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" data-attachment-id="1329" data-image-meta="{" aperture="aperture" />De nuevo, como cada año se acerca el uno de mayo. Tendemos a identificarla “solo” con una fiesta, pero aparte, hemos de recordar que es una fecha de reivindicación para toda la clase obrera.
Y las mujeres formamos parte de esa clase obrera, pese a todas las trampas y problemas que se nos han ido poniendo a lo largo de la historia, pero sobre todo a lo largo del pasado siglo XX.
Primero con el restringido acceso al mercado laboral en las mismas condiciones que los hombres. Eso todavía no se ha subsanado del todo, pese a la negociación colectiva y a la Constitución del 78.
Segundo con la dictadura fascista de Franco y su prohibición de trabajar fuera de casa, salvo honrosas excepciones, así como la imposición del llamado “salario familiar” que cobraban los hombres para que las mujeres nos quedáramos en casa siendo abnegadas madres y sumisas esposas. Recomiendo leer el libro de varios autores y coordinado por José Babiano “Del hogar a la escuela. Trabajo, género y movimiento obrero durante el franquismo”.
Las consecuencias son claras: Las mujeres más mayores, las que no pudieron trabajar por prohibición expresa, no pueden acceder a pensiones dignas y se han de “conformar” con pensiones no contributivas o, en el mejor de los casos, con la pensión de viudedad del marido que sí trabajó.
Comienza a ser normal ver a mujeres desempeñando tareas tradicionalmente masculinizadas, pero sigue habiendo un poso de resistencia a esos contratos. Suele pasar que, si hay candidatos al empleo varones, en la misma situación un hombre y una mujer, acaben contratando a los hombres. Discriminación indirecta, lo llaman, pero no deja de ser una manera en la que se sigue haciendo presente la desigualdad impuesta por el patriarcado.
La contratación a tiempo parcial sigue siendo mayoritariamente de mujeres porque se nos ha hecho creer que la “conciliación laboral y familiar” es cosa de mujeres. Pero casualmente se “olvidan” que se trata de conciliación laboral, familiar y personal. Curiosamente siempre se olvidan de la parte personal.
Otro “olvido” patriarcal es el de la carga mental que sufrimos las mujeres que afrontamos dobles y triples jornadas: la propiamente laboral, la que dedicamos a la familia y si hay personas mayores, menores o dependientes, el tiempo que dedicamos, también, a su cuidado. Esa carga mental no compartida de manera equitativa con nuestros compañeros, que siempre creen que colaboran “demasiado” o que “ayudan” en exceso, nos lleva, en demasiados casos, a tener una salud mental más frágil.
En mi familia éramos cinco hermanas y nuestro padre y nuestra madre siempre nos animaron a que fuésemos económicamente independientes, puesto que nuestra propia libertad se basaba en eso. Una libertad que nos iba a permitir estar en pareja o solas, pero pudiendo mantenernos a nosotras mismas. Lucharon y a veces se enfadaron porque de jóvenes no lo acabábamos de entender. Gracias a sus consejos y a nuestro esfuerzo, que también, hoy todas tenemos nuestras vidas encarriladas y con o sin pareja, vivimos nuestras vidas según como creamos que lo hemos de hacer en cada momento.
Tengo anécdotas de todos los colores y tamaños para contar sobre cómo el machismo más rancio, que sigue existiendo en la derecha Y EN LA IZQUIERDA, se ha ido manifestando a lo largo de los años y en todos los espacios por los que he transitado, y que afortunadamente para mí, han sido muchos.
Si dentro de la propia clase obrera se hacen distingos entre hombres y mujeres, comienza la división de clases que favorece, para variar al capitalismo más sangrante y, por tanto, al ser las mujeres el eslabón débil, somos el blanco de los ataques más machistas. Y esas cosas siguen ocurriendo hoy en día. Y no solo en los espacios laborales.
Afortunadamente para las mujeres trabajadoras, cada día hay más mujeres sindicalistas y los llamados históricamente “temas relacionados con las chicas” van ganado peso en la negociación colectiva y se van incorporando cláusulas de protección a nuestra salud.
Los avances son innegables, pero queda mucho por hacer todavía. La ventaja con la que contamos es que cada día somos más mas mujeres con conciencia feminista y que, por tanto, la lucha continuará cuando las que ya pintamos canas nos vayamos de este mundo.
Habrá “recambio” porque la desigualdad laboral entre mujeres y hombres acabará desapareciendo y la lucha habrá valido la pena, si quienes vienen detrás tienen mejores condiciones y pueden disfrutar de esa IGUALDAD PLENA.
Ben cordialment,
Teresa
