Apenas te miré, quizá, porque yo tampoco estaba acostumbrado al lenguaje de las palabras. No me extrañó desconocer tu nombre, como tampoco necesité adivinar qué se escondía detrás de tu mirada. Sin embargo, en la estrechez del ascensor —y mientras te cogía la mano—, me atreví a decirte: «elevamos sueños sin saber a dónde nos llevarán». Pero tú, acostumbrada como estabas a los halagos de los desconocidos, me contestaste —con un gesto de desdén propio de las musas—, que no estabas interesada en algo que no habías deseado.Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel
Revista Arte
Apenas te miré, quizá, porque yo tampoco estaba acostumbrado al lenguaje de las palabras. No me extrañó desconocer tu nombre, como tampoco necesité adivinar qué se escondía detrás de tu mirada. Sin embargo, en la estrechez del ascensor —y mientras te cogía la mano—, me atreví a decirte: «elevamos sueños sin saber a dónde nos llevarán». Pero tú, acostumbrada como estabas a los halagos de los desconocidos, me contestaste —con un gesto de desdén propio de las musas—, que no estabas interesada en algo que no habías deseado.Microrrelato de Ángel Silvelo Gabriel
Sus últimos artículos
-
François ozon, el extranjero: la ausencia de esperanza
-
Mis mejores lecturas del año 2025
-
Joachim trier, valor sentimental: el peso del amor sobre el arte
-
Teatro tribueñe, la gaviota de antón chéjov dirigida por irina kouberskaya: la verdad del arte sobre las emociones
