Revista Arquitectura

Horno de pan (1)

Por Arquitectamos
Esta entrada está dedicada a quien no sepa
ni entienda nada de arquitectura
contemporánea y esté un poco hasta
las narices de tanta mamarrachada.
Hace pocas semanas he asistido a cómo se comparaba el centro Botín de Santander con un calefactor y la iglesia de Marcos de Canaveses con un trastero. El otro día volvió a ocurrir: El Museo de Colecciones Reales de Madrid es un horno de pan. Es lo de siempre y no merece la pena insistir. Pero como los ciudadanos legos en arquitectura seguirán viendo la contemporánea con hostilidad y desafección, quiero decir una cosa muy básica por si puede ser de algún interés, aun sabiendo que no va a servir de nada y que vamos a seguir igual.
Primero cuento la última batallita. Un periódico pone en twitter la noticia de la inminente apertura del Museo de Colecciones Reales en Madrid con una foto, y un famoso periodista televisivo contesta: "Que ESPANTO de edificio..." (sic). (Parece obvio que se refiere al edificio objeto de la noticia y no al mamotreto que aparece tras él).
Horno de pan (1)
Al momento contestan algunos esforzados arquitectos defendiendo el Museo como un gran proyecto arquitectónico y haciendo notar al periodista algunas de las virtudes de ese edificio, así como la necesidad de intentar estudiarlo y entenderlo antes de soltar un exabrupto tan rotundo. La indignación del periodista crece, ahora tanto por el ESPANTO perpetrado en Madrid como por el corporativismo sectario (e incluso agresivo) de unos locos fanáticos.
Se sucede un sabroso cruce de tuits del que pongo una pequeñísima muestra:
Horno de pan (1)
Lo de siempre: "Como no he estudiado arquitectura estos fanáticos no me dejan opinar". (Bueno, si a eso vamos tampoco estudió ortografía y nadie le impide escribir). Observemos que se llama a sí mismo "hereje". O sea, nosotros somos sacerdotes inquisitoriales del retorcido arcano de la arquitectura y no permitimos la más mínima desviación del dogma.
Que conste que el famoso periodista es un vacilón, y que escribía con mucha sorna. Pero dijo (en broma) que temía por su integridad física ante nosotros, y dejó caer muchas exageraciones siempre en la línea de que el fanatismo de los arquitectos no permitía a la gente "normal" expresar sus opiniones.
Horno de pan (1)
Naturalmente que puede opinar. Estaría bueno. Todo el mundo puede opinar. Siempre estamos con lo mismo, y esto ya lo he dicho más de una vez. Cada uno es dueño de opinar lo que quiera, pero no todas las opiniones son igual de respetables y además cada uno se retrata con sus opiniones. Quiero decir que todos somos libres de opinar y de manifestar con nuestras opiniones nuestro conocimiento, nuestra sensibilidad, nuestro fanatismo (exacerbado en el caso de los arquitectos).  En ese sentido le dije:
Horno de pan (1)
¿Por qué esos dos artistas sí son incontestables? Os recuerdo que el pintor fue detestado por casi todos durante unos años y al escritor le devolvieron el manuscrito de su obra maestra. Alguien, en varios (muchos) momentos, dijo de cada uno de ellos: "Qué ESPANTO". Sin embargo ya nos hemos acostumbrado a admirarlos y a no poner sus obras en entredicho; ni siquiera las menos buenas.
Pero los arquitectos aún no han alcanzado ese grado de benevolencia ni de comprensión por parte de la gente: Ellos se limitan a hacer un horno de pan.
Yo quería escribir esta entrada sólo para explicar qué es para mí un horno de pan, dónde reside su estética y, si soy capaz, por qué me parece buena la arquitectura hornipanificadora. Pero la anécdota introductoria me ha salido muy larga y me voy a quedar a medias.
Vamos al principio. Yo tenía un tío panadero. Además en mi pueblo hay una prestigiosa fábrica de hornos de pan. He visto hornos de pan de distintas hechuras, formas y tamaños, y todos estaban muy bien: Todos horneaban pan.
Un horno de pan ha de ser de un material que aguante el calor, que lo conserve y que lo distribuya uniformemente en su interior. Tiene una boca por la que se le introduce la masa de pan con una pala. Debe tener capacidad para alojar bastantes masas y hacer así bastantes panes simultáneamente. No sé si será lo más frecuente, pero recuerdo que el de mi tío era rotatorio. Se introducía un pan al fondo, otro en medio, otro en primer plano, se giraba un poco la plataforma para desplazar esas masas y volver a dejar libre la boca para meter más, se volvía a girar otro poco... Y al final en el plano horizontal del horno había docenas y docenas de masas de barras, hogazas, panecillos, etc., listas para ser calentadas.
El horno funcionaba muy bien. En seguida el perfume del pan caliente lo invadía todo y acababan saliendo algunas de las cosas más ricas que he comido en mi vida. Había incluso gente de Madrid que compraba aquí el pan y se lo llevaba a la capital.
Por todo lo cual, si el horno funcionaba bien y producía un pan tan exquisito, tenía que ser HERMOSO. No había más remedio. Era una máquina fascinante en la que mi primo José Manuel metía a traición unas masitas pequeñas preñadas de chorizo que no salían a la venta, sino que eran para nuestro disfrute personal. Una "edición limitada", o una "master choice". Qué felicidad. El chorizo explotaba dentro de la masa de pan, que salía crujiente, caliente, tostada por fuera y roja por dentro.
Estoy hablando en serio: ¿Hace falta alguna otra cosa para considerar hermoso algo? Para mí no. Para mí ese horno, repito, lo era.
Las máquinas de afeitar son hermosas, y las motos, y los secadores de pelo. También las plumas estilográficas y los ratones de ordenador.
Mi línea (sí, ya lo sé, maquinista, muy trillada ya), que defiende que la belleza es la manifestación de la función, admite la ornamentación. Naturalmente que sí. No hay máquina, por más funcional que sea, que no tenga detalles de decoración, de "diseño", de color, de forma. Por supuesto. Pero, si el objeto está realmente logrado, todos esos detalles, incluso los más caprichosos, son coherentes con su función, con su uso y su rendimiento.
¿Os gustan las motos? Tienen adornos de todo tipo, ¿pero les pondríais un angelote de madera policromada? En los primeros automóviles sí se ponían, pero ahora ya no porque los coches y las motos han adquirido desde hace más de un siglo su propia "verdad estética" y no necesitan robar adornos de otros campos, como lo hacían los automóviles iniciales, que inseguros de su propia agresividad y de su supuesto feísmo querían redimirse tomando detalles ornamentales de los carruajes para que su pecado fuera menor.
Así quieren muchos que sean los edificios: Máquinas que funcionen como un coche o un avión, pero que se arrepientan de su función y de su eficacia y se camuflen con columnas jónicas, con balaustradas y con cúpulas.
Termino esta primera entrega diciendo que mi definición favorita de belleza es la que la llama "esplendor de la verdad". Me parece que tiene mucha enjundia. La belleza no es la verdad, sino su esplendor. Es decir, es lícito hacer resplandecer a la verdad, darle más expresión, más colorido, pero todo eso tiene que ser acorde con la verdad. El acto de embellecer algo no puede ir nunca a la contra de su verdad interior, porque entonces no lo embellece, sino que lo kitschifica, lo hace chabacano y falso, lo maquilla hasta desfigurarlo.
No quiero enrollarme más. Sólo quería decir que hacer edificios como hornos de pan no me parece mal. Es más, me parece bien. Es más, muy bien. Pero que muy bien.
(TO BE CONTINUED)

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