Revista Cultura y Ocio

San Pedro

Por Humbertodib
San Pedro
Era la una de la tarde y hacía un calor sofocante, solo las chicharras parecían disfrutarlo y nos lo hacían saber tocando a toda orquesta su terco hit de cada verano. Íbamos caminando por el borde del río, el sendero no era muy claro, estaba escondido entre pastos altos y troncos derrengados o caídos por el constante embate del agua, pero sí se notaba que varias personas ya lo habían transitado antes, seguramente buscando alejarse de las zonas más concurridas, como el paseo público o las playas del Club Náutico o las del Club de Pescadores. Lucila iba adelante, llevaba un bolso con el mate, galletitas, una lona, el celular, unos parlantes bluetooth y otras cosas más para pasar toda la tarde; yo venía un metro atrás con las cañas en una mano y la caja con los elementos de pesca en la otra, un poco distraído y ansioso por llegar a un lugar raso y lanzar la línea al agua para sacar un dorado, un surubí o, en fin, cualquier otra cosa que no fuera un bagre mugroso. De repente, Lucila se detuvo de golpe y pegó un grito, soltó el bolso y abrió los brazos hacia atrás para detenerme. Qué pasa, le pregunté; una yarará, me respondió, tené cuidado porque estas te matan, agregó, y comenzó a retroceder con mucha cautela. Una yarará, le dije, irónico, debe ser una culebrita, las yararás aparecen en los cuentos de Horacio Quiroga, no en la vida real; pero Lucila era de San Pedro, cómo iba a confundir una culebra inofensiva con una yarará, o aun, cómo podía contradecirla yo, que soy un citadino inexperto que solo opina porque vio programas sobre gatos obesos o perros culeros en Animal Planet. Dejame pasar que voy y te la saco de en medio enseguida, le dije, tratando de mostrar una valentía que surge apenas en los primeros tiempos de una relación; vos estás loco, nene, es una yarará de la cruz, me advirtió Lucila; pero yo ya había agarrado un palo del piso y arremetía contra la bicha lanzándole golpes de costado, mientras ella, alternadamente, se anidaba en el centro de su cuerpo y luego levantaba la cabeza y la bamboleaba, amenazadora, haciendo flamear esa lengua bífida y rosada que me daba más miedo que ninguna otra cosa. Lancé muchos golpes, quince, veinte, de un lado y del otro, pero creo que habré acertado tres, a juzgar por el ruido seco que hizo la punta del palo. Sí, no le di más de tres golpes, sin embargo, fueron suficientes como para dejar a la víbora debatiéndose entre la vida y la muerte. Se contorsionaba, se levantaba y caía, se enroscaba en sí misma, soltaba un silbido agudo que podía ser de rata, de pájaro o, no sé, de cualquier ser fantástico, de esos que en su interior albergan mil muertes. Nosotros mirábamos a la víbora con una mezcla de susto y sorpresa de que todavía no se hubiera muerto, porque los pocos golpes que le había dado habían sido muy duros. El tiempo pasaba y la yarará seguía con sus movimientos desesperados, pero de súbito se quedó quieta, como si en una fracción de segundo lo hubiera entendido todo, entonces se irguió lentamente, desafiante, soberbia, conocedora de su poder letal. Con Lucila retrocedimos dos pasos, todavía tomados de la mano, listos para esquivar el ataque inminente, pero la bicha se echó bien hacia atrás y entonces sí, se volvió jichi, basilisco, hidra, dragón..., soltó un silbido escalofriante, abrió la boca y atacó su propio cuerpo. Lo mordió con un odio tan feroz que me puso los pelos de punta. Después de morderse, habrá dado dos sacudidas rápidas y enseguida su cuerpo se ablandó. Ya incapaz de hacerle daño al ser insignificante que la había herido de manera tan boba, se mató a sí misma. Miré a Lucila, le solté la mano y me acerqué al animal. Vos estás loco en serio, esperá un poco, me hacés el favor, me gritó; pero yo no pude evitar ir a mirar a la bicha bien de cerca, directo a los ojos, porque sonreían, lo juro, aunque yo no tengo la seguridad de que los ojos de una yarará puedan sonreír.

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