Me gustó tanta esta historia que le pedí a Ana Paula que escribiera sobre ella para compartirla con todos ustedes. Y ella nos cuenta:
No sé ni por qué empecé, solamente se que un día estaba comiendo tantas galletas que quise parar de alguna forma. Mi forma de parar era radical pero me iba a funcionar, no quería comer azúcar por un buen rato.
No sé qué tanto lean etiquetas y sigan los consejos de Fer pero dejar de comer azúcar es dejar de comer muchas cosas. Porque además, parte de mi decisión era no comer tampoco a los parientes más procesados del azúcar como el jarabe de maíz de alta fructuosa. Entonces eso significaba dejar de comer pan, al menos la mayoría de los panes de caja que se consiguen. Básicamente lo único que empecé a tomar era agua simple, tampoco quería recargarme mucho en los edulcorantes (aunque he de confesar que sí los comía ocasionalmente).
Empecé la primera semana sintiéndome más ligera casi inmediatamente. Al principio estaba tan motivada a mi nuevo estilo de vida que no se me antojaban los postres y dulces. Después yo no sé si me desintoxiqué o qué pasó pero seguí sin que se me antojaran. Después del año y medio que llevo he de decirles que no se me antojan para nada. ¿Ya saben esos días de mujeres en los que quieres comer chocolates y consentirte? Se me empezaron a antojar las nueces, en especial las de la india. Digamos que no he sufrido para nada el nuevo estilo de vida.
Al año (y medio) también les puedo contar que nunca había estado tan estable con mi peso. Usualmente subía y bajaba más o menos 3-4 kg, ahora me he mantenido mucho más estable (bajando 4 kg además).
Claro que la presión social no ha sido fácil, todo mundo quiere que comas algo, en especial si es "el pastel de la abuelita que le queda buenísimo". Pero ni así lo han logrado, a veces me ha dado tanta pena negarme que digo que tengo diabetes y dejan de insistir. Mis amigos y parientes cercanos se han cansado de ofrecerme postres pero yo sigo fuerte en mi decisión.
A lo mejor no todos ustedes tienen que ser tan estrictos como yo pero lo que les aseguro es que ese antojo en la tarde/noche por algo dulce, ese antojo después de comer, esas ganas de comprar chocolates, esa ansiedad por pedir la 2da pieza de pastel, han desaparecido. Al menos por ahora. Y por ahora, me siento bien. Seguramente volveré a comer azúcar e incluso he pensado que lo haré el día que se me antojé, ya pasará de nuevo.
Escrito por Fernanda Rodríguez del Peón
