Revista Cultura y Ocio

Saltar al agua

Publicado el 16 marzo 2012 por Rojotransitorio @rojotransitorio
Saltar al agua

Saltar al agua

Saltar al aguaCuando el viajero tenía diez años,
su madre lo obligó a hacer un curso de educación física.
Uno de los ejercicios consistía en saltar de un puente al agua.

Se moría de miedo. Se quedaba en el último lugar de la cola,
y sufría cada vez que uno de los otros niños saltaba delante de él,
porque en breve llegaría el momento de su salto.

Un día, el profesor, al ver su miedo, lo obligó a saltar el primero.
Tuvo el mismo miedo, pero pasó tan rápido que empezó a tener coraje.

Dice el maestro:

Muchas veces hay que darle tiempo al tiempo.
Otras veces, hay que remangarse y resolver la situación.
En este caso, no existe peor cosa que retrasarlo.Saltar al agua

Extracto de Maktub (Paulo Coelho)

Preocupaciones

Las preocupaciones nos roban energía. Incluso, en ocasiones, nos paralizan. De hecho, la propia etimología de esta palabra ya indica por donde van los tiros. Pre-ocuparse significa ocuparse de algo antes del tiempo que le correspondería. Nos tenemos que ocupar de los asuntos que merecen nuestra atención en el momento exacto… ni antes… ni después.

Cualquier preocupación tiene que ser:
1. resuelta lo antes posible (si podemos resolverla ahora mismo, sin posponerla para más tarde, mucho mejor) o
2. apartada de nuestro radar de atención hasta que cambien las condiciones que nos permitan resolverla o
3. simplemente desechada porque no podemos hacer nada con ella, ni ahora, ni en el futuro.

Estas premisas, extraídas de un excelente libro al que ya dediqué atención en el pasado, son básicas a la hora de afrontar la infinidad de ocupaciones acarreadas por el complejo mundo en el cual nos movemos.

El cuarto de los trastos abandonados

Otro de los pasajes del anterior (e imprescindible) libro que me quedaron grabados en la memoria fue aquel que hacía referencia a cierta habitación: la de los trastos abandonados. El autor decía que, a veces, vamos colocando preocupaciones en ese cuarto y cerramos bien la puerta para intentar olvidarnos de ellas.

Pero aunque la puerta de ese cuarto se mantenga bien cerrada, se encuentra en nuestra propia casa, en nuestra propia mente. Y cada vez que pasamos por delante de esa puerta, la puerta nos recuerda lo que hay dentro… y nos incomoda subconscientemente (en ocasiones, incluso inconscientemente)

Las preocupaciones en ese cuarto son las peores, porque se van enquistando en nuestra mente de forma subrepticia, se van convirtiendo en semillas para sutiles disfraces del miedo. En este caso, tenemos que abrir la puerta, con valentía, y afrontar toda la (más que probable) podredumbre que haya en su interior. Si no, nos arriesgamos a malgastar nuestra vida, nuestras energías y nuestro tiempo, en preocupaciones estancadas, como pesadas losas, en lo profundo de nuestro espíritu.

Esta preocupación constante e improductiva que experimentamos por todo lo que tenemos que hacer es lo que más tiempo y energía consume. (Kerry Gleeson)


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