Hay recuerdos también en esta casa, aunque solo haya estado tres veces aquí. El suelo de madera clara, la mesa contra una pared, el altavoz con luces de colores, los dos siempre cerca en el sofá, él colocando mis piernas sobre las suyas.
Supongo que en realidad no son recuerdos, sino visiones del futuro que podría haber sido. Imaginarnos viviendo juntos, nuestro hogar bonito lleno de risas y música.
-Las cosas ya no se viven tanto. ¿Crees que ya no se puede sentir igual que antes? -le pregunto entre cerveza y cerveza.
El alcohol me pone melancólica y las canciones de nuestra playlist conjunta suenan tristes.
-Supongo que es lo normal a medida que te haces mayor -responde él.
-Quizá nos quieren hacer creer eso, que ya no se puede sentir igual, para que nos conformemos.
Se repite el mismo patrón, vamos a su habitación, me presta una camiseta, no nos hemos besado en toda la noche, nos abrazamos para entrar en calor. Las baldosas del suelo de su habitación están frías. Esta vez quiero que lo haga, que me empiece a besar y me toque, que se acerque, que se aleje para alargar el placer. Y cuando pasa, sin querer me siento desconectada, no estoy disfrutando del momento, no estoy ahí, y cuanto más empeño le pongo en volver, más me alejo.
Solo pienso: Esto antes no se sentía así.
Pero después me siento a salvo en sus brazos, en su olor, es la comodidad de lo conocido, de alguien que te va a querer toda la vida y estará si le necesitas. Da pena pensar que se acabó, pero se acabó. Da pena verle aún con sus demonios, una sombra cruzándole la cara.
Por la mañana, me fijo más en las cosas mientras se ducha, en el olor de sus sábanas, lo luminosa que es su habitación, aunque en ella solo cabe la cama y un armario
La resaca le pone rancio, que le solía decir yo. Le pregunto que cómo le ha hecho sentir nuestro error. Luego, lo de siempre, “¿cómo estás?”, pero el de verdad, no el que se dice para que te respondan que bien. Sé que le hago reír con mis ocurrencias y que le saco un poco de quicio porque soy lenta y llego tarde a los sitios y le hago llegar tarde a él también. Le pido un beso de despedida porque eso sí que no ha cambiado, los mejores besos de mi vida.
Salgo el sábado, no paso por casa el domingo y supongo que por eso no pienso demasiado en lo ocurrido, por eso ahora me siento a escribirlo, para ver cómo me siento. Y la respuesta es no lo sé. Diferente.

