Revista Opinión

La estrategia de la tabacalera

Publicado el 19 agosto 2026 por Manuelsegura @manuelsegura
La estrategia de la tabacalera

En un pequeño libro, de algo más de un centenar de páginas, titulado ‘Sobre la desinformación’, publicado en 2023 y editado en España por Cátedra dos años después, el profesor de Ética de la Universidad de Harvard, Lee McIntyre, fija el comienzo del negacionismo científico moderno en 1953. En diciembre de ese año, los directivos de las cuatro mayores industrias tabacaleras estadounidenses se reunieron en un hotel de Nueva York con un experto en relaciones públicas. Cuenta McIntyre que lo que pretendían era hacer frente a la publicación inminente de un estudio científico que relacionaba el consumo de cigarrillos con el cáncer de pulmón.

El consejo que aquel experto transmitió a sus clientes fue claro y conciso: luchen contra la ciencia. 

La primera recomendación que les transmitió fue que contrataran científicos propios que crearan “un relato diferente”.

Tras ello, las tabacaleras publicaron grandes anuncios en la prensa, al tiempo que contactaron con directores, editores y periodistas especializados que ofrecieran “las dos caras” del asunto, amparándose en que estábamos ante un debate abierto en el que todavía “no se había demostrado nada”. La estrategia no era otra que hacer que la gente dudara sobre la verdad de algo, en torno a lo que los científicos no tenían la más mínima duda.

Dos años después, una encuesta no detectaba reacción alguna de temor o alarma entre la prensa y los ciudadanos respecto al consumo de tabaco. A lo largo de cuatro décadas el relato funcionó a la perfección, obteniendo estas empresas pingües beneficios procedentes de los incrédulos fumadores.

En 1994, responsables de varias industrias de tabaco acudieron al Congreso de los Estados Unidos donde se pusieron de acuerdo para descartar que la nicotina de los cigarrillos fuese adictiva. Poca gente creyó aquella aseveración, pero el mal ya estaba hecho. Es evidente que no habían pretendido en todos esos años demostrar que el consumo de tabaco no provocaba cáncer de pulmón, sino sembrar incertidumbre para prolongar la duda en el tiempo y que la gente siguiera consumiendo cigarrillos.

Cuatro años después, en 1998, a las grandes tabacaleras se les impuso una multa de 200.000 millones de dólares, la mayor en un caso civil en los Estados Unidos, si bien se les siguió permitiendo vender su producto con ciertas restricciones publicitarias. Nadie dudaba ya de lo pernicioso que era para la salud el consumo de tabaco, pero la gran industria del sector había ganado un precioso tiempo más que suficiente para engordar, año tras año, su cuenta de resultados. Recuerda Lee McIntyre que en 2004 se filtró un informe, que databa de 1969, donde se demostraba que los altos ejecutivos de estas compañías siempre fueron conscientes de que su producto era mortal.

En otras muchas ocasiones, esta denominada ‘estrategia de la tabacalera’ se ha utilizado en casos de negacionismo científico, como ha ocurrido con la lluvia ácida, el agujero de ozono o el  calentamiento global. El objetivo no era otro que crear campañas de ofuscación y retraso durante décadas. O se optaba por patrocinar trabajos científicos contrarios, hacer donaciones a representantes políticos influyentes o financiar ciclos de conferencias para sembrar dudas sobre si existía o no un consenso científico sobre el cambio climático.

En su palpitante libro, que McIntyre subtitula ‘Cómo luchar por la verdad y proteger la democracia’, advierte que el negacionismo no es un error, sino una mentira, y cita a la filósofa e historiadora de origen germano, Hannah Arendt, cuando expresó que el sujeto ideal para determinadas sociedades no es un nazi ni un comunista convencidos, sino la gente para la que ha dejado de existir la distinción entre realidad y ficción, entre la verdad y la mentira. Y concluye el autor que, en esta batalla, no podemos ceder a la desesperación. 

Valgan estas reflexiones para poner el acento en desenmascarar los  argumentos de todos esos nuevos militantes de la apostasía de la ciencia, que tanto afloran en estos tiempos, y que cuando llegan a los gobiernos pretenden acabar con lo que consideran un supuesto fanatismo científico o climático, asentados en razonamientos más propios de cuñados y expuestos, con cierta dosis de histrionismo, en el transcurso de una etílica sobremesa.

[La Verdad de Murcia, 19-8-2026]


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