Revista Cine

Dos perlas de John Huston (I): El último de la lista

Publicado el 10 enero 2012 por 39escalones

Se advierte de que este comentario incluye apreciaciones que pueden influir en el grado final de disfrute por parte del espectador que nunca haya visto la película. Por ello, se avisa a los lectores de que, según su gusto por conocer o no de antemano algunos aspectos de la misma, puede resultar recomendable que omitan leer el texto, bien en su totalidad hasta haber visto la película, bien a partir del penúltimo párrafo si desean conocer a grandes rasgos la trama y lo que en ella acontece pero no que se les desvele del todo lo que puede encontarse en su metraje. Sin embargo, como el conocimiento de estos detalles puede constituir igualmente una razón válida y legítima, un incentivo, un aliciente para la pronta localización y visionado de la cinta, se deja a la valoración del lector la conveniencia o no de su lectura íntegra.

Dos perlas de John Huston (I): El último de la lista

Dentro de ese subgénero del cine criminal que se entrega directamente a la presentación al espectador de un juego de ingenio, secretos, misterios y averiguaciones del que él mismo forma parte, destaca en las memorias cinéfilas esta semi-escondida película del gran John Huston, El último de la lista (The list of Adrian Messenger, 1963), cuyo reparto, consultado en cualquier ficha técnica por quien no conozca nada de la película, quita el hipo: Kirk Douglas, Burt Lancaster, Tony Curtis, Frank Sinatra, Robert Mitchum, George C. Scott, Clive Brook, Gladys Cooper… Y ahí es justamente donde empieza el juego, porque el espectador conocedor de la sinopsis argumental aguarda con excitación el momento de ver a tanta estrella masculina del panorama hollywoodiense compartiendo planos, escenas, secuencias, diálogos, momentos de acción y suspense, pero… Los minutos van pasando, y sólo se ve en pantalla a los presuntos actores secundarios… ¿Qué está pasando?

La premisa del filme es criminal: la película se abre con un misterioso hombre que manipula un ascensor para que su próximo ocupante sufra un accidente mortal. Una vez consumado el asesinato, este hombre, de rostro agrietado, casi acartonado, tacha su nombre de una lista que posee un buen número de líneas, la mayoría ya rayadas pero con otras pocas aún pendientes de tachar. El siguiente paso, cómo no, es un nuevo tachón, Adrian Messenger (John Merivale), para cuya eliminación un aparentemente amable pastor o sacerdote no duda en subir a bordo de un avión la bomba que acabará con él y de paso con el resto de la tripulación y los pasajeros. Sin embargo, mientras su nombre es tachado de la lista, Messenger, todavía moribundo, sostenido sobre los restos del avión en el océano, recita una extraña e imprecisa salmodia de frases en primera instancia incoherentes al otro único superviviente de la explosión, Raoul Le Borg (Jacques Roux). Se da la circunstancia de que Messenger había pedido con antelación a un buen amigo suyo, Anthony Gethryn (George C. Scott), de los servicios de seguridad británicos, que investigara una curiosa lista de nombres unidos por una característica común: su extraña muerte por causas accidentales en un breve periodo de tiempo; una lista coincidente con esa en la que el espectador ve tachar uno tras otro los nombres de los fallecidos… Gethryn y Le Borg, casualmente un antiguo amigo suyo de la época de la Segunda Guerra Mundial, se lanzan a investigar el caso mientras cuidan de la viuda de uno de los asesinados, lady Jocelyn Bruttenholm (Dana Wynter). Sus investigaciones, tras la oportuna desorientación, encuentran un denominador común entre los miembros de esa lista siniestra: la Birmania de la Segunda Guerra Mundial. A partir de eso momento, el cerco se va estrechando poco a poco en los distintos asesinos, esos misteriosos personajes que, todos diferentes pero todos con un catálogo de gestos, ademanes y rasgos comunes, no son otra cosa que la fachada tras la que se oculta un maestro del disfraz (Kirk Douglas).

John Huston dirige con solvencia este divertimento construido sobre la persecución por parte de dos detectives de un asesino cuya identidad no sólo es desconocida sino que es capaz de mutar prácticamente a su antojo con el fin de cometer sus crímenes.   La investigación, por tanto, no sólo consiste en el habitual whodunit típico de las novelas de Agatha Christie, sino también en contrarrestar la amenaza que se cierne sobre los investigadores o quienes les ayudan, víctimas potenciales de un asesino que puede esconderse tras el rostro de cualquiera. Dirigida con buen pulso, manejando distintos escenarios británicos tratados con realismo (desde las comodidades de los acaudalados miembros de la aristocracia a los despachos de los servicios de seguridad, pasando por los bajos fondos, las tiendas de comestibles o las calles más deprimidas de la ciudad), estupendamente fotografiada en blanco y negro, con una partitura estimable de Jerry Goldsmith, y sustentada en un guión de todo un experto, Anthony Veiller (en su haber, un buen puñado de películas con Huston, como Moulin Rouge -la buena-, La burla del diablo o La noche de la iguana, pero también magníficas películas negras como El extraño, de Orson Welles, o Forajidos, de Robert Siodmak, ambas de 1946), la película va desplegando su juego en dos partes: la primera, hasta que el asesino se revela al espectador desvelando una de sus máscaras ante el espejo, minutos durante las cuales estamos hablando de un whodunit puro; la segunda, una vez descubierto el nexo común entre los asesinados, consiste en la persecución del sospechoso y la averiguación del móvil de los crímenes y de su interés último, y en impedir el éxito final del matarife en su complicada obra de orfebrería homicida. En esta segunda parte, la más extensa, los detectives van apenas un paso por detrás del asesino, hasta que, en la parte final, una vez conocida su identidad y su rostro, se establece un juego de ingenios, una persecución del ratón y el gato (con todos un poco ratones y un poco gatos) hasta el impactante final en la mansión campestre durante la cacería del zorro (contra la que protestan algunos lugareños, en especial una vieja corpulenta de nariz enorme y ojos aviesos…). O uno de los dos impactantes finales, porque esta película tiene dos.

Y éstos son el de la trama en sí misma y el descubrimiento de quién se oculta tras esas caras arrugadas y acartonadas que, al modo de las máscaras ideadas por el asesino, han aparecido incorporando a un pintoresco grupo de personajes secundarios aparentemente sin importancia. Ahí es donde Huston y los participantes de esta diversión demuestran habérselo pasado en grande: Curtis, Mitchum, Lancaster, Sinatra y Douglas saludan a cámara confesando su gustosa participación junto a Huston (en lo que da la impresión de ser una piña de amigotes que han disfrutado de lo lindo tomando el pelo al espectador) en esta broma de apenas hora y media de duración que enlaza las clásicas historias de crímenes británicas con esos puzles de misterio, intriga, suspense y descubrimiento del criminal con sorpresa incluida. Un momento delicioso para el cinéfilo.

Una película muy disfrutable tanto por la propia historia como por los retos lanzados al espectador, que compensa la debilidad e inconsistencia de su pretexto (o MacGuffin, al modo hitchcockiano) con el encanto que destila, las excelentes caracterizaciones de Douglas, la habitual desenvoltura interpretativa de Scott y, por encima de todo, la sensación de que se está asistiendo al resultado de un pacto entre un director, un productor y guionista, y un buen puñado de intérpretes para rendir un homenaje cómplice y agradecido a su público.

 


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