Revista Vino

José Luis Mateo: Quinta da Muradella

Por Jgomezp24
Viñedo en Castrillón 100 años, de Jose L. Mateo “Somos agricultores y nada más. El vino es una consecuencia. El vino de verdad lo haces durante todo el año, no en vendimia y bodega. El vino pasa, la tierra queda”. Cuando hablo (fue un día entero de tremenda fecundidad) con José Luis Mateo es, de nuevo, por un acto de generosidad suya: acaba de ser padre y puede que el momento no sea el mejor para él. A pesar de todo, el hombre me abre las puertas de su bodega, del bar A Canteira (donde hace más de 35 años empezó a aprender junto a su padre Alfonso qué era esto del vino en un café de carretera) y de los viñedos que más aprecía (junto con Gorvia), los que él llama “de montaña”, por encima de los 700 msnm. Él cree que está en un momento de replantearse todo y si por él fuera, para nada hablaríamos de sus vinos, de los que no quiere, casi cree que no debe ahora, decir nada. Su obsesión, reflejada en algunas de las frases que he entrecomillado más arriba, es la tierra, no los vinos. El vino es importante para vivir, pero secundario. “La tierra es lo que más importa, hay que dejarla igual o mejor de lo que la encontramos”. Quizás sea José Luis uno de los viñerons más sensibles que conozco, uno de los que vive con mayor intensidad las cosas de su tierra.
Desde A Canteira, su padre (que, en efecto, era canteiro, maestro de obras y tallaba la piedra para construcciones de todo tipo), le enseñó también el oficio de la tierra, porque tanto él como el abuelo eran agricultores de corazón. Como José Luis. Cuando paseas con él por los viñedos que cuida pero no son suyos (en los montes están algunos, en la zona de Sampaio, de Castrelos, en la Maiada do sordo, en Castrillo, A trabe...), descubres la pureza del varietal, el porqué de alguno de sus vinos, la bastardo de más de 90 años, los aromas del bosque que rodean el viñedo. Silencio y pureza. No hay enfermedades allá arriba. Entiendes alguno de sus monovarietales, sí. Pero cuando pisas el viñedo que ha plantado él con sus manos, Gorvia (de donde salen, con la mezcla de cepas que allí tiene, sus Gorvia tinto y blanco), entiendes de verdad por dónde va la cosa. Más en el llano, donde hay que trabajar mucho y estar atento para sacar adelante las cosechas, tierras fértiles, demasiado generosas quizás, pero de calidad: arcillas con pizarra desmoronada y sílice. Terreno profundo, una arada después de la vendimia. Beza, avena y la vegetación espontánea (menos la grama, que es mala). Desbrozo y en el viñedo se queda. Si hace calor y el clima es seco, deja el desbrozo. Si es húmedo el tiempo, mezcla con la tierra. Pero no le gusta mucho tocarla. Los vinos a los que más valor da José Luis: los Gorvia.
El blanco, con donablanca sobre todo, es un vino con aromas de laurel, de tomillo y orégano, con volumen pero buena acidez y afilado. El tinto, con mencía, bastardo y caíño redondo, aires de pimienta roja, de ceniza de sarmiento, de pimiento choricero. Excelentes vinos, muy de su tierra y a precios razonables. Más lo son todavía, de precio hablo, los vinos que José Luis embotella para vender en el bar de su padre y su hermano. ¿Te imaginas la sorpresa del viajero gourmet que para, por casualidad, a comer en A Canteira (Avda. Luis Espada, 99, Verín, Ourense, teléfono 988413137) y le ponen como vino de mesa un vino de José Luis Mateo…? Pues de eso se trata: respeto por las raíces y por la historia familiar (la uva y el vino que más gustan a su padre son de bastardo, y hay que ver la cara de seriedad, pasión y sinceridad con que lo proclama Alfonso), respeto por la tradición y la clientela del pueblo, y vino de calidad (que también se puede comprar) a precios muy convenientes. Podría haber escrito sobre A Trabe, sobre la monstruosa de Monterrei, sobre el Quinta da Muradella, incluso sobre su extraordinario rosado Nistal 2008 (una sola añada hizo…), sobre cualquier otro vino de los que ha colocado a José Luis Mateo en lo más alto de la vitivinicultura española. Pero no. No he querido traicionar la esencia de la verdad que me transmitió. Por lo menos he intentado no hacerlo…Ah, sí, una cosa no quiero olvidar: la donablanca que hizo en 2001, con fermentación maloláctica, está lozana y fresca, bien viva. Para quien quiera leerlo. Y la de 2003, igual de impresionante. ¿Que no pueden envejecer estas uvas blancas…? Viñedo en Sampaio, Castrelos de 90 años de Jose L. Mateo

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