Revista Cultura y Ocio

Andresillo Hurtado

Por Cayetano
Andresillo Hurtado
Continuación

Válgame Dios que no está en mi ánimo mentir y que lo que cuento es la pura verdad y que si miento sea yo merecedor de los mayores suplicios de mano del diablo, allá en los infiernos. Créame si le digo que no hay mayor dolor en este mundo que el de pasar hambre. Y que, por aliviarlo,  el hombre es capaz de las peores cosas. Pues la vida es un don de nuestro Creador y por respeto a Él y a ese don hemos de luchar por mantenella, que no hay mayor pecado que abandonarse sin más en un rincón y dejar que las fuerzas vayan desfalleciendo hasta acabar pereciendo por la falta de pan. 

Y digo pan y no asaduras guisadas, ni lengua de carnero estofada, ni criadillas, ni tajadilla de hígado de puerco, manjares deliciosos todos ellos, pues no es la gula la compañera de viaje sino el hambre. Y para él, con el pan basta y sobra, que es de buenos cristianos conformarse con poco. 

Yo viví en una edad gloriosa -si bien la gloria nunca llegó a alcanzarme- que con los tiempos vino a llamarse el Siglo de Oro; pero bien parece que ni el esplendor ni el oro jamás llegaron a gentes humildes como yo, que era cosa milagrosa tropezarme alguna vez con un real, pero sí alcanzaron a nuestros reyes y validos y ministros y prelados y corregidores y hasta alguaciles, quienes pusieron a España en un lugar muy alto –tan alto que era imposible para la gente modesta llegar hasta él- y en cuyos dominios se decía que no llegaba a ponerse nunca el sol. 

Y que para mantener ese puesto entre los grandes había de gastarse el rey todos los dineros disponibles y más si cabe, endeudando la hacienda y empobreciendo cada día más a los resignados pecheros, obligados por razones de estado a pagar alcabalas o gabelas y a no comer para poder pagar… 

Y digo yo, en mis cortas entendederas, que aunque no soy bachiller y poco fui a la escuela algo me enseñó la vida, que mal anda una casa cuando se gasta más de lo que se gana y que vaca flaca que no come no puede dar leche. 

Porque gastos había, pero no para asistir a otros pobres cristianos peor tratados por la fortuna, sino para mantener el lujo y el boato de unos nobles holgazanes que vivían pavoneándose de su condición con fiestas y vestidos a la sombra de la corte, sin hacer nada a cambio, que si bien nacieron para servir al rey con las armas, antes al contrario, huían dellas como alma que lleva el diablo, que la milicia era cosa que les espantaba; pero no se privaban del pedir esto y lo otro, que parece cosa de risa que sean los que más mendigan los que más tienen, que no han menester limosna quienes ya disfrutan de bolsas llenas y mesas bien abastecidas. 

Y qué decir de clérigos y frailes, más preocupados de intrigas, mujeres y suculentas cenas, que de sermones y latines, que lo de servir al prójimo parecía moda pasada.  El caso es que como la grandeza del imperio de nuestros amos y señores no llegaba a gentes humildes y sin posibles como yo, que ya me hubiera conformado como tesoro tener en mi alforja algunos buenos trozos de pan blanco y crujiente, vime obligado por pura necesidad a mendigar por esas calles de Dios y si la caridad ajena no llegaba a remediar mis males, trocaba de oficio y de mendigo, haciendo honor a mi apellido, convertíame en un santiamén en experto rapador de bolsas. 

Vuesa merced, ha de convenir conmigo pues que cuando rugen las tripas de vacías como están, los latines, los sermones y las frases llenas de buen juicio no sirven para calmarlas, antes al contrario avivan la necesidad, pues de todos es sabido que las palabras si no se acompañan con una buena hogaza de candeal, algo de queso y un cuartillo de vino, provocan más desazón que alivio. Que como dice el refrán: “comer bien y cagar fuerte, y no haber miedo a la muerte.” 

Andresillo Hurtado
Luis Santamaría Pizarro No merecedor yo pues de ese maltrato hacia mis tripas al que me abocaban por partes iguales mi mala estrella y mis cristianos gobernantes, y ya estando algo mayor para aguantar amos más hambrientos y resabiados que yo, me decidí pues a procurarme el sustento en la calle y perderme en el bullicio de gentes y mercados en busca de fortuna, pues un menesteroso pasa más desapercibido si anda mezclado en compañía de otros como él. 

Dios me perdone, pero una vez que andaban mis pobres tripas tocando a maitines, de lo vacías y necesitadas que estaban, me acerqué sigiloso a un pobre tullido que con su mano extendida pedía por caridad una limosna, que decía no tener forma de buscarse el sustento, impedido como se encontraba. Y fue portentoso cómo, al ir a cogerle una de las tres monedas que en su regazo brillaban, se levantó como relámpago y en cuatro zancadas me atrapó por el pescuezo a la par que me decía… “¡Ah, hideputa! Buenas piernas tienes y mejores brazos para ganarte el pan, como para robar a un pobre mendigo, que Dios ha obrado el milagro de darme fuerzas para escarmentarte, que a un pobre más necesitado que tú no se le roba.” Y mientras esto me decía, me tiraba con saña de una oreja, que de no ser por un oportuno  pisotón que le propiné en un pie, sin duda se habría quedado con el trofeo en la mano.
Esto me enseñó que no hay que fiarse de las apariencias y que, dado a robar, hay que ser más raudo que centella.

Y allí, en las calles de Sevilla pude comprobar que junto a pobres de verdad, convivían codo con codo falsos mendigos; enfermos verdaderos y fingidos; tullidos de verdad y de mentira, que algunos era maravilla verlos tirar la muleta y correr como galgos cuando aparecían los alguaciles; gentes que fingían mil enfermedades con tal de despertar la compasión ajena; dolientes niños huérfanos y abandonados, muchos con su padre vigilante a veinte pasos; ancianos sin recursos junto a pícaros y rufianes de la peor calaña; gente menesterosa y pedigüeña; charlatanes y timadores; mozas del partido y mozas bravas; arrebatacapas y maleantes; jaques y valentones que tiraban de cuchillo por el menor motivo; expertos en distraer la atención y en aligerar de peso las bolsas de los desprevenidos viandantes. 

Hasta que un buen día, harto de disgustos y de esa vida llena de sustos y zozobras, temeroso sobre todo por preservar a salvo mi cuello, que no hay cosa peor que una indigestión de esparto, decidí dar un salto en mi corta pero ya azarosa vida y embarcar hacia las Indias. Probar fortuna como tantos otros que se fueron porque, como reza el dicho, el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, no se debe quejar si se le pasa. Mejorar mi suerte, enmendar mi camino. Esa era mi meta, pues más vale fortuna que caballo ni mula; pero lo malo es que junto con las buenas intenciones llevéme también de equipaje los problemas que traía desde siempre conmigo, mis “aficiones” y destrezas, mis antiguas “artes”. Cambié de lugar pero no de hábitos, así que vuelta a empezar, pues como dijo el señor don Quevedo, quien para escribir tuvo la deferencia de inspirarse en mí y en otros de similar pelaje, " fueme peor, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres." (*)  _______________________  Segunda y última parte de "Andresillo Hurtado", texto del autor de este blog al modo picaresco, inspirado en pícaros de renombre como "Rinconete y Cortadillo", "Guzmán de Alfarache", "Lazarillo de Tormes" y  "El Buscón don Pablos". Este capítulo forma parte de "En la frontera" ©, un proyecto diseñado a base de relatos de ficción con fondo histórico o real y registrado en Safe Creative (Registro de Propiedad Intelectual) 

(*) Palabras con las que se cierra la “Historia de la vida del Buscón don Pablos”, de Francisco de Quevedo.

Volver a la Portada de Logo Paperblog