Revista En Femenino

Lejos pero no ausentes:

Por Coachingparamamas

lo que se siente cuando tu país se derrumba y tú no puedes hacer nada

Hay un tipo de dolor que no tiene nombre claro en español, pero que millones de venezolanos están sintiendo exactamente ahora: ver a tu país derrumbarse en una pantalla, con el corazón hecho pedazos y las manos completamente vacías.

No estuviste ahí cuando tembló. No puedes abrazar a tu mamá, ni cargar escombros, ni llevarle agua a nadie. Estás aquí, en otro país, con otra hora, viendo fotos de calles que conoces convertidas en ruinas, mandando mensajes que a veces no llegan porque no hay señal, y sintiendo una mezcla rarísima de gratitud por estar a salvo y culpa por estar a salvo.

Si esto es lo que estás sintiendo, quiero decirte algo antes de seguir: lo que tienes no es exageración, ni dramatismo, ni una reacción desproporcionada para alguien que «ya no vive allá». Tiene nombre, tiene explicación, y sobre todo, tiene forma de sostenerse sin que te destruya por dentro.

Por qué esto duele tanto, aunque estés «a salvo»

La psiquiatría que estudia los procesos migratorios describe algo llamado duelo migratorio: el proceso emocional de haber dejado atrás tu país, tu gente, tu idioma cotidiano, tu identidad construida en un lugar que ya no habitas físicamente pero que sigue viviendo en ti. Cuando ese país sufre una tragedia de esta magnitud, ese duelo que muchas veces estaba en pausa, adormecido, manejado, se reactiva con una intensidad que sorprende incluso a quien ya creía tener «todo resuelto» con su proceso migratorio.

Hay un concepto más extremo, descrito por el psiquiatra Joseba Achotegui, llamado síndrome de Ulises: el desgaste emocional de quienes viven en estrés crónico por las condiciones de su migración. No todos los venezolanos en el exterior lo desarrollan, pero los elementos que lo componen —incertidumbre, desarraigo, distancia de la familia, sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar— se intensifican brutalmente en momentos como este.

A esto se suma algo muy concreto y muy humano: la culpa del migrante. La culpa de estar bien mientras tu gente sufre. La culpa de no poder «hacer más». La culpa de sentir alivio por no haber estado ahí, seguida inmediatamente por la culpa de sentir ese alivio. Este ciclo de culpa y desesperación es uno de los patrones emocionales más documentados entre quienes migraron buscando dar una vida mejor a los suyos y ahora, en una crisis, se sienten doblemente impotentes: no pudieron evitar que esto pasara, y no pueden estar presentes para ayudar a sostenerlo.

Lo que sí es real: estás viviendo esto con tu cuerpo, no solo con tu mente

Si en estos días te cuesta dormir, si estás pegada al teléfono de manera casi compulsiva revisando noticias y grupos de familia, si sientes el pecho apretado, si te cuesta concentrarte en el trabajo o en tus hijos, si lloras sin avisar o, al contrario, sientes una especie de entumecimiento raro donde no sientes «lo suficiente» y eso te genera más culpa todavía: todo esto es una respuesta normal del sistema nervioso ante una amenaza percibida hacia tu gente, aunque tu cuerpo esté en otro país. El estrés traumático no respeta fronteras ni visas.

Esto también afecta a tu familia, no solo a ti. Si tienes pareja, hijos, una rutina que sostener, es probable que estés intentando funcionar «normal» de cara afuera mientras por dentro estás en otra parte completamente. Eso es agotador, y es importante que lo nombres, al menos para ti misma.

Qué hacer con esta impotencia (sin frases bonitas)

No te voy a decir que «lo material se recupera» porque, conociendo la realidad venezolana, eso no es necesariamente cierto. Un país con una infraestructura ya deteriorada, con un sistema de salud que llevaba años sin la inversión necesaria, no se reconstruye con la velocidad ni con los recursos que tendría otro país en otras condiciones. Decir «ya verás que todo se recupera» le hace un flaco favor a la gravedad real de lo que está pasando, y tú lo sabes mejor que nadie.

Tampoco te voy a decir que «todo va a estar bien», porque no lo sabes, y fingir que sí solo te aísla más de lo que realmente sientes.

Lo que sí te puedo ofrecer son formas reales de sostener esto.

1. Convierte la impotencia en acción concreta, aunque sea pequeña

La sensación de no poder hacer nada es de las más difíciles de sostener psicológicamente. Por eso, aunque no puedas viajar ni estar físicamente presente, hacer algo concreto —enviar dinero a una organización verificada, conectar a alguien con un centro de acopio, compartir información de personas desaparecidas, donar a una ONG con presencia real en territorio como Médicos Sin Fronteras o Cáritas Venezuela— no resuelve la tragedia, pero sí le da a tu sistema nervioso una sensación de agencia que la pasividad no ofrece. No es que «hacer algo» borre el dolor. Es que te recuerda que no eres completamente impotente, aunque la distancia lo haga sentir así.

2. No te exijas estar «disponible» emocionalmente todo el tiempo

Revisar las noticias cada cinco minutos no te acerca más a tu gente ni cambia lo que está pasando. Te agota. Está bien, y es necesario, poner límites de tiempo a la exposición a noticias e imágenes, aunque sientas que «desconectar» es una traición a quienes están sufriendo allá. No lo es. Cuidar tu sistema nervioso es lo que te va a permitir sostener esto durante el tiempo que haga falta, porque esto no se resuelve en una semana.

3. Habla con otros que entienden esto sin que tengas que explicarlo todo

El duelo migratorio se sostiene mejor en comunidad que en soledad. Buscar espacios —grupos de paisanos, comunidades de venezolanos en tu ciudad, incluso espacios online— donde no tengas que explicar por qué te afecta tanto algo que «no te pasó a ti directamente» es una forma legítima y poderosa de cuidado. Hay un alivio específico en estar con alguien que también entiende lo que es ver tu país en ruinas desde una pantalla en otro idioma, otro horario, otra vida.

4. Cuida cómo esto le llega a tus hijos

Si tienes hijos, es probable que estén absorbiendo tu angustia aunque no la nombres. Los niños perciben el nivel de tensión de sus padres incluso cuando los adultos creen estar «disimulando bien». No se trata de ocultarles que estás triste —mostrar emoción real frente a tus hijos es sano y humano—, sino de no convertirlos en el único lugar donde tu angustia se descarga. Busca, además de a ellos, un adulto, un terapeuta, un espacio donde puedas soltar lo que realmente sientes sin medir el impacto en alguien más pequeño que tú.

5. Permite que la culpa exista, pero no la dejes mandar

La culpa de estar a salvo mientras tu gente sufre es casi universal en estas situaciones. No tienes que resolverla ni convencerte de que «no deberías sentirla». Pero sí puedes notar cuándo esa culpa te está paralizando en vez de movilizarte, y ahí es donde vale la pena, si puedes, hablarlo con un profesional. No es debilidad. Es exactamente lo contrario: es cuidar tu salud mental para poder seguir siendo un sostén real para quienes te necesitan, allá y aquí.

6. Acepta que no vas a estar «bien» en el sentido convencional por un tiempo

No hay un cronograma correcto para esto. No es razonable esperar volver a tu rutina normal de un día para otro porque «ya pasó lo peor» en las noticias. La fase aguda de cobertura mediática termina, pero el duelo, tanto el de quienes perdieron algo directamente como el de quienes lo viven desde la diáspora, sigue su propio tiempo. Permítete eso sin exigirte una recuperación con fecha límite.

Lo que falta decir: esto no se sostiene en soledad, y no tiene por qué

Hay algo que quiero nombrar con todas sus letras, porque creo que es donde más se desestima lo que vive la diáspora: la idea de que como «no estuviste ahí», tu duelo es de segunda categoría, algo que deberías poder manejar sola, en silencio, sin molestar a nadie con eso. Eso no es verdad, y sostenerlo así te puede estar costando mucho más de lo que parece.

Lo que de verdad ayuda a atravesar un duelo colectivo no es la fuerza de voluntad individual. Es la estructura de apoyo. Y eso se puede construir, incluso desde la distancia.

Grupos de apoyo entre paisanos, no solo grupos de noticias. Hay una diferencia enorme entre un grupo de WhatsApp que solo reenvía noticias y cifras —que termina siendo más una fuente de hiperestimulación que de alivio— y un espacio, aunque sea pequeño, donde un grupo de venezolanos se reúna (presencial u online) específicamente para hablar de cómo están, no de qué está pasando allá. Si no existe ese espacio en tu ciudad o tu comunidad, una opción real es crearlo: una llamada semanal de una hora con otras tres o cuatro personas que entiendan esto sin que tengas que justificar por qué te afecta tanto. No necesita ser terapéutico en el sentido formal. Necesita ser constante y necesita ser un lugar donde decir «hoy no puedo más» no requiera explicación.

Apoyo psicológico especializado en duelo migratorio y trauma colectivo, no solo «terapia general». No toda terapia está preparada para esto. Si buscas ayuda profesional, vale la pena preguntar directamente si el psicólogo o psicóloga tiene experiencia con duelo migratorio, estrés traumático secundario o trabajo con comunidades en diáspora. Hay colegios de psicología en varios países que han activado líneas de atención gratuita o de bajo costo específicamente para la crisis venezolana en estos días; vale la pena buscar si tu país de residencia tiene alguna activa ahora.

Espacios de duelo colectivo, no solo individual. Algunas comunidades venezolanas en el exterior están organizando encuentros —una misa, una reunión, un círculo para hablar, incluso una videollamada abierta— específicamente para llorar esto juntos. Si existe uno cerca de ti, ir no es «hacer un drama». Es darle a tu cuerpo y a tu sistema nervioso algo que la soledad no puede darte: la sensación de estar acompañada en algo que es, literalmente, una pérdida compartida por millones de personas a la vez.

Si no existe ese espacio, lo puedes proponer tú. No subestimes el efecto de un mensaje simple en tu grupo de venezolanos: «¿Armamos un espacio para hablar de cómo estamos con esto, no solo de las noticias?». Es muy probable que varias personas estén esperando exactamente eso, sin saber cómo pedirlo.

La idea de que la diáspora debe procesar esto «desde fuera» y en silencio, como si su dolor fuera menos urgente que el de quienes están en territorio, es parte de lo que hace que tantos venezolanos en el exterior carguen esto solos durante meses. No tiene que ser así. Pedir o construir un espacio de apoyo no es egoísmo frente a quienes lo están viviendo de forma más directa. Es lo que te permite seguir siendo un sostén real para ellos, en vez de quemarte por dentro intentando sostenerlo todo sola.

Una verdad incómoda, pero necesaria

No vivir en Venezuela no te exime de este dolor, y vivir lejos no te hace menos venezolana. La distancia geográfica no equivale a distancia emocional, y cualquiera que te diga «pero tú ya estás bien, allá» no entiende lo que es cargar dos países dentro de uno mismo al mismo tiempo.

Lo que sí es cierto es que no puedes sostener esto sola, ni deberías intentarlo. Ni tampoco puedes sostenerlo solo con fuerza de voluntad, porque esto no es un problema de actitud: es una respuesta humana, real, medible, ante una pérdida colectiva enorme.

Estás lejos. Pero no estás ausente. Y tu dolor, aunque sea desde otro continente, es completamente legítimo.


Si sientes que esta angustia te está superando, que no puedes dormir, concentrarte o funcionar en tu día a día desde hace varios días, buscar apoyo psicológico profesional es un acto de cuidado, no una señal de debilidad. Muchos psicólogos especializados en duelo migratorio ofrecen primeras consultas a bajo costo o gratuitas en momentos de crisis colectiva. No tienes que atravesar esto sin acompañamiento.

La entrada Lejos pero no ausentes: se publicó primero en Coaching para Mamás.

La entrada Lejos pero no ausentes: se publicó primero en Coaching para Mamás.


Volver a la Portada de Logo Paperblog