Revista Pareja

La anestesia emocional

Por Cristina Lago @CrisMalago

insensibilidad

Miedo al dolor. Rechazo. Represión. Incapacidad de amar. Insensibilidad absoluta. Un estado vacío, pero extrañamente reconfortante. Por fin he dejado de sufrir. Todo me da igual. Ya no siento nada.

Pueden ser muchos los motivos. Una crisis, una gran pérdida, una ruptura, un abandono, una dura enfermedad o simplemente el resultado de un sufrimiento callado largamente sostenido en el tiempo.

Sea lo que sea, te has tornado insensible. El mundo exterior y las personas que lo habitan, no tienen ya nada que te interese. Como decían en  aquella canción I’m a Rock de Simon & Garfunkel, I touch no one and no one touches me (no toco a nadie y nadie me toca a mí). Cuando estabas sufriendo, pensaste más de una vez que no sentir sería un estado ideal. Ten cuidado con lo que deseas…podría cumplirse.

La anestesia emocional es un mecanismo de protección. Sobreviene cuando la persona -literalmente- no puede más. O desconecta o se hunde por completo. Pero también puede ser la consecuencia de moverse a trompicones entre extremos. Si uno se expone al fuego porque el fuego es lo único que le hace sentir vivo, todo lo que no sea fuego le sumirá en la más completa indiferencia. El protagonista de El lobo estepario, la mítica novela de Herman Hesse, se definía así: yo no soporto con facilidad precisamente esta semisatisfacción, que al poco tiempo me resulta intolerablemente odiosa y repugnante, y tengo que refugiarme desesperado en otras temperaturas, a ser posible por la senda de los placeres y también por necesidad por el camino de los dolores.

Quien no halle la satisfacción en lugares más moderados, conocerá la anestesia emocional de forma frecuente. Ya que será la inmediata consecuencia de funcionar a altísimas intensidades. La imposibilidad de gestionar las alegrías y las tristezas sin pasar por el chute adictivo o por el hundimiento depresivo es una característica frecuente de nuestra sociedad hiperalimentada, aburrida y carente de metas comprometidas y pasionales más allá de vivir el momento (o más bien, de distraerlo como buenamente se pueda).

La geografía de la anestesia emocional es un largo páramo que se extiende hacia ninguna parte y en el que no logramos ver el camino. Las emociones son nuestra brújula y sin ellas, nada nos guía más allá de nuestra mente, que está plagada de prejuicios, tópicos, esquemas ajenos, autoengaños y ego, mucho ego. ¿Adónde nos conduce el ego sin la asistencia de las emociones? A utilizar. A ser utilizados. A creer que queremos una cosa cuando deseamos otra. A la falta de empatía. A la deshumanización. A mirarnos un día en el espejo y comprender que no tenemos ni la menor idea de quien somos, ni adonde vamos, ni qué demonios estamos haciendo con nuestras vidas.

¿Es posible desconectar para siempre? ¿Las emociones pueden extinguirse? En mi experiencia, no. Si uno ha sentido antes, posee una capacidad que puede volver a manifestar en el futuro. Se puede sufrir muchísimo y tener una coraza tan gruesa como la debilidad del que la lleve puesta, pero si una canción, una frase, un gesto, una escena en una película…consigue agitar brevemente algo en ti, significa que, sea lo que sea lo que esté ahí debajo, no está muerto.

La clave está en no forzarse. No se puede obligar a sentir, como no se puede obligar a respirar. Las personas tenemos momentos en los que nos exponemos al mundo y momentos en los que necesitamos apartarnos para poder cargar las pilas. El respiro que te  brinda esta etapa, es una muy buena oportunidad de dedicarte a ti mismo/a, cuidarte y reconstruirte antes de volver al campo de batalla.


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