Revista En Femenino

Ansiedad adolescente:

Por Coachingparamamas

Lo que nosotras llamábamos estrés y lo que está pasando hoy de verdad

Cuando teníamos quince años y nos poníamos nerviosas antes de un examen, o sentíamos ese nudo en el estómago antes de hablar con alguien que nos gustaba, los adultos de nuestro alrededor lo llamaban estrés. «Es que los niños de hoy están muy estresados», decían. Y punto. No había más diagnóstico, ni más conversación. Te tomabas un vaso de agua con azúcar, salías a jugar a la calle y al día siguiente el mundo seguía girando.

Hoy escuchamos otra palabra. Ansiedad. Y la escuchamos en todas partes: en las consultas de pediatría, en los grupos de WhatsApp de madres, en los pasillos del colegio, en la boca de nuestros propios hijos.

La pregunta que muchas nos hacemos es si estamos hablando de lo mismo con nombres distintos, o si realmente algo ha cambiado. Y la respuesta, cuando uno se pone a mirar los datos con honestidad, es que sí. Algo ha cambiado. Y no es menor.

Estrés y ansiedad: no son lo mismo

Antes de entrar en los números, vale la pena aclarar una confusión que llevamos décadas arrastrando.

El estrés es la reacción del cuerpo al peligro o a la emoción, incluso ante cosas positivas como una próxima fiesta o unas vacaciones. Hace que el cuerpo libere hormonas que pueden aumentar la presión arterial, la frecuencia cardíaca o la concentración de azúcar en la sangre. La ansiedad, en cambio, es la respuesta del cuerpo o de la mente al estrés, incluso cuando en ese momento no hay factores estresantes presentes. elDiario.es

Esa es la diferencia clave: el estrés tiene una causa visible y desaparece cuando la causa desaparece. La ansiedad persiste aunque el peligro no esté. Tu hijo puede estar tumbado en el sofá un domingo sin nada pendiente y sentir que algo malo va a pasar. Sin motivo concreto. Sin examen mañana. Sin conflicto con nadie. Eso no es estrés. Es ansiedad.

Lo que nosotras vivíamos en los años ochenta y noventa era mayoritariamente estrés situacional: nervios antes del examen, tensión por una discusión con amigas, agobio cuando había mucho trabajo escolar acumulado. Estímulo, respuesta, fin. Los adolescentes de hoy viven algo más permanente, más difuso, más difícil de apagar porque no tiene un interruptor claro.

Los números que no se pueden ignorar

Podríamos pensar que simplemente hablamos más de salud mental que antes, que la palabra ansiedad está más normalizada y por eso parece que hay más casos. Hay algo de verdad en eso. Pero los datos van mucho más allá de una cuestión de visibilidad.

La salud mental de la población más joven se está deteriorando con el tiempo hasta alcanzar cifras preocupantes. Más de 30 millones de niños, niñas y adolescentes de hasta 19 años presentan algún tipo de trastorno mental en la Región Europea, según el informe de la Organización Mundial de la Salud sobre salud mental infantil y juvenil publicado recientemente. Los trastornos de ansiedad prácticamente se han duplicado, pasando de afectar a poco más del 3,5% de esta población en el año 2000 a más del 7% en 2023. SEGIB

Duplicarse en poco más de veinte años no es un cambio de terminología. Es un cambio real.

En España los datos son igual de reveladores. El estudio PSICE, que analizó las tasas de prevalencia de dificultades emocionales en adolescentes escolarizados en España, encontró que el 26% de la población adolescente presentaba síntomas de depresión moderada y el 6% ansiedad grave y extremadamente grave. Uno de cada cuatro adolescentes en las aulas españolas con síntomas depresivos moderados. Eso no es estrés de siempre. Es una emergencia silenciosa. SciELO

Y cuando se cruzan los datos por género, la brecha es llamativa. El 17,8% de los adolescentes presenta niveles de ansiedad grave, un porcentaje que además varía significativamente según el género, siendo las chicas las que reportan niveles más elevados. Infobae

¿Por qué ahora es diferente?

La pregunta legítima es: ¿qué ha cambiado? Porque los adolescentes siempre han tenido exámenes, conflictos con amigos, inseguridades con el cuerpo, tensión familiar. Eso no es nuevo.

Lo que sí es nuevo es la acumulación y la permanencia de los estímulos de estrés. Los adolescentes de hoy están sometidos a mucha más presión en todos los aspectos de su vida: comenzando por el uso de móviles y tabletas desde edades muy tempranas, la comparación constante en las redes sociales con impacto en la imagen y la autoestima, las exigencias educativas cada vez mayores con gran ansiedad a ser juzgado, y una sobreprotección que en algunos casos desarrolla miedo al fracaso. Escola Salut SJD

Nosotras teníamos problemas con las amigas del cole y cuando llegábamos a casa se terminaba el problema, al menos hasta el día siguiente. Nuestros hijos llevan el problema en el bolsillo. Las redes sociales no desconectan. El grupo de clase sigue activo a las once de la noche. La comparación social no para cuando se apaga la televisión. Es un goteo continuo de estímulos que el cerebro adolescente, que ya tiene los frenos en construcción, no sabe cómo gestionar.

A eso se suma una capa más reciente. La adolescencia es una etapa evolutiva llena de cambios físicos, emocionales y sociales en la que los jóvenes se enfrentan a una serie de desafíos que pueden resultar estresantes. Cuando ese estrés se vuelve crónico puede desarrollar en el adolescente problemas relacionados con la salud mental, incluyendo síntomas ansiosos, obsesivos y depresivos. Cuatro

Y el estrés crónico, ese que no tiene interruptor, es exactamente lo que muchos adolescentes están viviendo hoy.

¿Más casos reales o más visibilidad?

Esta es una pregunta honesta que merece una respuesta honesta.

Es verdad que hoy hablamos más de salud mental que en los años ochenta. Que el estigma ha bajado. Que hay más recursos, más información, más madres que llevan a sus hijos al psicólogo sin sentir que eso significa que han fracasado como padres. Todo eso es progreso real.

Pero también es verdad que los datos muestran un aumento que va más allá de la mayor visibilidad. Uno de cada siete adolescentes europeos presenta un trastorno de salud mental diagnosticable, y los sistemas actuales no están respondiendo adecuadamente a las necesidades de esta población, evidenciando profundas brechas en la disponibilidad de servicios. Hay un psiquiatra infantil por cada 76.000 niños y adolescentes en la región europea. Eso no es un sistema preparado para una mayor visibilidad. Es un sistema desbordado por una realidad que ha crecido más rápido que los recursos. SEGIB

Son las dos cosas a la vez: más casos reales y más conciencia de ellos. Y ambas son importantes.

Lo que podemos hacer: salir, estar y desconectar juntos

Ansiedad adolescente:

Con todo esto sobre la mesa, la pregunta práctica es la de siempre: ¿y nosotras qué hacemos?

La respuesta más honesta es que no hay una solución única. Pero hay una que los estudios repiten una y otra vez, que cuesta poco dinero, que no requiere preparación especial y que muchas familias tienen más cerca de lo que creen: salir al aire libre juntos.

La Organización Mundial de la Salud ha publicado los resultados de un informe que deja claro que pasar tiempo en la naturaleza mejora el estado de ánimo, el enfoque vital y la salud mental de niños, adolescentes y adultos. Y en esa idea de naturaleza se incluyen también las zonas urbanas y periurbanas que tengamos más cerca de casa. UNIR

No hace falta esperar al verano. No hace falta reservar una casa rural ni organizar una escapada de fin de semana. La actividad física al aire libre favorece la producción de neurotransmisores como la serotonina y las endorfinas, compuestos que se asocian con un estado de ánimo positivo y que contribuyen a reducir la ansiedad. Un paseo de cuarenta minutos por un parque un miércoles por la tarde hace algo químicamente real en el cerebro de tu hijo.

Un estudio realizado en el Reino Unido con niños y adolescentes reveló que la actividad física al aire libre ofrece ventajas cognitivas y psicológicas superiores frente al ejercicio en interiores, mejorando la atención, la memoria y el estado de ánimo. El entorno natural no es un escenario pasivo. Es parte activa del beneficio.

Ideas concretas para entre semana, sin presupuesto y sin preparación

Porque el problema con los consejos de crianza es que muchas veces asumen que tienes tiempo libre, dinero disponible y un hijo dispuesto a cooperar. La realidad es otra. Aquí van ideas que funcionan en una vida real, entre semana, sin necesidad de que llegue el verano.

El paseo sin destino. Después de cenar, diez o veinte minutos andando por el barrio. Sin móvil. Sin objetivo. Solo caminar y hablar, o no hablar. La ausencia de pantalla y el movimiento hacen el trabajo.

El parque de entre semana. No es solo para los fines de semana. Un miércoles en el parque más cercano, aunque sea una hora, rompe el ciclo casa-cole-pantalla que se instala como rutina.

La compra al mercado o al mercadillo. Una actividad tan cotidiana como hacer la compra en un mercado al aire libre tiene algo de reconexión con lo real, con los colores, los olores, el contacto con otras personas. Tu hijo puede elegir algo. Puede opinar. Puede sentirse útil.

La bicicleta o el patinete sin destino fijo. Muchas ciudades tienen carriles bici o zonas peatonales. Montar en bici juntos sin tener que llegar a ningún sitio en concreto es una forma de estar que no parece «plan de familia» y por eso no genera resistencia.

El picnic improvisado. Una tarde en el parque con algo de comer. No hace falta más. Muchas veces no es necesario gastar ni ir muy lejos para realizar este tipo de actividades, y estas experiencias se convierten en recuerdos que perduran toda la vida.

El ritual semanal pequeño. Un helado después del cole los viernes. Una caminata los domingos por la mañana antes de que el día se llene de obligaciones. Los rituales pequeños y constantes construyen más vínculo que los grandes planes esporádicos.

Por qué el tiempo juntos importa más de lo que parece

Puede sonar a tópico, pero tiene base científica. El tiempo de calidad en familia, especialmente en entornos naturales y sin pantallas, actúa como un regulador emocional para los adolescentes. No porque resuelva sus problemas, sino porque les recuerda que hay un mundo fuera de la pantalla, que tienen personas a su lado, que el presente puede ser físico y real.

El entorno del adolescente puede contribuir a que desarrolle un trastorno de ansiedad, y tomar medidas para mejorar ese entorno es tan importante como explorar las opciones de tratamiento. Entre las medidas recomendadas por los especialistas: asegurarse de que duerme suficiente, la actividad física y los hábitos saludables. elDiario.es

Pero hay algo que ningún estudio necesita demostrar porque lo sabemos de manera instintiva: un adolescente que siente que tiene a sus padres presentes, disponibles, sin prisa, sin móvil en la mano, en un espacio donde no hay nada que hacer excepto estar juntos, es un adolescente que tiene un ancla. Y ese ancla no elimina la ansiedad, pero sí le da herramientas para no perderse en ella.

Una última cosa

No somos la generación que inventó el estrés adolescente. Pero sí somos la primera generación de madres que cría en un mundo donde la pantalla compite con nosotras por la atención de nuestros hijos las veinticuatro horas del día.

Eso nos pone en una posición nueva, sin mucho manual de instrucciones. Pero también nos da algo que ninguna generación anterior tuvo tan claro: sabemos que el tiempo fuera, juntos, desconectados, importa. La ciencia lo confirma. Y nuestra intuición de madres también.

No hacen falta grandes planes. Hace falta constancia en los pequeños.

¿Notas en tu hijo signos de ansiedad que van más allá del estrés normal de la edad? ¿Habéis encontrado algún ritual familiar que os ayuda a desconectar juntos? Cuéntamelo en los comentarios. Adriana y yo leemos todo.

La entrada Ansiedad adolescente: se publicó primero en Coaching para Mamás.

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