Revista Espiritualidad

Sorprendiéndonos ante lo Obvio

Por Av3ntura

Suele ocurrir que la última persona en enterarse de algo que la afecta directamente acaba siendo la propia persona. Este hecho podría deberse a que aquellos que tiene a su alrededor la sobreprotegen contribuyendo a mantener su ignorancia a base de mentiras piadosas, pero en la mayoría de los casos no es precisamente así. Por mucho que alguien intente ocultar una infidelidad, una adicción o una perversión a su pareja o a su familia, siempre puede haber pequeños detalles que se escapen a su control y le acaben delatando. Pero no siempre la persona que tiene al lado acepta lo que está viendo.

Ante determinadas realidades nos resulta más fácil dudar de nuestro propio juicio que aceptar que aquellos que queremos no son como creemos que son y sucumben a instintos que ellos mismos no dudan en recriminarle a otros.

Aferrados a nuestra idea de cómo debe ser nuestra vida, nos negamos a asimilar que no todas las piezas encajan como pretendemos que encajen y no dudamos en forzarlas, corriendo el riesgo de llegar a romperlas, porque mejor que se rompa una pieza a que se desmorone el puzle entero.

A veces nos da tanto miedo admitir que hemos visto lo que nos acaba de pasar por delante de los ojos que preferimos hacernos los ciegos. "Ojos que no ven, corazón no siente" nos enseñaron nuestras abuelas. Pero esa filosofía de vida, que mejor encajaría en la de "no vida" ¿nos puede resultar útil tantas décadas después?

Cierto es que los propios sentidos nos pueden acabar derivando hacia la confusión porque a veces los hechos que parecen irrefutables pueden acabar teniendo una explicación muy lógica que desmonta por completo los peores escenarios por los que se ha estado paseando nuestra imaginación. Cierto es también que nadie es perfecto, que todos tenemos debilidades, manías, vicios y secretos que guardamos bajo llave porque a nosotros mismos nos causan vergüenza. Pero no podemos basar nuestra existencia en una negación continua de la realidad. Por mucho que ésta duela, hemos de ser capaces de reconocerla y de decidir después lo que hacemos con ella.

Mirar para otro lado y hacer como si las cosas no pasaran es la forma que encuentran algunas personas de seguir al lado de otras. Tal vez por miedo a quedarse solas o a dejar a las otras solas. Tal vez por amor a la idea que se han formado de su relación. Porque acostumbran a decir que la convivencia mata las relaciones de pareja, pero también acaba creando adicción. Cuando dos personas se habitúan a estar juntas, aunque no paren de discutir ni de recriminarse cosas la una a la otra, acaban enlazándose en una espiral que se enrosca en un ni contigo ni sin ti y que no les permite desligarse la una de la otra.

Cada una es perfectamente capaz de ver la parte más oscura de la otra, pero cuando una tercera persona se la refiere a cualquiera de las dos, se hacen las sorprendidas y se acaban ofendiendo. Porque duele admitir que la realidad en la que viven ha sido capaz de traspasar las paredes de su intimidad cotidiana.

Sorprende que, con frecuencia, lo que más duele de una infidelidad o de una perversión es ser conscientes de que los demás están al corriente de ella. Mientras los hechos no trascienden es como si no hubieran sucedido nunca, porque podemos negarlos y quedarnos tan anchos viviendo en nuestra singular mentira. Pero cuando ésta se hace evidente para otros, cuando se extiende como el aceite y llega a estar en boca de todos aquellos cuyo juicio nos importa, la negación ya no nos sirve como estrategia. Y dudar de lo que hemos visto o lo que hemos oído tampoco, porque ahora son otros juicios los que han entrado en juego y carecemos de argumentos para rebatirlos.

Sorprendiéndonos ante lo Obvio

Hay tantas formas de entender y de montarse la vida como personas existen y han existido en el mundo. Aunque puedan parecer muy dispares entre ellas y algunas se nos antojen de lo más disfuncionales, todas son igual de válidas, pues a las personas que las han adoptado les han servido para llevar su existencia como buenamente han podido o querido. Pero es obvio que factores como la inseguridad, el miedo o la vergüenza han acabado haciendo mella en muchas de las que han optado por dudar de sí mismas antes de hacerlo de quienes tenían al lado.

Para amar de verdad a otra persona, primero hemos de aprender a amarnos a nosotros mismos, respetándonos, creyendo en lo que nos dicen nuestros sentidos, atreviéndonos a dialogar abiertamente con la otra persona cuando sospechamos que nos oculta algo y no resignándonos jamás a que nuestra vida la dirija nadie que no seamos nosotros.

Tenemos derecho a decidir lo que aceptamos y lo que no de la persona a la que amamos, pero nunca deberíamos dejar de ser honestos con nosotros mismos ni caer en la bajeza de autoengañarnos. Pues, si nos alimentamos de mentiras piadosas, ¿qué clase de vida podemos llevar? ¿Qué garantías tendrán los que nos rodean de que con ellos vamos a ser sinceros si no somos capaces de serlo con nosotros mismos?.

Estrella Pisa

Psicóloga col. 13749


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