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Reseña: «La sonrisa etrusca», de José Luis Sampedro

Publicado el 20 julio 2026 por Delecturaobligada @DelecturaOblig

El clásico de José Luis Sampedro que sigue emocionando a generaciones con una poderosa lección sobre la vida y la vejez.

Por: Alberto Berenguer / Instagram: @tukoberenguer; @delecturaobligada

Reseña: «La sonrisa etrusca», de José Luis Sampedro

Pocas novelas de la literatura española contemporánea han conseguido abordar la vejez, la enfermedad y la muerte con la serenidad y el optimismo de La sonrisa etrusca. José Luis Sampedro construye una obra profundamente humanista que invita al lector a reflexionar sobre el sentido de la existencia desde una perspectiva alejada del dramatismo y cercana a la reconciliación con la vida. Lejos de presentar una historia centrada exclusivamente en la enfermedad de su protagonista, el autor desarrolla una reflexión sobre la capacidad del ser humano para cambiar, amar y descubrir nuevos motivos para vivir incluso cuando el horizonte parece acortarse. Publicada en 1985, pero llegada a mis manos hace unas semanas gracias a la Editorial Debolsillo, la obra sigue conservando una extraordinaria capacidad para emocionar porque habla de asuntos que siguen muy presentes: el amor, la familia, el paso del tiempo, la vejez y la muerte. Pero, sobre todo, habla de la vida.

José Luis Sampedro no escribió una novela triste sobre un anciano enfermo. Escribió una luminosa historia sobre la posibilidad de cambiar hasta el último instante, de descubrir nuevos afectos cuando parece que ya no queda nada por aprender y de aceptar el final de la existencia sin dejar de celebrar cada día vivido. Esa diferencia convierte La sonrisa etrusca en una de las grandes novelas de la literatura española contemporánea.

El protagonista, Salvatore Roncone, es uno de esos personajes que resultan inolvidables desde las primeras páginas. Orgulloso, impulsivo, testarudo y profundamente ligado a las tradiciones de su Calabria natal, representa a una generación acostumbrada a sobrevivir gracias al esfuerzo, al trabajo y a unas convicciones que apenas admiten discusión. Su traslado a Milán por motivos de salud supone mucho más que un cambio de residencia. Significa el encuentro con un mundo completamente distinto al que siempre había conocido y del que intenta cuestionar y rechazar. Ese choque entre tradición y modernidad constituye uno de los grandes aciertos de la novela.

Sampedro evita presentar ambos modelos como irreconciliables. No idealiza el pasado ni condena el presente. Lo que realmente le interesa es mostrar cómo dos maneras distintas de entender la vida pueden dialogar y enriquecerse mutuamente. La ciudad simboliza el progreso, la comodidad y una sociedad mucho más individualista. El viejo campesino representa la memoria, la experiencia y una forma de vivir donde los vínculos familiares tienen un peso esencial. Entre ambos extremos se desarrolla un conflicto lleno de matices que continúa resultando sorprendentemente actual cuatro décadas después de la publicación del libro.

Pero si existe un elemento capaz de transformar completamente la historia es la relación entre el abuelo y su nieto. José Luis Sampedro convierte ese vínculo en el auténtico corazón emocional de la novela. El niño no solo despierta la ternura del protagonista; también le devuelve la capacidad de sorprenderse, de jugar y de contemplar el mundo con una mirada limpia. Es difícil encontrar en la literatura una descripción tan delicada del amor entre generaciones. Lejos del sentimentalismo, el autor construye una relación basada en pequeños gestos cotidianos que terminan adquiriendo un enorme significado. El lector comprende que el verdadero legado de una persona no siempre consiste en aquello que deja escrito o en los bienes que acumula, sino en el cariño que transmite.

Otro aspecto especialmente interesante es la manera en que Sampedro retrata la vejez. Frente a una sociedad que con frecuencia identifica el envejecimiento con la pérdida, la dependencia o la inutilidad, La sonrisa etrusca reivindica una visión mucho más rica y compleja. Su protagonista continúa creciendo como ser humano, sigue enamorándose, modifica sus opiniones y descubre facetas de sí mismo que permanecían ocultas. La novela desmonta numerosos prejuicios sobre las personas mayores. Nos recuerda que la edad no elimina la capacidad de amar, de emocionarse o de iniciar nuevas etapas. En tiempos donde el envejecimiento de la población española ocupa cada vez más espacio en el debate público, el mensaje de Sampedro adquiere una relevancia extraordinaria en la actualidad.

También resulta admirable la naturalidad con la que el autor aborda la enfermedad. En ningún momento convierte el sufrimiento en un espectáculo destinado a conmover al lector. La enfermedad forma parte de la historia, pero nunca la domina. Lo verdaderamente importante no es el deterioro físico, sino la transformación interior que experimenta el protagonista. Esa mirada serena constituye una de las mayores virtudes del libro. Sampedro escribe sobre la muerte sin dramatismos innecesarios y sin falsas consolaciones. La presenta como una realidad inevitable que puede afrontarse con dignidad, lucidez e incluso con una sonrisa. De ahí el profundo simbolismo del título, inspirado en las esculturas funerarias etruscas cuyos rostros reflejan una aceptación tranquila del destino.

La novela destaca por una prosa elegante, limpia y profundamente accesible. José Luis Sampedro posee la rara habilidad de expresar ideas filosóficas complejas mediante escenas sencillas y diálogos naturales. No necesita discursos extravagantes para hablar del sentido de la existencia. Le basta una conversación familiar, un paseo por la ciudad o un instante compartido para transmitir reflexiones de enorme profundidad. Su estilo demuestra que la buena literatura no depende del uso de palabras complejas, sino de la autenticidad con la que observa la condición humana. Cada personaje resulta reconocible porque todos están construidos desde la comprensión, incluso cuando muestran defectos evidentes. Nadie aparece reducido a un simple estereotipo.

Uno de los mayores méritos de La sonrisa etrusca consiste precisamente en esa capacidad para emocionar sin manipular. En una época donde muchas novelas buscan el impacto inmediato, Sampedro apuesta por una emoción pausada que nace del desarrollo de los personajes y de la verdad que contienen sus relaciones. El lector termina implicándose porque reconoce en ellos conflictos universales como el miedo al paso del tiempo, la dificultad para expresar los sentimientos o la necesidad de sentirse querido. Por ello, la vigencia de la novela resulta incuestionable. Las cuestiones que plantea siguen ocupando un lugar central en nuestras sociedades: el envejecimiento, la soledad, los cambios familiares, el diálogo entre generaciones o la búsqueda de sentido en un mundo cada vez más acelerado. Pocas obras consiguen mantener esa capacidad de llamar la atención del lector con independencia de la época en que fueron escritas.

Más allá de la historia concreta de sus personajes, el libro invita a detenerse y preguntarse qué significa realmente vivir bien. ¿Es la juventud el momento más importante de la existencia? ¿Puede alguien reinventarse cuando parece que ya todo está decidido? ¿Qué permanece cuando desaparecen la fuerza física, el trabajo o las certezas de toda una vida? Sampedro no ofrece respuestas cerradas, pero sí propone aceptar el cambio, cuidar los afectos y valorar la vida mientras todavía estemos a tiempo de hacerlo.

En definitiva, una obra imprescindible de la narrativa española contemporánea y, sin duda, una novela de lectura obligada para quienes buscan historias capaces de emocionar y dejar huella.


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