Revista Insólito

El duelo por un verano que ya no existe

Por Rferrari @saludigital

Durante mucho tiempo investigamos la salud mental como un asunto individual, algo que construíamos en el devenir de nuestra historia. Pero cada vez resulta más evidente que nuestra vida psíquica también depende de los lugares que habitamos, del contacto o no con la naturaleza, de la calidad del aire, de la luz, del calor y de los ritmos que el ambiente impone a nuestro cuerpo.

Pasar de una mirada centrada en la subjetividad a explorar cómo el entorno construido y natural influye en esa construcción subjetiva de realidades abre un nuevo espectro de interrogantes:

  • La biofilia es capaz por sí sola de impactar en la percepción de bienestar psicológico?
  • El estrés térmico, el ruido, la actividad electrica durante las tormentas pueden llegar a afectar la salud mental?
  • Cambiaron o están cambiando los criterios de «ciudades saludables» y diseño urbano?
  • Debemos ya incluír sin grises el cambio climático en la serie complementaria que diagnostica nuestra salud emocional ?(ecoansiedad, duelo ecológico, resiliencia).

Es imprescindible abordar estas nuevas perspectivas sin caer en el «greenwashing» y el uso de palabras vagas como «ecofriendly» o «sustentable» apoyándonos en y proponiendo investigaciones de neurociencia, psicología ambiental y arquitectura, con un lenguaje accesible pero basado en criterios sólidos de producción de nuevos conocimientos que expliquen estas nuevas realidades.-

El duelo por un verano que ya no existe

La biofilia y la neuroarquitectura parten de una idea sencilla y compleja al mismo tiempo: el entorno no es un escenario pasivo de nuestra existencia, sino una variable que modela nuestras emociones, nuestra capacidad de resiiencia y nuestro bienestar. Cuando ese entorno se degrada, también cambia nuestra experiencia subjetiva del mundo.

El artículo que reproducimos a continuación, publicado originalmente en The Guardian y escrito por https://www.rebeccasolnit.net/ Rebecca Solnit, nos invita a pensar precisamente en esa dimensión de la crisis climática que supone un duelo por la pérdida de experiencias irrecuperables.

No se trata únicamente del aumento de las temperaturas o de la frecuencia de los incendios: se trata también de la pérdida de paisajes, estaciones y experiencias que durante generaciones dieron forma a nuestra memoria afectiva y a nuestra sensación de pertenencia.

Quizá uno de los efectos menos visibles del cambio climático sea la contradicción entre un mundo que todavía existe, pero que ya no podemos habitar del mismo modo. Comprender ese impacto es también una forma de cuidar la salud mental.

Reproducimos el artículo de Rebecca Solnit, publicado originalmente en The Guardian, en el que reflexiona sobre cómo el calor extremo está transformando no solo el planeta, sino también nuestra manera de vivir y sentir el verano.

https://www.theguardian.com/commentisfree/2026/aug/04/summer-heat-climate-war-zone


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