Revista Cultura y Ocio

'El horror fue nazi y comunista'

Por Nestortazueco

El historiador estadounidense  Timothy Snyder revela en su libro ‘Tierras de sangre. Europa entre Hitler y Stalin’, publicado en España por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, que entre 1933 y 1945, 14 millones de personas no combatientes fueron asesinadas por las políticas criminales de Berlín y Moscú en Europa central y oriental, esta parte del Viejo Continente que después de los Acuerdos de Yalta, en 1945,  quedó bajo dominio soviético, porque así lo decidieron Estados Unidos y la URSS. En una entrevista con el diario madrileño Público, el historiador destaca: “A las orillas de la Historia llegan nuevas olas de espanto. Casi ocho décadas han tardado en aparecer los 14 millones de personas que, en tan sólo 12 años, entre 1933 y 1945, Hitler y Stalin asesinaron en una estrecha franja de tierra olvidada por la Historia. Todas ellas fueron víctimas de políticas criminales, no bajas de la II Guerra Mundial. La mayoría eran mujeres, niños y ancianos. Sin armas. Eran ciudadanos de Polonia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Ucrania y de la franja occidental de la Rusia soviética. Países asfixiados entre el nacionalsocialismo y el estalinismo, entre Berlín y Moscú, donde vivía la mayoría de los judíos de Europa, donde los planes imperiales de Hitler y Stalin se solaparon, donde la Wehrmacht y el Ejército Rojo se enfrentaron y donde la NKVD soviética y las SS alemanas concentraron sus fuerzas”. Según Timothy Snyder, las monstruosidades cometidas por los regímenes nazi y comunista se asocian con Alemania y la URSS, pero la zona de mayor sufrimiento fue la periferia no soviética, en el caso de Moscú, mientras que los nazis mataron  generalmente fuera de su país. El historiador estadounidense explica en su entrevista con el rotativo madrileño que la cuarta parte de las 14 millones de víctimas murió de hambre antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial. “El hambre es una manifestación terrible del control político. Se requiere una gran cantidad de poder para conducir a un pueblo a la inanición”, pone de manifiesto Snyder, que es profesor en la Universidad de Yale y doctor por la Universidad de Oxford. Según los cálculos de este investigador, el régimen comunista soviético mató  a unos seis millones de personas y el régimen nacionalsocialista alemán  a 11 millones, pero, como declara a Público,  “si añadimos a todas estas personas aquellas que perecieron por enfermedad o hambre en los campos de concentración, el número aumenta a alrededor de nueve millones de personas más para los soviéticos y unos 12 millones para los alemanes”.

Las revelaciones de este historiador son estremecedoras. Mas de dos décadas después de la caída del Muro de Berlin y posteriormente del hundimiento de la URSS, un libro como el de Timothy Snyder demuestra que el nazismo y el comunismo en sus diversas variantes, y no sólo en su versión estalinista soviética, han sido las dos principales barbaries que ha vivido Europa en el siglo XX. Sin embargo, cuesta entender que a estas alturas de la historia de Europa, a principios del siglo XXI, mientras el nazismo es rechazado sin contemplaciones por la inmensa mayoría de los europeos, la utopía comunista, aunque fracasó estrepitosamente, goza de mejor salud de la que merece. Históricamente, el comunismo ha fracasado, pero la cultura política poscomunista todavía despierta simpatía, o al menos cierta condescendencia, en una parte importante de la izquierda europea y de otras zonas del planeta y hasta  en algunas corrientes del centroderecha. El paraíso terrenal comunista, ese destino social perfecto y lleno de felicidad, igualdad y libertad, aunque ha demostrado ser una pura superchería, un engaño macabro, no provoca tanta indignación y rechazo como el nacionalsocialismo. Esto ocurre incluso en un país que ha sufrido las tiranías nazi y comunista como Polonia. Muchos ciudadanos, alentados por algunos intelectuales y científicos sociales de izquierda, siguen pensando que el comunismo, por culpa de la desviación estalinista, ha sido criminal por accidente, mientras que el nazismo es criminal por esencia. Quienes simpatizan con una cierta idea del comunismo, suelen decir que la URSS fue decisiva en la lucha contra el nazismo y el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, aunque olvidan con demasiada facilidad que Stalin, antes de oponerse a Hitler, pactó con él, y cuando se vio obligado a participar en la contienda mundial, lo hizo desde objetivos imperialistas y no democráticos. El comunismo soviético, mientras se aliaba con las potencias democráticas contra Hitler, masacraba a su propio pueblo y sembraba el terror en los territorios que el Ejército Rojo iba conquistando. Es bastante probable que si la URSS hubiera podido mantener el pacto con la Alemania nazi o situarse al margen de la Segunda Guerra Mundial, una vez acabado este conflicto el comunismo no habría podido presentarse ante los pueblos europeos como el adalid de la libertad,  sino como lo que realmente fue: una farsa macabra y sangrienta que en 1945 ya había matado a varias millones de seres humanos. Un aspecto especialmente dramático del comunismo en sus diversas variantes es que muchos comunistas que creyeron de buena fe en los ideales del marxismo leninismo, sacrificaron sus vidas, murieron bajo las balas asesinas de otros totalitarismos, como el nazismo y el fascismo, también mataron y en algunos casos fueron asesinados por sus propios compañeros en multitud de purgas criminales. Pero la sinceridad  y honestidad de muchos comunistas y su condición de víctimas en guerras, conflictos y dictaduras en el siglo XX no invalidan la naturaleza totalitaria de la ideología comunista. Ya se sabe que el camino del infierno está poblado de buenas intenciones. Estoy convencido de que muchos ciudadanos que abrazaron el nacionalsocialismo y el fascismo  en Alemania e Italia antes de la Segunda Guerra Mundial, en una primera etapa al menos, no lo hicieron con el objetivo de exterminar a los judíos y sembrar el terror, sino porque detestaban el orden burgués dominante y buscaban una salida a sus problemas. En estos casos la subjetividad del individuo importa poco, lo realmente decisivo es el resultado del proyecto político puesto en marcha. Y el resultado de sistemas políticos como el nazismo, el fascismo y el comunismo es desastroso.

Un ejemplo patético

Un ejemplo realmente patético y hasta trágico es el de la España de Franco, donde los valientes militantes comunistas del PCE y otros grupos a su izquierda que se enfrentaron a la cárcel y la tortura, al mismo tiempo justificaron los crímenes de Stalin y después los de Mao Tsé Tung, la opresión de los países de Europa del Este por la URSS y la invasión de Hungría y Checoslovaquia por tropas soviéticas y del Pacto de Varsovia. Defendieron sin rechistar la propaganda y las mentiras de los regímenes del ‘socialismo real’, mintieron y manipularon a sus simpatizantes. Los pocos que resistieron a la infamia fueron expulsados de las filas comunistas, perseguidos y, sobre todo antes de la muerte de Stalin, asesinados. La muerte del dictador soviético y el XX Congreso del PCUS, en 1956, en el que Nikita Kruschev condenó el “culto a la personalidad” de Stalin y los “excesos” del estalinismo, dividió al movimiento comunista como nunca antes lo había estado, pero no provocó ninguna autocrítica profunda ni reflexión sincera sobre los fundamentos del sistema político ideado por Marx y Engels en el siglo XIX y   puesto en práctica por Lenin y los bolcheviques en la Rusia zarista de principios del siglo XX. A partir de los años 60 del siglo pasado, el movimiento comunista fue perdiendo poco a poco fuerza e influencia, entró en decadencia, se dividió en mil sectas y capillas; los países del ‘socialismo real’ se hundieron como un castillo de naipes, la URSS dejó de existir, los partidos comunistas desaparecieron o se transformaron en socialdemócratas. China  no abandonó la dictadura comunista, pero la compagina con un capitalismo neoliberal sin tapujos que le ha permitido convertirse en pocos años en la segunda potencia mundial. Sobreviven del naufragio comunista la Cuba de Castro, Corea del Norte y Vietnam, y algunos regímenes de corte autoritario y populista, como el venezolano, intentan imitar determinados aspectos políticos y económicos del comunismo y también del fascismo,  y en los países capitalistas, dentro de la izquierda, sobreviven algunos partidos comunistas y pequeñas formaciones, verdaderas sectas en algunos casos, que no han roto completamente con el pasado y añoran tiempos pretéritos de revoluciones que fueron inteligentemente manipuladas por los totalitarios y dictaduras del proletariado que machacaron sin piedad a los trabajadores.

Actitud benevolente

Así las cosas, aunque el balance de casi un siglo de comunismo es escalofriante, la ciudadanía, mayoritariamente, es más benevolente con este totalitarismo que con el nazismo. Sin embargo, a los que tienen dudas sobre  su naturaleza violenta y piensan que hay un comunismo bueno y otro malo, les recomiendo la lectura de ‘El libro negro del comunismo’, un interesante y bien documentado estudio publicado en 1997 por un equipo de historiadores bajo la dirección del investigador francés Stéphane Courtois. Este libro ofrece al lector un trágico paseo a través de los crímenes cometidos por los diversos comunismos en el mundo. Este trabajo aclara que el comunismo comparte con el nazismo y el fascismo la misma naturaleza criminal, el desprecio por la libertad y una escandalosa cifra de víctimas. Es lógico que así sea, porque, aunque el comunismo tiene orígenes ideológicos y una base social distintos del nazismo y del fascismo, como recalca Karl Popper en su obra ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, defiende un  pensamiento totalitario que supone una visión del mundo y de la historia fundada sobre la creencia de un destino político inexorable, hace de sus ideas y propuestas las únicas aceptables y aboga por la ingeniería social y la utopía. Como señala Rafael Rincón, “tanto el comunismo como el nazismo se asemejan en el absoluto control sobre las instituciones (haciendo del líder, del partido, del Estado y del gobierno una misma cosa); en el emprendimiento de esfuerzos propagandísticos descomunales; en el control total de la prensa, la educación, las ciencias,  las artes; en la existencia de un partido único y el sabotaje de cualquier intento de organización política incómoda para el régimen gobernante y en la limitación de cualquier iniciativa de desarrollo personal que no esté ajustada a la ideología y proyectos oficiales”.  Abundando en la misma línea,  Rincón dice que “el totalitario, hostil a la variedad, asume tales diferencias como ‘impulsos desviacionistas’, por lo que forzará –mediante la propaganda, el adoctrinamiento y/o la fuerza- el encauzamiento de la conducta humana por la senda indicada desde el alto poder político. Esto se traduce en humillaciones y en amenazas para obligar a los miembros de la sociedad a que se ajusten al plan y se conduzcan de cierta manera… Es por esta razón que el régimen nazi tuvo los ‘Konzentrationslager’ (campos de concentración) y el régimen comunista tuvo su GULAG o versiones similares”. En resumidas cuentas, comunismo y nazismo han sido sistemas rivales, pero también han tenido objetivos comunes. Aunque no quiero en este artículo hacer un análisis sesudo de los fundamentos teóricos del comunismo y del nazismo, para no aburrir al lector, me interesa, sin embargo, destacar que los ideólogos comunistas y nazis remontaron a Hegel para elaborar su teoría. Y no es fruto de la casualidad que en el libro ‘Kampf um Berlin’, el nazi Goebbels subraya que “el movimiento nacional-socialista tiene un solo maestro: el marxismo”. Si en el ‘Estado y la Revolución’, Lenin escribe que “la Dictadura del Proletariado es una dominación no restringida   por la ley y basada en la fuerza”, en un discurso ante la Cámara de los diputados, Mussolini, que antes de ser fascista fue socialista, declara: “Todo para el Estado. Nada contra el Estado. Nada fuera del Estado”.

En 1979, el secretario general del Partido Comunista Francés (PCF), Georges Marchais, consideró que el balance de la historia de la URSS era “globalmente positivo”. Sus declaraciones provocaron un profundo malestar en Francia, pero un sector de la izquierda y de la intelectualidad progresista apoyó las palabras del burócrata comunista galo. 33 años después pocos hombres y mujeres de izquierda que en otra época defendieron o justificaron la barbarie comunista, quieren recordarlo. Muy pocos asumen abiertamente que, en términos políticos, fueron unos necios o unos canallas, o simplemente se equivocaron, lo que es perfectamente humano. En 1956, cuando los soviéticos reprimieron a sangre y fuego la sublevación del pueblo húngaro contra la dictadura comunista impuesta por Moscú, hasta escritores y pensadores tan refinados, sensibles e inteligentes como Albert Camus y Cornelius Castoriadis apoyaron la intervención de la URSS. El estafador y cantamañanas Jean-Paul Sartre, que a día de hoy sigue siendo un dios intocable en ciertos círculos literarios e intelectuales de la izquierda pedante, se pasó media vida defendiendo los crímenes de Stalin y después  los de Mao Tsé Tung, y muy pocos se atrevieron a pedirle cuentas. En 1998, el trotskista francés Gilles Perrault, el socialista suizo Jean Ziegler y Maurice Cury publicaron, a guisa de réplica a ‘El libro negro del comunismo’, el ‘Libro negro del capitalismo’, en el que denuncian los crímenes de este sistema político y económico, como la represión de la clase trabajadora y las barbaridades del colonialismo y del imperialismo. Tienen razón los autores de este libro de poner sobre la mesa las miserias del capitalismo, porque son muchas, pero olvidan que mientras en el marco del  sistema capitalista ha habido y hay muchos gobiernos democráticos y en bastantes países el nivel de vida de la población trabajadora ha mejorado considerablemente en las últimas décadas, en ningún régimen socialista ha existido un poder democrático. Además, si  los países de Europa del Este están más atrasados que los  del Oeste debe ser por razones históricas, económicas y políticas. ¿O no?  En febrero de 2006, el Consejo de la Asamblea del Parlamento Europeo (PACE) condenó las violaciones de los derechos humanos cometidas por los regímenes totalitarios comunistas y expresó su simpatía, comprensión y reconocimiento para las víctimas de estos crímenes. En la resolución adoptada, la PACE denunció  violaciones tales como las ejecuciones, los muertos en campos de concentración, la tortura, el trabajo de esclavos y la mala alimentación utilizados por los regímenes comunistas.

Abrir los ojos

“Mientras que otro régimen totalitario del siglo XX, el nazismo, fue objeto de investigación e internacionalmente condenado y que sus verdugos fueron llevados ante los tribunales, crímenes similares cometidos en nombre del comunismo jamás fueron objeto de investigaciones y de condena de la comunidad internacional”,  escribió el representante sueco Goran Lindblad en un informe emitido a mediados de diciembre de 2005 por el Comité de Asuntos Políticos del Parlamento europeo que sirvió de catalizador para el debate sobre la resolución de la PACE. El documento contó con el rechazo de grupos de la izquierda poscomunista, pero también, y esto es lo más escandaloso, de algunos parlamentarios socialistas. El nazismo liquidó a 25 millones de seres humanos, y si alguien se reclama de esta doctrina criminal es rechazado y condenado. Pero si un individuo presume de fe comunista, a pesar de que esta doctrina acabó con la vida de 80 millones de personas,  no pasa nada, es respetado, y a veces incluso es admirado y aplaudido. El nazismo y el comunismo han matado y han ejercido el terror de masas en perfecta sintonía y coherencia con sus fundamentos doctrinarios. Aunque el comunismo se camufló con una fraseología ilustrada, democrática y racionalista, mientras que el nazismo fue condenado por irracionalista, racista y antisemita, ya sería hora de que los que siguen contemporizando con esa ideología criminal, aunque critiquen sus “excesos”, abrieran los ojos.

 


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