El parte médico no dejaba dudas, tenía una herida traqueteoinguinal que le afectaba desde el escroto hasta la laringe. No era de extrañar, había siempre estado al filo de la navaja y al final se había cortado. Estaba en la cama del hospital vendado y sedado. Era como una siamesa unido sólo por la cabeza, desde el cuello estaba dividido en dos. La diferencia era que los órganos no estaban compartidos y no se podía separar para hacer una vida independiente.Había que conseguir unirlo o decidir si un lado sería el que saldría adelante. Obviamente el del lado del corazón tenía más puntos pero no era determinante. El lado derecho siempre había transportado la cartera y además el pene estaba en este. Sin daños aparentes.Finalmente el cirujano jefe se quitó su cinturón y rodeó las cinturas apretando tipo torniquete. El mismo día tuvo el alta y es mismo día al llegar a casa, rodeó a su mujer por la cintura, la empujó suavemente sobre la cama y se desnudó. Al quitarse la correa, se abrió en un spagat bestial desparramándose en la tarima de la habitación.Texto: Ignacio Álvarez Ilzarbe.
