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Contemplando a Lincoln

Publicado el 14 febrero 2013 por Nestor74
Contemplando a Lincoln
Enero de 1865. Abraham Lincoln ha conseguido que la Decimotercera Enmienda a la Constitución haya pasado la aprobación del Senado pero le sigue faltando el consenso en la Cámara de Representantes para que pueda ser definitivamente promulgada. La abolición total de la esclavitud es el objetivo que quiere lograr antes de la finalización de la Guerra Civil puesto que una aprobación posterior podría acarrear problemas en la reconstrucción del país. Pero ¿cómo podrá conseguirlo ante un panorama político tan desfavorecedor? Por una parte, la oposición del Partido Demócrata a la enmienda parece muy firme. Y en las filas Republicanas, tampoco existe una unión total entre las diferentes facciones ya que el sector más moderado prioriza la paz con los Confederados mientras que los radicales, liderados por Thaddeus Stevens, no aceptarán contraprestaciones a los estados secesionistas por llevar hacia adelante la enmienda.
La nueva película de Steven Spielberg sitúa la acción en ese momento y nos convierte en espectadores de excepción de un momento histórico de gran relevancia. Asistimos a las maniobras políticas de todo tipo, las legales y las que no lo son tanto, y comprendemos que, en ocasiones, para lograr un bien mayor hay que adoptar algunas medidas moralmente cuestionables.
La proclamación de emancipación, que Lincoln había hecho pública en 1863, no tenía valor jurídico alguno. Por contra, podía interpretarse como una declaración en tiempos de guerra. Una carta de intenciones que respondería más a una imposición presidencial que a un documento legislativo refrendado. Ante un final de la guerra cada vez más cercano, resultaba esencial la obtención de una ley que consagrara la abolición de la esclavitud a nivel efectivo para todo el territorio y que, por consiguiente, fuera irrevocable en el futuro. Una enmienda a la Constitución era la iniciativa legislativa más potente que se podía conseguir y allí reside el objetivo fundamental de Abraham Lincoln. Un acto que, con su aprobación final, dio sentido a una Presidencia que tuvo el valor de afrontar un conflicto, desgarrador para el país, pero que rompió con un equilibrio falso de conveniencia que había durado casi 100 años. Un esquema en el que debía consentirse que una parte del país siguiera perpetuando una institución opresiva e injusta que conculcaba los ideales de la propia Declaración de Independencia y la subsiguiente Constitución, promovida por los padres fundadores en el siglo XVIII.
Sobre este tema de clara trascendencia histórica y política os emplazo a un artículo que escribí hace un tiempo sobre los valores de la Presidencia de Lincoln. Ahora, paso a centrarme exclusivamente en la valoración de la magna película de Steven Spielberg.
Creo que el gran valor del film recientemente estrenado reside en que se nos cuenta esta historia desde todos los ángulos posibles y con matices muy relevantes. No estamos ante una hagiografía y tampoco ante un repaso general de la trayectoria de Lincoln. El film arranca a principios de enero de 1865 y concluye en abril del mismo año. Y la mayor parte del metraje se centra en el decisivo mes de negociaciones y trapicheos que permitió conseguir el voto favorable de la Cámara de Representantes a la proclama de abolición de la esclavitud. La figura del Presidente más importante en la historia de los Estados Unidos se nos presenta en todas sus dimensiones, en la faceta más pública y también en la más íntima y familiar. La extraordinaria interpretación de Daniel Day Lewis nos acerca a un hombre de naturaleza honesta pero que no dudará en utilizar cualquier método que esté a su alcance para lograr sus objetivos. La Democracia es el mejor de los sistemas políticos pero no es perfecto. Lincoln nos enseña que para jugar en ese teatro de operaciones hay que tomar decisiones difíciles y en ocasiones controvertidas. Pero lo que debe contar es el objetivo final siempre y cuando las medidas tomadas no revistan una gravedad significativa o delictiva.
En este sentido, observar como alguien tan honesto e íntegro como Lincoln se ve obligado a recurrir a unos negociadores fariseos para conseguir votos de congresistas a cambio de favores en forma de cargos para la nueva administración, es algo que honra a la película. Y ver como Spielberg es capaz de equilibrarlo con la expresión de la voluntad de Lincoln a través de la fortaleza de sus razonamientos, resulta encomiable.
El director concibe una cinta con poca grandilocuencia visual. Apenas hay imágenes bélicas, todo es mucho más sugerido. Es como un susurro constante en forma de noticias que hacen mella y afectan a un Presidente que parece llevar físicamente el peso de una guerra cruenta. Pero Lincoln sigue mostrando su determinación y asume ese peso como parte del enorme compromiso que asumió al jurar el cargo. Lo que otros no hicieron antes por falta de valor y coraje político, lo asume él para poner fin a un problema que parecía irresoluble.
Por tanto, estamos ante una película muy intimista, de espacios interiores, donde la palabra, la reflexión, y la contraposición de argumentos son la clave dominante. Se nos muestra, además, la dimensión familiar del personaje: la especial relación con su hijo "Tad" (inmortalizada en numerosas fotografías), el pasado de inestabilidad mental de la primera dama, Mary Todd (una espléndida Sally Field), los recuerdos de la trágica y precipitada muerte de William (con sólo 11 años)  y el drama que eso representó, y el carácter más irreverente del primogénito, Robert (Joseph Gordon-Levitt).

Spielberg recoge el tono y la brillantez del guión escrito por el prestigioso dramaturgo Tony Kushner y reconstruye una época de forma encomiable pero lo hace sin efectismos. La épica la desarrolla a través de las palabras pronunciadas por Lincoln, Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones), y algunos otros congresistas en las extraordinarias escenas que tienen lugar en sede parlamentaria.
Encuentra, además, en las escenas acaecidas en la Cámara de Representantes una posibilidad de introducir notas de humor sutiles y elegantes que contribuyen a que el espectador disfrute aún más de una experiencia imprescindible. Hay un momento, durante la fase final de la aprobación de la enmienda, donde lo que presenciamos llega a tocar la fibra más sensible del espíritu humano. Además, resulta enormemente valioso el visualizar que, en un momento de tan alta  trascendencia para un Presidente, éste se encuentra a la espera en la Casa Blanca mientras juega con su hijo o reflexiona en soledad. Se refleja, en ese instante, el aislamiento del poder más absoluto porque como él mismo dice en un pasaje de la película: "Soy Presidente, investido de un poder inmenso!!". Y eso, siendo cierto, conlleva también la soledad en la toma de decisiones de gran relevancia.
Una figura política, pues, de amplia repercusión y que también es capaz de demostrar que a la determinación se le debe unir la autoridad. Se refleja su figura como un hombre dialogante pero también le vemos llamando al orden a sus más próximos colaboradores. Porque sino hay autoridad y firmeza en las posiciones, no se puede progresar ni tampoco lograr los objetivos propuestos. En eso el film también acierta. El siguiente párrafo del guión es clarificador en este caso.
"Say there's no amendment abolishing slavery. Say it's after the war, and I can no longer use my war powers to just ignore the courts' decisions, like I sometimes felt I had to do. Might those people I freed be ordered back into slavery? That's why I'd like to get the Thirteenth Amendment through the House, and on its way to ratification by the states, wrap the whole slavery thing up, forever and aye. As soon as I'm able. Now. End of this month. And I'd like you to stand behind me. Like my cabinet's most always done." 
La emotividad y complicidad que desprende la película me sedujo desde el primer momento. Y, sin lugar a dudas, me parece uno de los mejores dramas históricos jamás realizados. Sólo tengo una objeción. Creo que debió finalizar el argumento antes del asesinato en el Teatro Ford. Hay un plano en la película, absolutamente maravilloso, en que vemos al Presidente de espaldas mientras avanza hacia su destino, durante la misma noche en que fue tiroteado por John Wilkes Booth. Esa imagen, saliendo de la Casa Blanca, era para mi el final de la película. Me parece que lo sucedido después ya no era necesario para el propósito del film aunque también comprendo que se quiera cerrar la historia con la finalización de la guerra (escena de la rendición en Appomattox incluida) para darle una conclusión más completa.

Desgraciadamente, Lincoln no pudo estar al frente del país en la reconstrucción. Y sus ideales de conciliación y de mano tendida a los estados sureños se vieron claramente vulnerados por sucesivas administraciones en las que primó el castigo brutal a los rebeldes. Algo que provocó un enquistamiento en los problemas sociales y el advenimiento de un fervor segregacionista que se prolongó durante cien años. Pero eso es parte de la naturaleza de las personas que hacen historia y las muestras de ello han estado presentes a lo largo de toda nuestra trayectoria en el mundo.
En conclusión, estamos ante una película contundente, profunda, conmovedora, y capaz de remover la conciencia del espectador. La figura más reverenciada de la historia política estadounidense vuelve a demostrar su valía para el séptimo arte.
Resulta interesante complementar su visionado con el de otro film estrenado hace algo más de un año y cuyo título es La Conspiración. Robert Redford dirigió esta cinta que transcurre justo después del final de Lincoln. Creo que, con estas dos propuestas, tenemos un díptico muy interesante que reconstruye una época apasionante y enormemente trascendente.

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