Revista Arquitectura

La señora y Bachelard

Por Arquitectamos
Esta mañana han salido por la radio unas cuantas mujeres mayores que viven solas y que se defienden bastante bien en este duro confinamiento que estamos pasando. Han hablado de las muestras de cariño y buena vecindad consistentes en que siempre hay alguien que les deja el pan y la leche en la puerta (benditos sean), y de las diarias conversaciones por teléfono con los nietos.
La que más me ha llamado la atención ha sido una señora de más de noventa años (creo que ha dicho noventa y dos), que se levanta, ventila, hace la cama, desayuna... por las tardes sale al balcón a aplaudir y hay unas luces azules (deben de ser las de la policía) que le encantan. Ve la tele, lee alguna revista...
La señora y Bachelard Albert Anker. Anciana leyendo
Debe de ventilar mucho, porque lo ha vuelto a decir después de leer la revista. Ha confesado que estaba hablando desde su dormitorio; seguramente sentada sobre la cama. Aunque una viva sola y nadie la moleste en ninguna habitación, parece que para las llamadas importantes se está más concentrada en el cuarto que en la sala.
Ha hecho mucho hincapié en las luces que entran por las ventanas y por el balcón y ha rematado con: "Es que tengo una casa preciosa".
Bravo, bravo, bravo. Me levanto a aplaudir. Plas, plas, plas.
En estos días de confinamiento obligado por la maldita pandemia muchos veremos cuánta tontería tenemos en casa, y algunos qué completa tontería es su casa entera. En el estado de alienación que nos caracteriza acaso ni seamos capaces de advertirlo, pero aun así lo estamos padeciendo. Ojalá esto nos sirviera para reflexionar sobre cómo habitamos.
Del discurso de esta señora se desprendía que su casa no es que fuera grande, ni que tuviera lujos. No. Tenía una luz muy bonita. Estoy seguro de que tiene tapetes y adornos de ganchillo, macetas con geranios, figuritas varias y más chorradas, pero también lo estoy de que los tapetes los ha hecho ella misma, los geranios están cuidados con mimo y las figuritas son regalos de sus hijos y de sus nietos a la vuelta de sus vacaciones. Y también de que todo ello configura un hogar. Un hogar. Un "sitio en el mundo".
¿No eran preciosas las casas de nuestras abuelas? Todas. Tanto la vieja vivienda destartalada del pueblo, pobre y desconchada, pero con un patio enorme y una parra de sombra, como el piso del extrarradio de la gran ciudad al que se vinieron en los años sesenta y al que no llegó el metro hasta varias décadas después. Pisos pobres, sin ascensor(1) ni comodidades, y con una vecindad que tuvieron que ir haciendo ellas mismas de golpe según iban llegando.
Obviamente, una casa con terrazas y todo tipo de complementos da más comodidad (y también más guerra) que un zulo mínimo. Eso por descontado, pero a lo que me refiero -y lo he visto en esta señora- es al acto de habitar, al cariño de vivir tu casa.
Me viene a la mente, por supuesto, la Poética del espacio, de Gastón Bachelard: cada detalle de la casa como elemento de vivencia y de emoción, de fascinación, de miedo, de anhelo, de placer, de ensoñación, de misterio, de paz, de inquietud... y lo comparo con las frías especificaciones de los promotores, con la tonta enumeración de elementos "de lujo". ¿Ha hecho alguien alguna promoción que no fuera de "viviendas de lujo"? Un lujo barato, estúpido y sórdido, un lujo de quiero y no puedo, que no nos ha abierto nunca las puertas del "gran mundo" ni de la "alta sociedad", estaría bueno, pero que nos ha quitado para siempre nuestras raíces cutres y vividas y nos ha dejado alienados en medio del desierto y desorientados para siempre.
La señora que ha hablado hoy por la radio, la dama bachelardiana, nos ha contado que ventila la casa, que aunque en este momento esté hablando sentada en la cama tiene una bonita sala con televisión y con alguna revista, y que por sus ventanas y balcón entra una luz muy bonita. Porque, en definitiva, tiene una casa preciosa.
______________________________ (1).- Lo de "sin ascensor" es una enorme faena. En los 1960s eran jóvenes y no le daban demasiada importancia a esa carencia, pero casi sesenta años después en muchos casos les es imposible utilizar las escaleras y se ven confinadas ya para siempre.

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