Revista Arte

“The Changeling”, de Peter Medak

Por Avellanal

En un comentario anterior afirmé que, frente a la crisis que atraviesa actualmente el cine de terror, sólo podría rescatar –a título personal– ciertas producciones de origen oriental, cuyo común denominador es estar embanderadas en la sobriedad que escasea en Hollywood. Aún cuando estas frescas propuestas que nos llegan de Japón y otros países, repito, son dignas de aprobación, de originalidad poseen más bien poco, pese a lo que muchas personas piensan.

La pulcritud narrativa, la preponderancia de la sugerencia frente a la evidencia, la sencillez visual, la tendencia a la naturalidad actoral, la búsqueda del terror por caminos opuestos a la parafernalia y a la truculencia que nos invadió a partir de la década del noventa con el penoso renacimiento del slasher, no son características que hayan surgido precisamente en Oriente. En ese sentido, The Changeling, tranquilamente puede considerarse como la Eva de una vasta descendencia que se reproduce hasta nuestros días.

“The Changeling”, de Peter Medak

Si bien no estamos frente a una película de la redondez propia de producciones, a estas alturas, canónicas del género –verbi gratia, Rosermay’s Baby, The Exorcist o The Omen– y que le precedieron cronológicamente, es menester subrayar el inconmensurable aporte que The Changeling brindó al cine que le sobrevendría, a tal punto que, en la actualidad, luego de transcurridos casi treinta años desde su filmación y estreno, cientos y cientos de filmes que se sustentan en un terror exento del componente macabro, siguen copiando la mayoría de los fundacionales recursos implementados por Peter Medak en 1979. Sin ir más lejos, la multipremiada Los otros de Alejandro Amenábar, en rigor, no es otra cosa que una ligera variación – interesante variación, por cierto– de la película que nos ocupa.

Hay escenas, en medio de una historia de fantasmas convencional, en la que un antiguo caserón se erige como parte sustancial de la trama, que no dejan al espectador sin aliento, pero sí provocan algún que otro concreto sobresalto. Considero que los acontecimientos que proceden de una dimensión ignota para la mayoría de los mortales, que se nos revelan como una ruptura de la cotidianeidad, son los que, a la postre, causan mayor grado de inquietud. El director de origen húngaro –que, es necesario precisarlo, no logró estructurar una carrera sólida y coherente– consiguió crear un clima de permanente tensión, especialmente durante la primera parte del largometraje, valiéndose de, prima facie, elementos tan simples como la tecla de un piano moviéndose sola, una pequeña pelota que desciende insistentemente por las escaleras, una caja de música o una diminuta silla de ruedas.

“The Changeling”, de Peter Medak

La presencia de un actor tan sobrio como George C. Scott, interpretando al atormentado compositor que, luego de las trágicas pérdidas de su mujer y de su hija, se refugia en la mencionada (e inquietante) casa victoriana, inhabitada por décadas, le confiere un margen superlativo de credibilidad a la historia. La sesión espiritista, que se desarrolla en la perturbadora inmensidad e intimidad de esos antiguos interiores ennegrecidos, con una desenfrenada médium soltando garabatos sobre hojas en blanco, supone quizá una de las mejores secuencias de la película, no sólo por la verosimilitud –aspecto primario para infundir terror– que la misma expele, sino también por la perfecto sintonía entre lo artístico con lo técnico. Y en este último rubro, merece destacarse muy especialmente la banda sonora.

Como he dicho al principio, el terror explícito, plagado de fuegos artificiales y vísceras revoleadas a los cuatro vientos, viene a ser la antítesis de esta verdadera lección de cómo crear escalofríos sin recurrir a los lugares comunes del género. En The Changeling, una sombra, un espejo roto, un pozo de agua, una luz que de súbito se enciende en el ático, aleccionan sobre la génesis del horror más profundo.

The Changeling (Canadá, 1979)
Director: Peter Medak.
Intérpretes: George C. Scott, Trish Van Devere, Melvyn Douglas, John Colicos, Jean Marsh.
Calificación: 7.


“The Changeling”, de Peter Medak

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