Revista América Latina

Una historia con moraleja (+ Muchas Fotos)

Publicado el 14 abril 2014 por Javier Montenegro Naranjo @nobodyhaveit

Cayo Coco. Reunión Anual de Espeleología.

La simple mención de un cayo puede traer muchas ideas erradas como Paraíso Terrenal o buena vida, pero nada más alejado de la realidad en el Campismo Cayo Coco, perteneciente a la red de Campismos Populares. Las cabañas tenían características peculiares: salideros de agua o sin esta para bañarse; aires acondicionados sin caretas, con interruptores complicados, y sin noticias de enfriamiento. Para colmo, cuando intenté encender uno, de él salieron volando cucarachas y mariposas.

La situación de la comida no era distinta; la servían tan caliente que era imposible saber si estaba buena o mala. Desde el primer día te quemaban la lengua para inutilizar las papilas gustativas. En la cafetería solo tenían una hornilla para cocinar el picadillo de cebo, calentar los perros calientes y hacer el café de la mañana. El primer día el desayuno fue galletas zocatas con café.

Llegamos el jueves y apenas hicimos estancia en el campismo por los motivos antes explicados. Nelson, Osvaldito, Borrego y Ernesto eran mis acompañantes, o yo lo era de ellos. Teníamos una playa hermosa, algo así como la madre de Varadero, pero las condiciones climatológicas (un perro frío y un viento del carajo) nos impidieron bañarnos. La única opción era caminar y beber ron barato.

El primer día chancleteamos aquella maravillosa arena hasta los restos de un aeroplano (como diría Matamoros) que el mar había sacado de las profundidades. Alguien hizo el chiste de si no era ese el avión de Camilo, pero un tecnicismo sobre el modelo puso fin a la broma.

El sábado salimos a caminar el cayo después de la reunión principal. Nuestro guía era Dimitriv, un avileño obsesionado con el origen de su nombre, griego según él. Preparó la ruta a seguir y a eso de las cuatro de la tarde salimos a la carretera para buscar un aventón. Fue llegar y montarnos en un camión de arena.

“Tremenda botella. ¿Te imaginas si hubiéramos caminado todo ese tramo?”. Horas más tardes, esas palabras resonarían una y otra vez en los oídos de cada expedicionario. El chofer nos adelantó hasta una bifurcación ubicada a varios kilómetros de la carretera principal. De ahí fuimos caminando hasta la caverna que lleva por nombre la comida favorita de Obélix. Pasamos cerca de Playa Prohibida, una zona nudista.

Fueron varios kilómetros a pie por el pavimento. La vegetación cambiaba de forma abrupta: lo mismo estábamos cerca de pequeñas ciénagas y lagunas que de un suelo kárstico con plantas y arbustos atrofiados (troncos gruesos y pocas hojas), todo sobre un diente de perro que parecía afilado con piedras de amolar.

A la entrada de la cavidad habían algunas esculturas (entre ellas un indio cabalgando un jabalí) que si bien no eran gárgolas, producían el mismo efecto perturbador. Un guardia de seguridad encendió una planta eléctrica y abrió la reja que daba acceso a la disco-cueva. El interior era uno de esos antros de la perdición donde uno quisiera, al menos una vez en la vida, perderse por una larga noche. Allí, las formaciones kársticas no eran del todo natural: habían dado pico y pala hasta decir “¡está bueno ya!”; tenía luces tenues y algunas barras donde debían despechar bebidas. Los charcos de agua estaban en todas partes y los murciélagos no habían abandonado el sitio a pesar de la presencia de seres humanos. Aquello cuevita era una de nuestras burdadas para atraer turismo.

Regresamos sobre nuestros pasos y esta vez sí entramos a Playa Prohibida, paraíso nudista. Un bar a la entrada, arena fina y un precioso mar de fondo fueron la decoración perfecta para llevarnos una desilusión mayúscula: solo estaban el barman y el chico maravilla, ni siquiera la batichica andaba por allí. Caminamos hasta la costa en busca de alguna peregrina teta, pero nada de nada. Nos conformamos con sentarnos a mirar las chapas de vehículos de Canadá que decoraban el lugar. Deprimente.

La caminata continuó, pero en mi caso me vi obligado a retrasarme por necesidades fisiológicas. Le pedí a Osvaldito unos granmas (Ógano Oficial del Partido) para deshacerme del lastre y fui hasta el baño del bar: una cabañita con un inodoro sin tanque de agua y un lavamanos. Cuando miré al interior del retrete, me retracté (quizás fueron las heces) porque cualquier resultado de mi digestión que soltara quedaría estampado en la arena bajo la cabaña. Para más inri, la puerta no se cerraba. La decisión fue inminente: detrás de las uvas caletas.

Por algún motivo, conversar de temas escatológicos es considerado de pésima educación. La escatología es una ciencia (no confundir con las creencias religiosas), ¿por qué no puedo impresionarme con los últimos estudios mierdológicos que permiten conocer dónde se realiza la caza furtiva de elefante en África como mismo usted lo hace cuando le hablan del último modelo de IPhone? Lo siento, pero el siguiente párrafo contiene alto contenido escatológico.

Me aposté detrás de unas uvas caleta para defecar. No me pondré técnico ni detallista, pero una vez concluida la primera parte, procedí a utilizar nuestro bendito periódico. El uso de la prensa como papel sanitario no es exclusivo de Cuba. Chinos, polacos, estadounidenses, filipinos y neozelandeses (las tribus africanas no) han utilizado la prensa como papel sanitario desde que Gutenberg creó la imprenta. Lo que convierte a nuestro archipiélago en una rara avis es la pésima calidad de nuestros periódicos (del papel con que se hace) el cual no es el más idóneo para estos menesteres. Como les decía, utilicé a la abuelita para quedar limpio y después beber a pico de botella una caneca de ron, me incorporé al resto del grupo.

Otra vez, solo nos quedaba caminar y caminar. Pasamos por un basurero, o al menos eso consideraban quienes allí echaban todas aquellas botellas de vino, latas, escombros y todo tipo de desechos de la zona hotelera. Cayo Coco tenía su propio idilio ecológico, vergonzoso si tenemos en cuenta la variedad de especies en su flora y fauna.

Por suerte, un chofer de guagua caritativo nos dio otro aventón y terminamos más cerca del cenote, el principal objetivo del viaje. Un cenote no tiene nada que ver una glándula mamaria de tamaño exagerado, sino con una dolina inundada, algo así como un estanque de agua dulce formado en el interior de una cueva.

Al bajar del transporte, caminamos un poco más por la carretera y por fin entramos al monte. Debíamos estar cerca.

Como estaba en un cayo considerado de lo mejor, no llevé ropa de faena; todas mis mudas eran decentes. Por eso andaba con tanto cuidado entre la vegetación. Como es habitual, en cada uno de mis viajes, nos perdimos; es decir, no encontramos el cenote y estaba anocheciendo. En eso estuvimos como media hora. Unos salieron a la carretera y otros nos quedamos en espera del avezado buscador, pero Dimitriv no daba pie con bola.

Hilario, un anciano con la fuerza vital de los 300, fue a buscarnos para salir de una vez de aquel monte y regresar a la carretera porque estábamos bastante lejos, pero cambió de parecer y comenzó a avanzar junto a nosotros en busca del griego, quien vía SMS nos había informado que ya estaba en el cenote. Llegamos cuando apenas un par de rayos de sol alumbraban la charca. Hilario se lanzó al agua y la calma de aquel sitio quedó destruida. Parece una porquería, pero los minutos sentados ante aquella laguna me relajaron y me hicieron olvidarme de los dolores del dengue que desde bien temprano me estaban afectando.

Cuando volvimos a la carretera, la mala cara de Nelson y Ernesto daba miedo. No habían pasado quince minutos y ya era noche cerrada. Dimitriv nos llevó a una intercepción e intentó detener algún transporte. “Ahora a esperar algo”. La distancia entre nosotros y el campismo era de unos veinte kilómetros y yo a cada minuto me sentía peor. Además, mis nalgas estaban sufriendo debido a la tinta del periódico.

Nadie se molestaba en preguntarnos a dónde íbamos, allí los automóviles tenían su particular carrera contra el tiempo.

Excepto el guía, el resto decidió hacer el camino de regreso a pie. Fue la peor decisión que tomé. Largos kilómetros y el cansancio combinado con la maldita mala impresión de nuestro órgano oficial me tenían caminando como un huno de piernas bien arqueadas. La noche nos aplastaba; no había luna y las estrellas no le ponían ningún toque romántico a la situación. Para no hacer más largo este post, después de una hora walkin’ down the street, llegué con las nalgas bien peladas gracias a otro bendito chofer de guagua que nos llevó hasta el campismo. Y si digo gracias es porque sin su buen gesto valorado en diez pesos per capita me hubiese salido una ampolla imposible de explicar. Caminar después de limpiarse con un Granma es una pésima desición.

A la altura de esta tercera cuartilla salta la duda de cuál es la moraleja de esta historia. Quizás “No perder la cabeza por un cenote” sería una buena opción para los más simplistas y lujuriosos como yo, pero la verdadera lección es “cuando no puedas más con tu propia mierda, ni se te ocurra soltarla en cualquier sitio, porque puedes terminar con el… las nalgas peladas”.

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Fragmento de avión caído en el mar y luego sacado por las corrientes marinas.

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Cabina del piloto, muy básica para un avión serio.

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Circuitos en mal estado y afectados por el salitre.

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Interior del avión, lleno de algas.

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Avión sacado por las corrientes marinas.

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Hilario camina por la carreta en busca de la cueva del Jabalí.

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Ciénagas donde algunos pajarillos se paseaban a sus anchas.

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Al parecer, algunos indios cubanos utilizaban a los jabalíes para lanzar sus cargas contra los enemigos.

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Espeluznante escultura de un indio con una iguana.

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Dudosas pictografías ubicadas en la cueva del Jabalí.

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Barra del Bar Los troncos, en el interior de la cueva del Jabalí.

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Dudosas pictografías ubicadas en la cueva del Jabalí.

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Aguas cristalinas donde no pudimos bañarnos debido a las bajas temperaturas.

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La barra del Bar de Playa Prohibida, con algunos pósters sobre el turismo cubano.

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Bar ubicado en Playa Prohibida, decorado con chapas de automóviles, sobretodo de Canadá.

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Los benditos flamencos rosados, vistos desde muy lejos.

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El cenote que tantos problemas nos causó.

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Osvaldito sentado en uno de los asientos de pasajeros del avión caído.


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