Hay percepciones que irremediablemente te llevan al pasado. La otra mañana, en pleno centro de Murcia, al transitar por el Paseo Menéndez Pelayo, junto a la plaza de La Merced, me vino de repente el olor a papel y tinta de periódico de uno de los pocos quioscos que aún sobreviven en la ciudad. Y recordé cuando, adquiriendo uno de esos ejemplares impresos, te acercabas a cuanto pasaba en el mundo, aunque hubiera ocurrido el día anterior. Me acordé también de La Covachuela, en Trapería, muy cerca de donde escribo estas líneas, ese pequeño establecimiento donde antaño encontrabas toda la prensa regional y nacional, e incluso internacional. Cerró en 2016, tras 123 años de presencia, poco antes de que los periódicos decayeran en sus ventas.
Los diarios de papel siguen siendo para los de mi generación esa reliquia de un tiempo en el que las noticias se saboreaban desde la reflexión y no tanto se espolvoreaban como la harina, tal que ahora ocurre con la inmediatez que nos transmiten Internet y las redes sociales. No es mejor periodista el primero que lo cuenta sino el que mejor lo hace, que dijo García Márquez. Y, además, convendrán conmigo que una pantalla táctil de hoy nunca olerá como lo hacían aquellos periódicos de ayer.
