Revista Arte

Constable y Turner, rivalidad en el paisaje

Por Alejandra De Argos @ArgosDe

La Tate Britain reúne por primera vez en una gran exposición conjunta a los dos gigantes del paisajismo romántico inglés: John Constable y J.M.W. Turner, rivales y admiradores mutuos cuya rivalidad en las salas de la Royal Academy definió la pintura de paisaje del siglo XIX. Una muestra imprescindible para entender cómo dos visiones opuestas del mundo natural alumbraron la modernidad.

Es posible que la Exposición de verano de la Royal Academy (Londres) de 1831 fuera parte del plan de John Constable (1776–1837) para que su obra se enfrentara a la de Joseph Mallord William Turner (1775–1851). La comparación entre ambos fue descrita como un choque entre “fuego y agua”, contribuyendo a la idea de que los pintores eran opuestos. Turner arrollaba con la calidez y la bruma del sol italiano, mientras Constable interpretaba Suffolk en la gama de colores fríos que admiraba en la pintura holandesa y que le resultaba más adecuada para representar el clima británico, tan húmedo y cambiante, que parecía contener “las cuatro estaciones en un solo día”.

Las obras en cuestión eran El palacio de Calígula de Turner y La catedral de Salisbury de Constable que conceptualmente tienen mucho en común. La obra de Turner hace referencia a la arrogancia del emperador romano Calígula y la de Constable a la antigüedad del cristianismo en Gran Bretaña y así ambas aluden al pasado para hablar de un presente sumido en la incertidumbre y al borde de un cambio trascendental. El panorama político de 1831 era inestable: la revolución volvía a extenderse por Europa y la presión para que se llevaran a cabo reformas políticas en Gran Bretaña aumentaba. Los pintores habían escogido los fenómenos atmosféricos como mensajes metafóricos: el sol de Turner simbolizaba el auge y la caída del imperio y el arco iris sobre la catedral de Salisbury de Constable, la esperanza tras la tormenta política.

Turner había bañado el cuadro en amarillo cromo, su color favorito, y fue elogiado por los críticos por su atmósfera «mágica». Constable envolvió su cuadro más ambicioso hasta la fecha con el eco del valle de Stour y sus nubes, hojas húmedas y cortezas de árboles que parecen auténticos. La técnica no era aquí una simple herramienta, sino la encargada de insuflar vida y las texturas ásperas o rugosas y las pinceladas gruesas lo volvían todo tangible.

El Palacio de Calígula de Turner y La catedral de Salisbury de Constable (1831)

En unas exposiciones abarrotadas de gente, el gran tamaño de los lienzos aseguraba su visibilidad, pero también suponía la reafirmación del paisaje como género importante. Las pinturas de antiguos maestros de formato amplio eran el orgullo de las grandes colecciones cuando Turner y Constable comenzaban sus carreras.

La catedral de Salisbury desde los prados (1831)

John Constable, La catedral de Salisbury desde los prados (1831). Tate Britain, Londres.

La exposición de la Tate Britain de este invierno se organiza con motivo del 250 aniversario del nacimiento de Turner y Constable. Ya en su época habían sido comparados, pero ésta es la primera gran muestra que analiza conjuntamente a los dos paisajistas más famosos de Gran Bretaña. La Tate custodia un conjunto notable de casi 300 óleos y alrededor de 37.000 bocetos y acuarelas legados a la nación por Turner. Y la obra de Constable, cedida por su hija Isabel en 1888, se conserva en su mayor parte en el Victoria and Albert Museum.

Turner sobrevivió a Constable catorce años y su carrera se extendió hasta la época victoriana, pero ambos fueron criticados por las innovaciones introducidas en la pintura paisajística. Durante la mayor parte de su vida Constable se sintió eclipsado por Turner cuyos paisajes le otorgaron fama rápidamente. A los 27 años y con una lista de encargos difícil de atender, se convertía en académico de pleno derecho, un título que Constable no conseguiría hasta los 53 años.

Las casas de sus infancias evidencian su procedencia diferente. Turner era un chico de ciudad, criado en la barbería de su padre en Covent Garden, el corazón comercial de Londres. Constable, por su parte, había nacido en la campiña de East Anglia y la fortuna de su familia le permitió vivir cómodamente, fue padre de siete hijos y en 1828 se quedó a cargo de ellos tras la precipitada muerte de María, su mujer. Turner sólo tuvo dos hijas.

¿Qué era entonces lo que les hacía tan diferentes? El proyecto de esta exposición surgió del deseo de explorar lo que sucede cuando se muestra juntos a Turner y Constable. El primer punto de conexión entre ambos reside en su temprana dedicación al género del paisaje. Como estudiantes de la Royal Academy no recibieron formación en este género y, aunque pudieron fijarse en los paisajes de Richard Wilson y Thomas Gainsborough, su formación académica se centraba en el dibujo del natural, una habilidad necesaria para las grandes pinturas de Historia, tan valoradas por la Academia. Sin embargo, en el mercado del arte, el paisaje estaba de moda. Reflejaba la colonización, la urbanización, la guerra, la industrialización o la agitación política, unos cambios que daban forma al mundo en el que Turner y Constable vivían. Ambos reinventaron y elevaron el rango de la pintura paisajística y sentaron las bases de un legado que despegaría con el Impresionismo.

Una de las diferencias más evidentes entre los artistas fue el alcance geográfico de su temática. La innovación de Constable venía de su dedicación a la zona del río Stour y su ambición por pintar ese tipo de escenas. Nadie antes que él lo había hecho a una escala tan grande ni con un estilo en el que primaba la expresión de la atmósfera: la brisa, la frescura o la luz. Nunca salió del país, sus viajes estaban sólo condicionados por cuestiones prácticas: Dorset o Salisbury para visitar a su amigo John Fisher, Brighton cuando la enfermedad de su mujer hacía necesario el aire del mar o de Suffolk a su base profesional en Londres. Viajar como inspiración no entraba en sus planes. Prefería ser un “artista casero”, como los maestros holandeses del siglo XVII a los que admiraba, y se centró en su tierra natal y en sus paisajes que adquirían significado a través de las pequeñas cosas y la familiaridad cotidiana. «Nací para pintar mi querida Inglaterra», decía mientras aseguraba que la mejor vista de Europa era la que veía del centro de Londres desde su salón en Hampstead.

El valle de Dedham (1828)

John Constable, El valle de Dedham (1828). Scottish National Gallery, Edinburgh.

Por el contrario, el primer contacto de Turner como estudiante de la Royal Academy con el mundo clásico fue a través de los moldes de las estatuas antiguas. En la jerarquía artística que le enseñaban, el género más valorado era la pintura de Historia. Sin embargo, quiso seguir a los artistas dedicados al paisaje, sobre todo a Claude de Lorrain, cuyos cuadros podían verse con facilidad en algunas colecciones británicas. Sin embargo, los viajes eran los que inspiraban sus paisajes. Las hostilidades entre Gran Bretaña y Francia le habían impedido ir a Europa durante gran parte de su carrera, pero la Paz de Amiens (1802) detuvo temporalmente las guerras napoleónicas permitiéndole visitar Francia y Suiza. A los 44 años conoció finalmente Italia cuya luz invadió sus cuadros de aquella época, que poseen la cualidad de contener el color y la belleza italianos.

También era distinto entre ellos el proceso para registrar cuanto veían. Turner siempre llevaba consigo un cuaderno de bocetos y prefería los dibujos a lápiz. El uso ocasional del color en el campo queda patente en su cuaderno salpicado por la lluvia y en las acuarelas que realizó en sus viajes a Venecia o Margate. Sin embargo Constable, preocupado por la autenticidad del efecto de la luz y el color, preferiría dibujar al aire libre. Sus bocetos captados del natural tenían gran prestigio y, aunque no era el único artista que practicaba esta costumbre, desarrolló una obsesión casi enfermiza por esta práctica que le llevó a recrear algunos de los ejemplos más célebres del paisaje británico.

Tormenta de nieve: un barco de vapor frente a la entrada de un puerto (h. 1842)

J.M.W. Turner, Tormenta de nieve: un barco de vapor frente a la entrada de un puerto (h. 1842). Tate Britain, Londres.

La contaminación atmosférica causada por la industrialización influyó en el desarrollo del estilo desmaterializado de la etapa tardía de Turner. Al artista le interesaban los efectos visuales del vapor y sus emanaciones humeantes, que favorecían la disolución de la forma y tenían como resultado un estilo cada vez más aéreo. “Parece pintar con vapor teñido, tan evanescente y etéreo», dijo Constable en 1836.

Los arcoíris, símbolo de transitoriedad, de mutabilidad y esperanza, proliferan en la obra tardía de Constable. Le gustaban especialmente los arcoíris dobles, como los que pintó en Hampstead o Stonehenge. Turner y Constable habían asimilado el consejo de Sir Joshua Reynolds, primer presidente de la Royal Academy: “Estudiad la naturaleza con atención, pero siempre en compañía de esos maestros; consideradlos modelos a imitar y, al mismo tiempo, rivales con los que competir.” Turner fue apodado el «Claude moderno» y a Constable se le comparó con Jacob van Ruisdael, el pintor holandés que tanto admiraba.

Turner y Constable, rivales y originales
Tate Britain
Millbank, London SW1P 4RG
Comisaria: Amy Concannon
Hasta el 12 de abril

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