
La carne roja se ha clasificado como probablemente carcinógeno para los humanos (Grupo 2A) y la carne procesada como carcinógena para los humanos (Grupo 1). En este Grupo 1 también se encuentran clasificados el tabaco y el amianto. Esto no quiere decir que la carne procesada sea tan cancerígena como el tabaco o el amianto; el CIC la clasifica en este grupo no porque el riesgo de su consumo sea igual que el de fumar, sino porque hay una evidencia clara de que la carne procesada es un agente cancerígeno.Pero bien, a qué nos referimos cuando hablamos de carne roja y de carne procesada. Cuando hablamos de carne roja nos referimos al tejido muscular de los mamíferos, ternera, vaca, cerdo cordero, caballo o cabra. La carne procesada incluye toda aquella que ha sido sometida a un proceso de salazón, ahumado, curado, fermentación o cualquier otro destinado a su mejor conservación. Suelen tener mezcla de carnes y también vísceras y otros subproductos como la sangre.

Reducir el consumo de carne roja y de carne procesada no es algo nuevo, ya en año 2002 la OMS recomendó limitar su consumo por su elevado contenido en grasa y en sodio, principalmente en la carne procesada, para evitar enfermedades cardiovasculares y obesidad.

No se puede negar la evidencia, estamos hablando de un estudio serio que se ha llevado a cabo por el incremento del consumo de estos productos a nivel mundial. Como resulta obvio, la dosis hace al veneno. La carne roja es un alimento altamente nutritivo que no deberíamos eliminar de nuestra dieta siempre y cuando la consumamos con moderación. Las recomendaciones dietéticas al respecto son de dos raciones de carne roja a la semana. Con respecto a la carne procesada, su consumo debe ser más limitado y debería ser solo ocasional, no formar parte ni mucho menos de nuestra dieta diaria.
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