónica Criado Cancela, nace precisamente del momento en que una hija descubre que su padre puede dejar de estar y que, con él, también puede desaparecer para siempre una parte de la persona que ella creía ser.

El libro comienza desde el final. No hay artificios para retrasar el golpe ni una búsqueda deliberada de suspense. La autora coloca al lector frente a la ausencia y, desde ahí, reconstruye el camino que condujo hasta ella. Esa decisión convierte la lectura en algo más que el relato de una enfermedad. Es una reconstrucción de la memoria. El padre aparece primero como recuerdo, como presencia, como figura cotidiana. Porque uno de los aciertos del relato es precisamente no construir un padre perfecto después de su muerte. Lo construye humano.

A partir de ahí, la narración cambia de temperatura. La cotidianidad familiar se transforma progresivamente en hospitales, diagnósticos, esperas, médicos, decisiones y llamadas. La enfermedad deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una presencia que reorganiza completamente la vida de una familia. Cada avance parece traer una posibilidad de regreso a la normalidad; cada retroceso vuelve a colocar el miedo sobre la mesa. El lector queda atrapado en ese territorio emocional donde la esperanza y el temor conviven sin descanso.

Y entonces aparece una segunda pérdida, inesperada y especialmente dolorosa: Isis, la perra de la familia. Su muerte atraviesa el relato en un momento en el que la autora ya se encuentra emocionalmente al límite y convierte el duelo en algo todavía más complejo. No se trata únicamente de contar dos pérdidas, sino de mostrar cómo el dolor puede acumularse hasta hacer que incluso aquello que parecía pequeño adquiera una dimensión enorme. En ese punto, el libro deja de hablar únicamente de la enfermedad del padre y comienza a hablar de lo que sucede cuando una persona siente que ya no tiene dónde apoyarse. Además, la autora no oculta la dimensión práctica del sufrimiento. Hay medicamentos, cuidados, turnos, desplazamientos, sillas de ruedas, decisiones familiares y conversaciones médicas. El dolor aparece acompañado de toda esa burocracia invisible que suele rodear a la enfermedad y que pocas veces ocupa espacio en los relatos sobre la pérdida. Aquí, cuidar también significa organizar, decidir, esperar, interpretar y continuar funcionando cuando emocionalmente ya no quedan fuerzas.

Pero El día que dejé de ser niña no es solamente una crónica de hospital. Su verdadero eje está en la transformación de la hija. La mujer que entra en ese recorrido todavía mira a su padre desde el lugar de quien, en cierto modo, sigue siendo hija antes que adulta. Sin embargo, la enfermedad invierte poco a poco los papeles, puesto que quien antes enseñaba a conducir ahora necesita ayuda para moverse; quien parecía capaz de arreglarlo todo se convierte en alguien a quien los demás intentan sostener. Esa inversión silenciosa de roles explica el título y le da al libro su mayor carga simbólica.

La escritura de Verónica Criado apuesta por la cercanía. No pretende esconder el dolor detrás de una prosa excesivamente sofisticada, sino contar desde la experiencia directa, con frases sencillas y una mirada confesional. Esa elección hace que el lector sienta que no está ante una historia observada desde la distancia, sino ante alguien intentando ordenar sobre el papel aquello que todavía le resulta difícil ordenar por dentro. El resultado tiene el tono de una conversación íntima que, poco a poco, termina convirtiéndose en testimonio. Hay también la presencia de la tecnología como acompañamiento durante la enfermedad. En medio de la incertidumbre, la autora busca respuestas, explicaciones y formas de comprender aquello que está viviendo. Esa necesidad de entender refleja una de las características más reconocibles del duelo anticipado, como cuando no podemos controlar lo que está ocurriendo, intentamos al menos comprenderlo.

El tramo final es, inevitablemente, el más duro. Las esperanzas se reducen, las conversaciones cambian y las decisiones médicas adquieren un peso definitivo. La muerte del padre no aparece como un acontecimiento aislado, sino como el desenlace de semanas de lucha, miedo, cansancio y pequeñas esperanzas. Y cuando finalmente llega la llamada que divide la vida en un antes y un después, el libro consigue que la ausencia no se perciba como una escena puntual, sino como el comienzo de otra etapa: aprender a vivir con alguien que ya no está.

Lo más interesante de El día que dejé de ser niña no es únicamente aquello que cuenta, sino aquello que termina planteando al lector. ¿En qué momento dejamos de ser hijos para convertirnos también en quienes cuidan? ¿Cuánto de nuestros padres permanece en nosotros cuando ellos ya no pueden acompañarnos? ¿Puede una persona desaparecer físicamente y seguir presente en nuestras decisiones, nuestros gestos, nuestros recuerdos y nuestra manera de mirar el mundo?.

Verónica Criado escribe para recordar a su padre, pero el resultado trasciende el homenaje familiar. El libro se convierte en una reflexión sobre la fragilidad, el amor, el cuidado y la brutalidad con la que la vida puede obligarnos a madurar. Su título no habla solamente de una pérdida, habla de un tránsito. De ese día en que comprendemos que ya no podemos volver atrás, que nuestros padres también son vulnerables y que crecer, algunas veces, consiste simplemente en aprender a quererlos cuando ya no podemos protegerlos de nada. Porque quizá hacerse adulto no sea dejar de necesitar a nuestros padres. Quizá sea descubrir, demasiado pronto, que algún día tendremos que aprender a vivir sin ellos. Y ahí es donde este libro encuentra su fuerza; en recordarnos que, mientras podemos, todavía estamos a tiempo de decir lo que sentimos, abrazar un poco más fuerte y prestar atención a esas escenas aparentemente insignificantes que, con el tiempo, terminan siendo las que más echamos de menos.

El día que dejé de ser niña es, en definitiva, un libro sobre una muerte, pero sobre todo es un libro sobre una vida compartida. Sobre un padre que permanece en la memoria de una hija y sobre una hija que, al escribirlo, intenta convertir la ausencia en recuerdo. No evita el dolor, porque no podría hacerlo. Lo transforma en palabras. Y a veces esa es la única forma que tenemos de seguir hablando con quienes ya no pueden respondernos.


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