El Museo de Orsay celebra su 40 aniversario con una gran muestra dedicada a los años más luminosos de Renoir, los que van de 1865 a 1885. Cincuenta pinturas reúnen el universo del placer, el amor y la convivencia humana que el pintor construyó antes de su crisis impresionista, una declaración a favor de la modernidad feliz.
Hacia 1883, Renoir tuvo la sensación de haber llevado el impresionismo hasta un punto de agotamiento. El trabajo al aire libre, sometido a la urgencia de la luz, no le dejaba tiempo para componer. El pintor que trabaja únicamente del natural, decía, acaba buscando solo lo momentáneo y se vuelve monótono. Los viejos maestros no ignoraban esos efectos, simplemente los despreciaban. Esta fatiga espiritual produjo en el pintor una reorientación hacia una técnica más disciplinada, de linea depurada, contornos definidos y colores más fríos. Parte de la información que nos ha llegado se debe a Ambroise Vollard, influyente marchante y editor francés y figura clave en la difusión del impresionismo que recogió muchos de los testimonios y anécdotas sobre su amistad con Renoir en su libro sobre la vida y obra del artista.
Sin embargo, fue precisamente en los años anteriores a esa crisis cuando Renoir construyó con mayor plenitud el mundo que lo identifica, un universo dominado por el placer, el amor, el cuerpo y la convivencia humana. Ese periodo, comprendido entre 1865 y 1885, es el que articula la exposición Renoir y el amor. La modernidad feliz, organizada por el Museo de Orsay de Paris. Coincidiendo con el 40 aniversario del museo, la muestra, que se inauguró el pasado 17 de marzo reúne unas cincuenta pinturas realizadas durante sus años impresionistas.

Pierre-Auguste Renoir, La Promenade, 1870. The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles.
Según Vollard, Renoir nunca quiso oscurecer el placer ni volverlo solemne. Se quejaba de que el buen humor no se tomara en serio. En sus cuadros, el amor no aparece como un sentimiento abstracto, sino como una experiencia visible y compartida, miradas, cuerpos que se rozan, gestos de complicidad, escenas de ocio. Los jardines, cafés, bailes, riberas del Sena o restaurantes son los escenarios de una vida moderna al aire libre marcada por la juventud y la sociabilidad.

Pierre-Auguste Renoir, Le Déjeuner des canotiers (Almuerzo de los remeros), 1880-1881, óleo sobre lienzo. The Phillips Collection, Washington D.C.
Las obras de la exposición muestran cómo Renoir abordó la vida moderna sin ironía ni distancia crítica. Observaba una sociedad en transformación, pero no desde la denuncia, sino desde una visión conciliadora, en la que el placer compartido y la armonía social ocupan el centro.

Renoir en su estudio de París, al final de su vida, frente al retrato de Tilla Durieux (1914).
Renoir decía no tener reglas ni métodos. Pintaba “como un niño” y buscaba relaciones de color que fueran sonoras. Quería que un rojo sonara como una campana. Si no lo conseguía, añadía más rojo u otros colores hasta lograrlo. El arte, afirmaba, no debía poder explicarse, si pudiera explicarse, no sería arte. Del desnudo decía que había innumerables matices y que debía encontrar aquellos que hicieran que la carne viviera y palpitara en el lienzo.

Pierre-Auguste Renoir, Danse à la ville (Baile en la ciudad), 1883. Musée d'Orsay, París.
El paisaje, en estos años, no fue para él un fin en sí mismo, sino un marco vivo para la presencia humana. A diferencia de Monet, Renoir no utilizó la naturaleza como tema autónomo, sino como un espacio donde el cuerpo, el gesto y la relación podían desplegarse. Incluso cuando retomó temas tradicionales, la figura aparece integrada en un mundo que respira con la luz.

Pierre-Auguste Renoir, Bal du moulin de la Galette, 1876, óleo sobre lienzo. Musée d'Orsay, París.
El tramo final del recorrido señala el momento en que, a mediados de la década de 1880, Renoir inicia una transición hacia otra etapa estilística y se aleja progresivamente de los temas de la vida moderna. No se trata de una ruptura, sino del cierre de un ciclo. El propio pintor afirmaba que no había nada fuera de los clásicos y que lo clásico podía aparecer en cualquier época. La tradición nunca había impedido la originalidad, la hacía posible.

Pierre-Auguste Renoir, El palco (La Loge), 1874, óleo sobre lienzo, 80 × 63 cm. The Courtauld Gallery, Londres.
La muestra se presenta en diálogo con Renoir, dibujante, dedicada a su producción gráfica, y ofrece una aproximación histórica, estética y social a una obra en la que el amor no funciona como motivo aislado, sino como una forma de estar en el mundo. En el libro Renoir, mi padre escrito por su hijo, Jean Renoir recoge declaraciones del pintor sobre el deseo táctil y corporal de la pintura. Renoir quería que la pintura hiciera desear entrar en ella, pasear si era un paisaje, tocar si era un cuerpo. Esa pulsión presente define la modernidad feliz que hoy el Museo de Orsay vuelve a poner en escena.
Renoir y el amor. La modernidad feliz (1865-1885)
Museo de Orsay
Esplanade Valéry Giscard d'Estaing, 75007 París
Comisarios: Paul Perrin y Lucie Lachenal-Tabellet
Hasta el 19 de julio de 2026
