Revista Cultura y Ocio

So long, farewell,auf wiedersehen, adiós.

Publicado el 17 julio 2017 por Molinos @molinos1282
So long, farewell,auf wiedersehen, adiós.A pesar de mis enconados esfuerzos por no llegar tarde y a pesar de tenerlo todo a favor para conseguirlo, llegaba tarde. No mucho, cinco minutos, pero lo suficiente para ser la última en entrar en la sala de reuniones y, por tanto, ser intensamente visible y revisable por los que ya estarían allí a pesar de tener todo en contra. Sentía todo la batería de síntomas del síndrome del impostor: nervios, dudas, inquietudes e inseguridades. «Voy a hacer el ridículo, se van a dar cuenta de que no tengo ni idea». A los nuevos se les recibe siempre con inquietud, con suspicacia, se les mira con ojos inquisitivos y con cierta sospecha. Yo también lo hago. Nos acostumbramos a las personas y cambiarlas por otras nos produce cierto resquemor, nos rompe la rutina de las relaciones establecidas y nos obliga a ser conscientes de que las cosas cambian. Incluso nos hace pensar que nosotros también somos prescindibles, intercambiables, olvidables. Era consciente de todo eso cuando entré en la sala a conocer a todos esos desconocidos inconscientemente suspicaces y algo preocupados. «Hola, soy Ana». Él, se levantó inmediatamente desde su sitio, en el lado de la mesa más alejado a la puerta, se acercó a mí, me dio dos besos y me dijo «Bienvenida, Ana». 
No había tenido tiempo de imaginarme a mis compañeros. Había tratado con ellos únicamente por mail y el mail no da pie a imaginar voces, aspectos, alturas y, mucho menos, sensaciones. Me pareció mayor. No muy alto, pero más que yo por supuesto, con el pelo blanco, delgado y una gran sonrisa. Aquel día me sorprendió que al besarme apoyara sus manos en mis hombros. Aprendí después que él siempre saluda así porque realmente se alegra de verte, de estar contigo, de trabajar juntos. Cuando comenzó la reunión, me pareció seguro, no seguro de sí mismo sino un lugar seguro, alguien en quien confiar, alguien a quien consultar. Desee caerle bien desde el primer minuto. Desee aprender de él, con él. Nos hicimos amigos a lo largo de los meses. Nos hemos reído, intercambiado fotos y nos hemos abrazado al despedirnos todas y cada una de las veces, con sus manos en mis hombros. 
«Chavales, me jubilo» nos anunció en enero. Intentó ser solemne, serio, riguroso, pero se le salía la alegría por los ojos y por sus largos dedos que siempre agita al hablar. Durante estos seis meses el ambiente en nuestras reuniones ha estado envuelto en una nube formada en un 50% por su alegría y en otro 50% por nuestra sensación de orfandad. Nos sentimos huérfanos, no tristes porque nos alegramos muchísimo por él, pero nos sentimos un poco desamparados. O por lo menos, yo me siento así. 
El jueves, en su fiesta de despedida, fue la novia, el niño del cumpleaños, el campeón de Wimbledon, el ganador del Mundial, el premiado con el Nobel, el destinatario del Oscar,fue Amstrong pisando la Luna y Fleming descubriendo la penicilina, el niño que disfruta del último trozo del pastel y el que estrena la piscina el primer día de verano. Estaba feliz, exultante y satisfecho. Conmovido, también. Era la viva imagen de la satisfacción, era el ciclista que gana el Tour y piensa «Todo este esfuerzo ha merecido la pena». Sé que es ridículo pero me sentí orgullosa de él.  
Nos abrazó a todos. El último abrazo compartiendo trabajo. No lloró al llegar al restaurante y encontrarse a todo el mundo aplaudiendo, ni lloró durante las palabras que improvisó para todos los que nos juntamos a despedirle, pero se le humedecieron los ojos cada vez que, a cada uno de nosotros, nos dio ese último abrazo "laboral". 
Nos has dejado un poco huérfanos y, también, un poco envidiosos, contando los años que nos quedan a nosotros para llegar a jubilarnos. Ojalá sepamos hacerlo como tú.  
Farewell Jesús, te echaré de menos. 

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