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Un western que lo tiene todo: El último atardecer

Publicado el 16 septiembre 2011 por 39escalones

Un western que lo tiene todo: El último atardecer

Tras cuatro años largos escalonados, parece mentira que nunca nos hayamos detenido en la rica y estimable filmografía de Robert Aldrich, que abarca casi cuatro décadas y que incluye títulos tan memorables como Veracruz (1954), El beso mortal (1955), ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), Doce del patíbulo (1967) o La venganza de Ulzana (1972). Aldrich, un director capaz de mezclar en la misma coctelera la acción, la violencia y la introspección psicológica de imprevisibles consecuencias, realizó en 1961 con guión de Dalton Trumbo (recién recuperado para la causa de la escritura de guiones con su propio nombre tras la caza de brujas por Stanley Kubrick el año anterior en Espartaco) un western crepuscular en el que se vierten abundantes, complejos y perturbadores elementos y perspectivas para configurar un imprescindible título de un género que en los sesenta ya empezaba a mostrar síntomas alarmantes de agotamiento en sus coordenadas tradicionales. En él destacan, a priori, dos grandes bazas: la extraordinaria labor de dirección de Aldrich, tanto en los espectaculares exteriores como, sobre todo, en las distancias cortas, a cubierto o al aire libre, y, por encima de todo, el espléndido guión de Trumbo, que va soltando con cuentagotas la información que permite al espectador ponerse en situación, y que refleja acertadamente el mapa de recovecos emocionales, a menudo contradictorios, de los personajes y de sus posturas ante los inesperados giros en los que se ven envueltos.

La premisa parece sencilla y tópica: Brendan O’Malley (Kirk Douglas), un antiguo pistolero acusado de varios asesinatos que siente tras él el aliento de un agente de la ley que le persigue, llega a un rancho de México en el que pide hospedarse por una noche. Allí lo recibe la esposa del dueño, Belle (Dorothy Malone), acompañada de Missy, su hija adolescente (Carol Lynley, y del personal del rancho, la mayor parte mexicanos retratados según el estereotipo folclórico habitual. Este cruce de destinos no tiene nada de casual, ya que pronto descubrimos que Belle y el pistolero son viejos conocidos y que arrastran cuentas pendientes que O’Malley, con su aparición, pretende saldar. El retorno del marido (fantástico, como siempre, Joseph Cotten), un borracho, antiguo oficial confederado durante la guerra civil con la conciencia no muy limpia, obliga a posponer la resolución de su drama, que cambia de rumbo cuando el vengativo sheriff Dana Stribling (Rock Hudson), que lleva tiempo tras las huellas de O’Malley y no precisamente por su abnegación en el cumplimiento del deber sino por cuentas personales que poco a poco se van desgranando en la trama, se une a ellos en el rancho. Interesado en Belle desde que la descubre, Stribling accede a retomar su antiguo oficio de capataz de ganado para guiar las vacas de Belle y su marido hasta Texas, donde esperan venderlas y liquidar el rancho, y donde O’Malley se ha ofrecido a acompañarles como vaquero con el fin de recuperar a Belle al final del viaje. Todos cuentan con que, tras cruzar Río Grande y entrar en la jurisdicción del sheriff, el enfrentamiento entre O’Malley y Stribling es inevitable, pero lo que nadie espera es que Missy se enamore del pistolero hasta el punto de desear huir con él y vivir para siempre juntos en México.

Lo más llamativo de la película es la magnífica construcción de su guión y de sus escenas, y en particular el goteo constante con el que se informa al espectador de cuestiones decisivas del argumento, herederas del pasado de los personajes, que van a tener hondas repercusiones en el desenlace del drama. Este aspecto confiere vital importancia tanto a los diálogos como al comportamiento gestual de cada personaje, sus rostros, sus modales y sus reacciones ante determinadas palabras y acciones de sus compañeros de viaje; durante buena parte del metraje son poseedores de datos que el espectador desconoce y que en el transcurso de los minutos puede ir encajando adecuadamente para descubrir nuevas dimensiones en la historia que contempla. La maestría de Trumbo en la caracterización de cada personaje y la solidez con que sabe dotar cada una de sus historias hacen que la trama se presente como una red de circunstancias abocadas, a causa de los designios del azar, a un destino ineludible, en buena parte rechazado por todos, pero única conclusión posible, inevitable. En esta historia marcada, destacan principalmente en su labor interpretativa un genial Joseph Cotten y un, como siempre, estupendo Kirk Douglas, acompañados por una correcta Dorothy Malone y un sobrio Rock Hudson, que pretende dotar a su personaje de una dureza tal que bien podría masticar piedras.

Otra de las grandes virtudes de la cinta es la capacidad de Aldrich para crear una atmósfera asfixiante, opresiva, incluso en los momentos en que la acción transcurre en fenomenales y hermosamente filmados espacios abiertos. La continua tensión, el enrarecido ambiente de rencores, odios y pretensiones contrarias crea una ola de creciente crispación que amenaza con estallar a cada instante, y que cuando es momentáneamente desactivada, sólo sirve para aumentar de tamaño, para acumular más fuerza y más odio de cara al estallido final. Curiosamente, las situaciones de acción inherentes y esperadas al viaje en el marco del Oeste, es decir, la aparición de unos individuos de dudosa reputación (interesados igualmente en tener a Belle), encabezados por el siempre carismático Jack Elam, y la amenaza constante de los indios, son meros accesorios de la historia principal, válvulas de escape que permiten por unos instantes al espectador salir del torbellino de emociones entrecruzadas entre Belle, Stribling, O’Malley y Missy, y concentrarse en tiroteos y persecuciones.

Los aspectos más débiles de la cinta son los que tienen que ver con su desenlace sentimental. La atracción entre Belle y Stribling se retrata de modo apresurado y un tanto “fácil”, más todavía teniendo en cuenta la tormenta emocional que para ella ha supuesto la reaparición de O’Malley (en un aspecto paralelo, el paso del tiempo ha hecho que cada relación romántica de Rock Hudson en sus películas, que son apariciones en plan machote, sean contempladas hoy con cierta risa floja…), mientras que Missy, a la vez que desea mostrarse ante O’Malley como una mujer madura e independiente a pesar de tener sólo 16 años, se empeña en comportarse como una niñata pedorra y cursi. Tampoco resulta completamente satisfactoria la resolución del conflicto entre Stribling y O’Malley, ya que los oscuros tintes de carácter personal que cubren al personaje de Douglas al final de la cinta hacen caer a Aldrich y Trumbo en la tentación de una apoteósica redención final igualmente caprichosa y apresurada, como una reivindicación última del personaje en una grandeza que durante el metraje ha permanecido casi todo el tiempo camuflada.

Sin embargo, las debilidades en su resolución no merman para nada el magnífico planteamiento y el ejemplar desarrollo, lleno de matices y trampas para los personajes, de una historia que incluso permite contemplar a Kirk Douglas haciendo sus pinitos cantando en español Cucurrucucú, paloma.


 


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