El miedo que aprendemos sin darnos cuenta
Por: Alberto Berenguer / Instagram: @tukoberenguer; @delecturaobligada
Lo primero que me ha sorprendido de La educación del monstruo no ha sido su argumento, sino la manera en la que Elvira Mínguez consigue contarlo. Detrás de una historia marcada por la violencia, los secretos familiares y una serie de acontecimientos que siembran el miedo, existe una escritora que sabe construir atmósferas, presentar personajes y llevar al lector de un escenario a otro sin perder de vista aquello que realmente quiere contar. Y precisamente esa forma de escribir ha sido una de las cosas que más he disfrutado de esta novela, galardonada con el Premio Primavera de Novela 2026.
Elvira Mínguez plantea una historia que transcurre en diferentes momentos y lugares, pero que poco a poco termina demostrando que todos están unidos por el mismo hilo. Viajamos hasta Alemania en 1963, acompañamos a Águeda y a su familia en su experiencia como emigrantes y regresamos después al Valladolid de los años setenta, donde una serie de secuestros y agresiones a niñas provoca que el miedo se instale en las familias. Desde ahí llegamos hasta el presente de Matilde, una mujer que vive pendiente de la seguridad de su hijo y cuya necesidad de protegerlo empieza a hacerle comprender que quizá detrás de ese comportamiento exista algo que lleva demasiado tiempo sin resolver. La estructura en tres épocas es una de las características que más destaco por la facilidad de la autora en situarnos en cada escenario con propia personalidad. No da la sensación de que los lugares estén ahí simplemente para situar la acción. Alemania representa una etapa vital marcada por la emigración, la convivencia y determinadas experiencias que dejarán huella; Valladolid aparece como un espacio cerrado, gris y dominado por la preocupación de unas familias que sienten que sus niñas pueden estar en peligro; y el presente de Matilde funciona como el momento en el que todas esas piezas comienzan a buscar una explicación. La novela va saltando entre épocas, pero en realidad está avanzando siempre hacia la comprensió en cómo determinadas experiencias pueden permanecer dentro de una familia durante décadas.
También me ha gustado especialmente la manera en la que Elvira Mínguez construye a sus personajes. Al principio hay bastantes nombres, diferentes generaciones y varias líneas narrativas, por lo que es necesario prestar atención. Pero poco a poco cada personaje adquiere su propio espacio y deja de ser simplemente un nombre dentro de la trama. Matilde y Águeda son fundamentales para entender esa transmisión de recuerdos, miedos y heridas, pero alrededor de ellas aparecen otros personajes que aportan diferentes perspectivas sobre una sociedad en la que muchas cosas se callaban, se ocultaban o directamente se prefería no preguntar por ellas.
Pero si tuviera que escoger una palabra que resume mi experiencia con esta novela, sería miedo. Y no únicamente el miedo evidente que provoca una amenaza concreta. Mínguez trabaja con muchas formas diferentes de miedo: el miedo de una madre por su hijo, el miedo de una niña, el miedo al qué dirán, el miedo a hablar, el miedo a recordar y también ese miedo que puede terminar convirtiéndose en una manera de educar. Y yo he sido educado muy así. Es precisamente aquí donde creo que la novela adquiere una dimensión mucho más interesante que la de una simple historia de intriga.
Porque Matilde no es solamente una mujer que quiere proteger a su hijo. Es también alguien que ha aprendido a vivir con un miedo que no nació completamente en ella. A medida que conocemos su pasado y el de Águeda, comprendemos que algunas heridas no desaparecen porque pase el tiempo. Pueden cambiar de forma, esconderse durante años y reaparecer cuando menos se espera. Y quizá una de las reflexiones más potentes de la novela sea precisamente que aquello que una generación vive puede terminar condicionando la manera en la que la siguiente educa, protege y se relaciona con el mundo.
El título adquiere entonces todo su sentido. La educación del monstruo no se limita a plantear la existencia de alguien que representa el mal. La pregunta que queda flotando durante la lectura es mucho más incómoda: ¿qué convierte a una persona en un monstruo? ¿Nace así o existe una serie de circunstancias, silencios, humillaciones y aprendizajes que contribuyen a construirlo? La propia novela invita a mirar más allá del hecho concreto y a preguntarnos por todo aquello que ocurre alrededor. Un ejemplo sería las familias que callan, los adultos que no saben cómo actuar, las instituciones que pueden mirar hacia otro lado y una sociedad que durante determinadas épocas aprendió a convivir con el silencio.
Y ahí es donde creo que Elvira Mínguez consigue que la novela deje de pertenecer únicamente al pasado. Aunque buena parte de la historia nos lleve a décadas anteriores, muchas de las cuestiones que plantea siguen resultando incómodamente reconocibles. La educación, la protección, la infancia, la responsabilidad de los adultos y la forma en que transmitimos nuestros propios miedos son asuntos que no pertenecen exclusivamente a una época. La novela consigue que miremos hacia atrás, pero también que nos preguntemos qué estamos haciendo nosotros en el presente.
Además, me ha gustado que la autora no convierta la historia en una sucesión de golpes destinados únicamente a impresionar. La dureza está en el tema y en las consecuencias que provoca, pero la escritura busca sobre todo crear una atmósfera. Hay momentos en los que la tensión nace más de lo que se intuye que de lo que se muestra, y esa decisión hace que determinados pasajes resulten especialmente inquietantes.
Después de leer La educación del monstruo, entiendo que el Premio Primavera de Novela 2026 haya puesto el foco sobre esta historia, pero, más allá del reconocimiento literario, lo que me llevo personalmente es el descubrimiento de una autora cuya manera de escribir me ha convencido. Elvira Mínguez demuestra que detrás de una trama oscura puede existir una novela preocupada por las consecuencias de aquello que no se habla, el peso de la memoria y la forma en la que nuestros miedos pueden acabar afectando a quienes más queremos.
Recomiendo su lectura a quienes busquen una novela con personajes sólidos, diferentes escenarios y una historia que combina intriga, memoria familiar y reflexión psicológica. No es una lectura ligera por los temas que aborda, pero precisamente por eso deja poso. Cuando se cierra el libro, la pregunta ya no es únicamente quién es el monstruo. La pregunta más difícil es cuánto de nuestros propios miedos hemos aprendido sin darnos cuenta y cuánto de ellos estamos transmitiendo a los demás.
