Revista Arquitectura

La peor actuación

Por Arquitectamos
En pleno verano siempre me apetece hablaros de jazz, pero hoy en vez de comentaros alguna pieza mítica o decir algo de algún músico importante os voy a contar un cuento que escribí hace tiempo. Está muy vagamente inspirado en una actuación tristemente famosa de varios de los mejores músicos de su momento, pero que no tuvieron su mejor noche. La he deformado mucho, a mi gusto, y me he inventado lo que he querido, pero a pesar de ello creo que los muy aficionados al jazz la podréis reconocer. A ver si os gusta.
La peor actuación Fotograma de Bird (1988), de Clint Eastwood
LA PEOR ACTUACIÓN
Las luces se hicieron más tenues y un cañón iluminó el pequeño escenario. El dueño, emocionado y orgulloso por haber conseguido a tan buenos músicos, apareció en el círculo de luz y dijo:
–Señoras y señores: El New Rose Club se complace en presentarles... ¡al gran Tommy Francis y a su grupo!
Los asistentes rompieron a aplaudir y el gran Tommy Francis hizo una vagarosa entrada, deambulando por el escenario, perdido. Tras él entraron los miembros de su banda.
Con los ojos acuosos, Tommy intentó otear la sala por si descubría a su proveedor, pero el cañón era demasiado potente como para ver algo. Le hacía daño la luz y estaba mareado. Así que tomó el micrófono y, en vez de saludar como era de rigor, dijo, simplemente:
–Rex, te llevo esperando media hora en el camerino. Si estás ahí haz el puñetero favor de subir.
Los desconcertados espectadores miraron en derredor, a ver quién se levantaba y acudía, pero nadie lo hizo. Tommy, tras unos minutos de vana espera, se dirigió a sus músicos.
–Así no puedo tocar.
No podía pensar en otra cosa. Rex le había fallado. Había quedado en ir allí media hora antes y no había aparecido. Desde luego, él así no podía tocar.
Sus compañeros no estaban mucho mejor: Robie Robson, el pianista, se había bebido en el camerino dos botellas de bourbon (no eran las únicas del día, por supuesto), y sonreía estúpidamente, borracho perdido, mirando ensimismado las teclas del piano. Henry Perkins, el batería, algo menos bebido, tenía toda su atención puesta en una chica que se sentaba al fondo. Lowell Louis, al contrabajo, estaba casi bien. Y Harry, el trompeta, ni siquiera había venido.
Pasaban los minutos y la música no empezaba. El público se empezaba a poner nervioso, y al fin Lowell, puesto que el líder no decía nada, insinuó:
–¿Empezamos con Sweet Lorraine?
–¡Yo así no puedo! –dijo Tommy.
–¿Y qué hacemos?
–¡Yo qué sé! ¡Yo así no puedo!
–¿Entonces?
–De acuerdo. Sweet Lorraine.
La canción empezaba (debía empezar) con unos acordes al piano, pero Robie estaba demasiado absorto en la contemplación del teclado como para hacer nada. Le preocupaba la irregular alternancia de teclas blancas y negras, que, como si ahora las viera por primera vez, le sugerían nuevas escalas posibles. Era muy curioso, sí. Era una estructura endiablada, la de la música. También pensaba en el ajedrez (el teclado era el desarrollo lineal del tablero), considerando que tal vez, si estuviera más despierto, podría analizar ciertas maniobras del juego desde el punto de vista armónico.
Henry, muy divertido, hacía gestos obscenos a la chica –sin que ésta, a su juicio, mostrara repugnancia–. Dejó la batería para sacar a Robie de sus abstrusas disquisiciones dándole una amistosa patadita en el culo para que empezara. Por efecto de la sorpresa, el pianista dio un manotazo al teclado. Henry rompió a reír y Robie siguió aporreando las teclas a manotadas, también riendo, descubriendo armonías que al parecer sólo él sabía apreciar.
Dando por buenos los manotazos de Robie, Henry tomó el mando de su batería y le siguió la corriente. Lowell y Tommy no podían o no querían hacer su parte, y así continuó durante un minuto el estrafalario dúo de piano y percusión.
Los dedos de un músico tienen memoria e inteligencia propias. Los de Robie, ignorando el estado mental de su dueño, acabaron por encontrar las armonías de Sweet Lorraine. Lowell anotó con su contrabajo, y Tommy, como un escupitajo, lanzó una frase frenética con su saxo y se lo quitó repentinamente de la boca como si le diera asco. Fue la peor interpretación de Sweet Lorraine (y la más corta) que se haya oído jamás.
Por el fondo de la sala entró Rex, por fin, y se dirigió hacia el escenario. Tommy le vio venir, y su excitación llegó al límite. Los segundos que tardó Rex en llegar se le hicieron eternos.
–¡Venga, venga! ¿La traes?
–Sí. Me ha costado un horror. Cada vez es más difícil.
–Bah. Cállate. Prepárame la dosis. Venga.
–¿Aquí?
–Sí, sí.
–Estás loco. Vamos al camerino.
–No puedo. Aquí.
–Aquí no. Nos jugamos la cárcel.
–Dámela y vete.
–La pasta
–¡Dámela!
–La pasta, Tommy.
–Me pagan luego. Espérate.
–Espérate tú, entonces.
Aprovechando la pausa, y para impresionar a la chica, Henry se marcó un solo de batería sin venir a cuento. Se contoneaba, se levantaba de su asiento y golpeaba los platillos moviendo la pelvis como si fornicara. Muy contento, miraba a la chica y se relamía los labios. Guiñaba los ojos y jadeaba.
Rex se fió de Tommy y quedó en ir a su camerino a preparar la jeringuilla y traérsela en un minuto. Los segundos pasaban y se le hacían interminables. Desesperado, frenético, se puso a soplar el saxo como quien se come las uñas. Henry seguía golpeando la batería, Robie repetía los acordes de Sweet Lorraine que tanto trabajo le había costado encontrar, y Lowell contrabajeaba como podía, intentando acordar soplidos, golpes y tecleos.
Desde el fondo del escenario, asomándose lo menos posible, Rex llamó a Tommy, y éste fue corriendo a su encuentro. Le arrebató la jeringuilla y, dando la espalda al público, aislado en la penumbra del fondo, se quitó la corbata y se la anudó al brazo, tensándola con los dientes. Abrió y cerró la mano hasta hallar la vena y se la perforó por enésima vez. La lenitiva y ardiente dosis entró en él. Suspiró.
El dueño del local, horrorizado, llamó a la policía.
El efecto de la droga debió de ser instantáneo. O, tal vez, sólo de pensar que ya se la había metido, Tommy se quedó satisfecho. Recorrió en tres zancadas el escenario hasta llegar al frente. Con seguridad, ordenó: “Evening Blues”, y, sin dar tiempo para que los demás suspendieran su infernal cacofonía, sopló animosamente.
Lowell Louis le siguió. Henry Perkins, fastidiado por dejar de ser el protagonista a los ojos de la chica, también se unió. Robie Robson, impertérrito, seguía con Sweet Lorraine.
Tommy hizo un break y ralentizó el tempo. Durante unos segundos hizo un silencio suspensivo, que debía servir para acometer a continuación otra tonalidad con un ritmo trepidante. El efecto fue abortado por el contumaz machaqueo de Sweet Lorraine al piano. Tommy, indignado, le gritó:
–¡Maldito borracho! ¡Estamos tocando Evening Blues!
Se fue hacia él y dejó caer la tapa del teclado sobre sus manos. Robie lanzó un aullido de dolor que tuvo la virtud de transformar la ira de Tommy en hilaridad. Se tronchaba de risa mientras Henry guiñaba los ojos y hacía visajes y torceduras de boca a la chica del fondo y Lowell Louis los miraba a todos con fastidio.
Tommy, completamente fuera de sí, riendo a carcajadas, se desabrochó la bragueta y orinó sobre los espectadores más próximos. Se quedó muy aliviado. Al ver su consternación se cayó al suelo, roto por el ataque de risa.
Tras el primer momento de sorpresa, los espectadores mojados asaltaron el escenario. Tommy se defendió a saxofonazos. Robie Robson dormía ahora plácidamente, con la cara sobre la tapa del teclado y los brazos colgando inertes, y Lowell Louis se zafaba del público asegurando que no conocía de nada a Tommy, que le habían contratado sólo para la ocasión y que estaba harto de sus compañeros, gentuza con la que no tenía nada que ver. Mientras tanto, Henry, aprovechando la confusión, había saltado a la sala e iba decididamente al encuentro de su chica. Por el camino golpeaba las mesas con sus baquetas mientras daba saltitos y hacía toda clase de monerías.
Entonces apareció la policía y detuvo a todos los que estaban en el escenario: A Tommy, que enarbolaba el saxofón roto (justo ahora recordaba que no era el suyo, que el suyo estaba empeñado y éste se lo habían prestado); a Lowell, que insistía en que no era responsable de nada; a Robie, que seguía roncando (se lo tuvieron que llevar a cuestas entre tres; pesaba mucho), y a dos espectadores que olían a meado.
Desde una de las últimas mesas, con el brazo derecho sobre los hombros de la chica (y el izquierdo iniciando su ataque estratégico al pecho), Henry les vio partir. Muy contento, le susurró algo al oído.
–¿Eso? Eso te costará diez pavos.
–¡Diez! ¡Qué casualidad! ¡Es lo que me pagan esta noche! ¿No es maravilloso?
–Esta noche no creo que te paguen.
–¿Por qué?
–¿Con la que habéis armado?
–¿Qué hemos armado? Hemos hecho nuestro trabajo, y ahora me he ganado un descansito, ¿no?
–¿De verdad te pagan diez dólares por tocar así?
–¿Así, cómo?
–Así.
–Escucha, nena; nosotros somos artistas.

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