Revista Coaching

El consumismo, mal entendido

Por Elgachupas

Reciclado de bicicletas

 

 En línea con mi proyecto de reducir a 100 mis objetos personales, me ha tocado leer últimamente varios artículos en los que se discutía sobre el asunto de la frugalidad, especialmente en blogs de finanzas personales. No sé, pero tengo la sensación de que este término causa algo más que sarpullidos en muchas personas. Y es que en una sociedad cada vez más consumista, hablar sobre frugalidad es casi una blasfemia.

La idea más extendida entre los “expertos” es que, en lugar de emplear el tiempo en idear formas de gastar menos, deberíamos buscar maneras de ganar más, lo que nos permitiría vivir sin renunciar al lujo y los caprichos que todos nos merecemos. Vamos, la escuela de Robert Kiyosaki sin ir más lejos. Sin embargo, a los defensores de la idea de ganar más para poder gastar más se les olvida algunos pequeños detalles.

El primer lugar, el consumismo mal entendido –el más extendido– lleva casi necesariamente al derroche de recursos. Cuando se nos enseña que comprar es bueno, entretenido, deseable, “cool”… se instala en nuestra cabeza la idea de que está bien cambiar nuestro teléfono móvil cada año, aunque no lo necesitemos; o cambiar el coche cada 4; o desechar unos pantalones o unos zapatos porque ya no están de moda –aunque estén en perfecto estado. En resumen, gastamos dinero para cubrir necesidades ficticias –y antes de que alguien levante la voz: no, yo no considero una necesidad real el simple deseo de poseer.

Esto me lleva al segundo punto del argumento. Una vez sustituido un bien por otro nuevo, generalmente nos resistimos a deshacernos de él. La mente consumista desarrolla un férreo sentido de la posesión. ¡Cómo vamos a deshacernos de algo que nos costó tanto adquirir! Mejor lo guardamos por si acaso. Ello nos conduce a acumular objetos de todo tipo, que ya no tienen utilidad –si es que alguna vez la tuvieron–, y a convertir nuestras casas en auténticos zocos de “basura”, en lugar de hogares.

Lo que desemboca en la tercera idea de esta cadena de razonamiento, y es que la premisa sobre la que trabajan muchas personas es totalmente falsa: poseer no es bueno, ni deseable, ni “cool”, ni te hace más feliz. Justo todo lo contrario. Comprar y acumular objetos te da una sensación de felicidad momentánea, que desaparece rápidamente, y que sólo puede recuperarse comprando más cosas. Además, acumular te hace más pobre, no más rico –imagina lo que podrías haber hecho con todo el dinero que empleaste en comprar tantos objetos inútiles. Y lo peor de todo, también hace más pobre al planeta.

Veámoslo de esta forma. El planeta tiene unos recursos naturales limitados, que es de donde al final salen todos los objetos que adquirimos. Por tanto, es imposible vivir en el mundo de colores de Kiyosaki, en el que todos podemos ser ricos y comprar todas las cosas que deseamos. Un mundo así no es sostenible. Si cada vez somos más personas sobre este planeta, necesariamente debemos buscar una forma de vivir lo más sostenible posible. Y esa forma pasa obligatoriamente por la frugalidad.

Artículo original escrito por Jero Sánchez.

Foto de portada: Peter Blanchard


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