Revista Ciencia

Filosofía de un Instante

Por Marcelo Allende @allendesergio
Hay una delgada línea que separa el saber de la revelación. Durante años, la biología habitó en mí como una arquitectura de conceptos, una taxonomía rigurosa del mundo vivo. Sin embargo, hubo una larga primavera en mi existencia en la que la teoría decidió reclamar su cuerpo. Fue la etapa en que la pasión —esa fuerza indómita que los antiguos griegos llamaban enthousiasmos, el estado de estar habitado por un dios— se vistió de camuflaje, botas de goma y paciencia. Me convertí en un observador, un cazador invisible cuyo único botín era el milagro de la luz atrapada en un sensor. Fotografiar la naturaleza, y aves en particular, no es un acto de posesión; es un ejercicio de profunda alteridad. Es aceptar que el centro del universo no es uno mismo, sino esa criatura alada que desafía la gravedad y el tiempo. En la quietud del monte, el tiempo cronológico desaparecía para dar paso al Kairós, el tiempo de la oportunidad exacta. Como profesor, las aulas se expandieron de golpe. Ya no explicaba la vida: la respiraba. Cada pulsación del obturador era una lección de ecología viva; los conceptos de adaptación, mutualismo y biodiversidad dejaron de ser abstractos para transformarse en el latido tangible de la selva y el pastizal. Quedaron registrados para siempre esos momentos donde el frío de la mañana calaba los huesos, pero el alma permanecía encendida, tal como se perpetúa en esa imagen que me encuentra con la mirada perdida en un horizonte pristino, buscando capturar lo efímero. Sin embargo, la biología también me enseñó que ninguna especie prospera en el aislamiento absoluto. La ecología es, fundamentalmente, una ciencia de relaciones. Y en ese devenir de caminos polvorientos y esperas compartidas, la fotografía me regaló el paisaje más humano y noble: la amistad de quienes vibraban en la misma frecuencia fundamental. Una de las postales más nítidas que guardo en el santuario de la memoria nos encuentra compartiendo el espacio, en una pausa reflexiva o en la complicidad del silencio, tal como lo inmortaliza la imagen. Es allí donde cobra sentido el territorio, no solo por su geografía, sino por su gente. Pienso, con un respeto irreductible y un afecto entrañable, en el Queridísimo Doc Prato. Hay hombres que son lugares, y el Doc es, sin dudas, el mejor Embajador de Curuzú Cuatiá. Recibirnos en su campo no fue un simple acto de cortesía; fue elevar el rol de anfitrión a la categoría de arte superlativo, abriéndonos las puertas de su mundo con esa generosidad rústica y elegante que solo poseen las almas grandes. Mirando hacia atrás, entiendo que la fotografía de naturaleza fue la excusa perfecta que encontró la vida para enseñarme su lección más profunda. Aprendí que mirar no es lo mismo que ver; que la paciencia es la forma más honesta del respeto; y que los mejores hallazgos no se guardan en una tarjeta de memoria, sino en el abrazo fraterno de los amigos que el camino nos legó para siempre.
Roberto F. Genesini Filosofía de un Instante

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