Revista Medio Ambiente

La huelga del cerebro cansado

Por Valedeoro @valedeoro

cerebritoSon las 11 de la mañana. Vuelvo a casa después de unos recados y la visita al supermercado. No me gusta nada llegar tan tarde, porque me siento como si las mejores horas de concentración ya se hubieran desperdiciados. O eso es lo que me dice mi cerebro.

Se supone que ahora me siento en mi mesa y empiezo a trabajar. La lista de tareas está bien definida. Ayer planifiqué toda la semana con sus objetivos y los resultados esperados y teóricamente sé exactamente lo que tengo que hacer.

A mi cerebro le da igual la teoría. Está cansado y quiere dormir para retomar fuerzas. Nunca se sabe si dentro de tres horas tendrá que estar super alerto para salvarme del ataque de un tigre salvaje. Eso es más importante que una lista de tareas con un horizonte a largo plazo.

Me prometo a mi misma de que será solo media hora y voy a la cama, en un intento de reconquistar aquellas horas perdidas de una noche mal-dormida.
No es que duerma profundamente. Estoy tendida sobre la cama, en diagonal, soñando a ratos y discutiendo con mi cerebro el demás tiempo.

Debería levantarme para trabajar. Debería quedarme un rato más. La próxima vez que cambio la posición sí que me voy a levantar. Bueno, a la próxima.

Me levanto cuatro horas más tarde, con la boca seca y en búsqueda de algo de agua para saciar la sed.

A veces decide el cerebro, a veces decido yo. Y yo decido quién decide.

Mi cerebro es un maestro en las artes de dejarlo todo para mañana. Ya es tarde, me dice. Ya no vale la pena que empieces algo, total escribes mejor por las mañanas, para que vas a desperdiciar tu energía ahora. Mejor esperar a mañana.

La diferencia a esta mañana es que ahora estoy descansada. El descanso ha removido algunas conexiones en mi cabeza y aunque a mi cerebro no le gusta mucho la idea de esforzarse (es su naturaleza buscar lo fácil para ahorrar energía, así que no le culpo) al final me sigue la corriente y juntos eliminamos algunas de las tareas del día.

El ingrediente secreto: tus prioridades

A veces creo que mi cerebro es especialmente necio. No hay día que no me cuestione en algunas de mis actividades. Que si realmente quiero levantarme a esta hora, que si no quiero mirar el Facebook primero, que si una siesta no ha hecho daño a nadie, que si siempre puedo dejar las cosas para mañana… le encanta discutir conmigo y solo hay una cosa que le puede para los pies (o los pliegues cerebrales?): las prioridades pre-establecidas.

Resulta que mi cerebro solo discute conmigo cuando ve alguna debilidad en cuánto a las cosas que quiero hacer. Cuando hay dos opciones o más, entonces automáticamente presenta su tercera opción (de no hacer nada) e insiste en que le incluya en la discusión. Sin embargo, cuando hay prioridades fijas, pre-establecidas, entonces no se pronuncia. Sabe que es inútil, porque fue él mismo que decidió las prioridades conmigo. Y como es un poquito perezoso, no le parece nada inteligente discutir la misma cosa dos veces.

Así que a veces le dejo “ganar” y me dedico a la pereza para que pueda descansar y reforzar las conexiones neuronales necesarias. Una vez refrescada, es hora de mirar nuevamente la lista de tareas y recordar a mi cerebro que no lo hago porque si, sino porque hay una razón por detrás. Un objetivo que a él también le pareció bien.

Y así a veces escribo una entrada a las 7 de la tarde.


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